El Rey Escondido en la Leña: La Verdad que Detuvo la Espada del Verdugo

Si viniste desde Facebook, sabes que el corazón de Elena está al borde del colapso.

La leña que fue a recoger esta mañana ahora es el punto de inflexión de una nación. Ella sostiene en sus brazos al futuro rey, envuelto en terciopelo azul.

A solo dos metros, el jefe de los Jinetes del Rey Rojo, con una cicatriz que parece una grieta en la piedra, la está mirando. Sus ojos son tan vacíos como el frío del invierno.

Él conoce el olor de la sangre fresca.

Y ella solo es una campesina con las manos ásperas y el rostro cubierto de hollín. Su única arma es una mentira rápida.

"¿Qué tienes ahí, campesina?" preguntó el líder. La voz era un rasguido seco, como el sonido de dos piedras chocando.

Elena tragó saliva. La boca se le había secado completamente. Ella no podía permitirse dudar ni un segundo.

Señaló el cuerpo del mensajero, que yacía inmóvil en el barro helado.

"Es solo un borracho, señor," dijo ella, forzando un tono de desprecio que no sentía. "Un vagabundo. Tropezó con las raíces y se golpeó la cabeza. Es la ley del bosque, ¿no es así?"

La mentira era tan simple que casi funcionaba. Los soldados esperaban una reacción histérica, no una resignación cansada.

El líder entrecerró los ojos. Sus botas golpearon el suelo mientras se acercaba al cuerpo.

"¿Y el bulto?" preguntó, indicando la tela de terciopelo que Elena aún sostenía protectoramente contra su pecho.

Elena sintió un sudor frío recorriéndole la espalda, a pesar de la escarcha. El bebé, por suerte, seguía extrañamente silencioso.

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Ella soltó una risa forzada, una risa que sonó hueca y desesperada incluso para ella misma.

"¿Esto? Es leña, señor," contestó. "La poca que queda sin moho. Iba de regreso a casa a encender el fuego. El invierno no espera a nadie."

El líder no se movió. Su mirada no estaba en el terciopelo, sino en la intensidad con la que ella lo abrazaba.

"Muéstrame la leña, entonces," ordenó. Su tono no era una pregunta, sino una condena.

El Juego de la Muerte

El jefe de los jinetes, a quien todos conocían por su apodo, "El Desollador," era famoso por su intuición sangrienta.

Él no creía en la casualidad. Creía en la maldad, y la estaba buscando en el rostro demacrado de Elena.

Ella no podía darle el bebé. Su vida entera dependía de esa mentira.

Pero si no se lo mostraba, él la atravesaría con su espada y tomaría el bulto de todas formas.

Elena hizo algo instintivo, algo que solo una madre acorralada haría. Se dejó caer de rodillas, soltando el bulto y agarrando una pequeña bolsa de tela que llevaba amarrada a su cintura.

La bolsa contenía tres manzanas viejas que había logrado rescatar. Ella se las arrojó con desesperación a los pies del líder.

"¡Por favor, señor! ¡Tome lo que quiera! No tenemos nada más, solo estas manzanas para los niños. Mi esposo está enfermo," gimió, doblando la apuesta de su miseria.

La distracción funcionó. La indignidad y la desesperación de su acto la hicieron parecer menos una espía y más una mendiga.

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Mientras el Desollador miraba brevemente las manzanas, Elena aprovechó el microsegundo para realizar el intercambio más audaz y terrorífico de su vida.

Había una pila de leña limpia y seca cerca de su canasta. Con la mano que sostenía el falso bulto, rápidamente lo deslizó tras una roca. Luego, tomó un trozo de madera grueso, lo envolvió parcialmente con su propio chal andrajoso, y lo sostuvo como si fuera el mismo paquete.

Todo sucedió en menos de lo que tarda un parpadeo.

El Desollador se enderezó, ignorando las manzanas. Su atención regresó al chal.

"Dámelo," exigió.

Elena extendió el brazo tembloroso y le entregó el trozo de leña envuelto en el chal sucio.

El Desollador lo tomó con guantes de cuero. El peso era consistente con un tronco. El envoltorio, un simple chal de lana gris, era el que usaría una campesina.

Él lo examinó, buscando alguna marca, algún signo de nobleza. No había nada más que la áspera textura de la madera.

Con un gruñido de frustración, el líder arrojó el paquete al suelo, donde rodó.

"Esto es una pérdida de tiempo," dijo a sus jinetes. "¡El mensajero debió tomar otro camino! Busquen a su alrededor. Ese maldito terciopelo azul no se esfuma."

Se volvió hacia Elena, su rostro ahora peligrosamente cerca del de ella.

"Si mientes, mujer, si descubro que sabes algo sobre un… 'bulto' importante, volveré. Y si lo hago, desearás no haber nacido."

Montó su caballo sin esperar respuesta. Los jinetes se dispersaron, galopando ruidosos hacia el oeste, siguiendo el rastro falso que ellos mismos se habían inventado.

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Elena no se movió hasta que el último eco de los cascos desapareció en el horizonte.

Ella respiraba en jadeos superficiales. La adrenalina había sido lo único que la mantuvo viva.

Cuando sintió que era seguro, se levantó tambaleándose. Corrió hacia la roca, donde el verdadero bulto de terciopelo azul, el que contenía al futuro de la monarquía, seguía inmóvil.

Lo tomó. El bebé estaba despierto, mirándola con unos ojos azules y profundos. Él sonrió.

Un alivio helado la inundó, pero duró solo un instante. Ella tenía el niño, sí, pero no podía dejar el cuerpo del mensajero.

Se acercó al moribundo. Ahora sí estaba muerto. La sangre había teñido el barro de un color burdeos intenso.

Mientras lo arrastraba para esconderlo bajo un montón de ramas caídas, notó algo atascado en su mano derecha, que había estado agarrando con una fuerza inhumana.

Parecía un anillo, pero no era un simple adorno. Era una pieza forjada en oro opaco, con un pequeño símbolo incrustado.

Y debajo del anillo, en la palma de la mano, había un papel doblado minúsculo, empapado en sangre.

Si el Desollador lo hubiera visto, su vida y la del bebé habrían terminado justo ahí.

Elena desdobló el pergamino con manos temblorosas. La letra era fina y elegante.

Pero no era una carta. Era un mapa, dibujado toscamente, y marcaba un punto muy específico.

Marcaba su casa.

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