El Rey Escondido en la Leña: La Verdad que Detuvo la Espada del Verdugo

La Marca en la Pared y el Olor a Ceniza
El mapa era una confirmación gélida: el mensajero había muerto aquí intencionalmente.
No se tropezó. Él la eligió.
Esto no era un accidente; era una operación militar planeada al detalle, y Elena era la pieza central, aunque no lo supiera hasta ese momento.
Apretó el mapa y el anillo en su puño. Tenía que volver a casa. Tenía que asegurar a sus propios hijos y al nuevo rey.
Corrió por el sendero, el bebé en brazos. El terciopelo azul contrastaba violentamente con su ropa de campesina, pero ya no le importaba.
Al llegar a su cabaña, la escena era normal. Sus dos hijos, Tomas y Lía, estaban jugando cerca de la chimenea. Su esposo, Mateo, tosía en la cama, cubierto de mantas.
"Madre, ¿qué es eso?" preguntó Lía, señalando el bulto.
"Es el hijo de una amiga que tuvo que irse de viaje," mintió automáticamente Elena. "Necesita quedarse con nosotros por un tiempo."
Mateo se levantó de la cama, arrastrando los pies. Su rostro demacrado se iluminó con preocupación al ver el rostro del bebé.
"Elena, ese niño… no parece uno de los nuestros," susurró Mateo, tosiendo. El bebé era demasiado limpio, demasiado pálido, demasiado perfecto para un hijo de labriegos.
Ella lo tomó por el brazo y lo condujo al rincón oscuro de la despensa.
"Escúchame, esposo. Este niño es el heredero al trono. El rey legítimo."
Mateo se llevó las manos a la cabeza, tambaleándose. "¡Estás loca! El Rey Rojo nos masacrará si se entera. ¡Debemos entregarlo!"
"No," replicó Elena con una firmeza que sorprendió a su propio esposo. "No puedo. Moriremos si lo entregamos, y moriremos si lo escondemos. Pero si lo escondemos, moriremos con dignidad. El hombre que murió nos eligió."
Le mostró el anillo y el mapa. El punto marcado en el mapa no era solo su cabaña, sino un lugar muy específico dentro de ella.
El mapa indicaba la vieja chimenea de piedra.
Mateo, asustado pero obediente, encendió una vela y se arrastró junto a la chimenea, apartando las cenizas frías.
El Corazón Congelado del Castillo
El aire dentro de la chimenea olía a hollín, pero también a algo más: a metal frío y papel viejo.
Mateo golpeó la piedra base, el sitio exacto marcado en el pergamino ensangrentado. Sonaba hueco.
Con una barra de hierro, hizo palanca. La losa de piedra se levantó con un chirrido horrible, revelando un agujero negro.
Elena se acercó, el corazón latiéndole desbocado. Iluminó con la vela.
En el agujero no había ni oro ni joyas. Había un pequeño cofre de madera, viejo y polvoriento. Pero lo que encontraron junto al cofre hizo que Elena gritara y dejara caer la vela.
Junto al cofre había un esqueleto diminuto.
No era antiguo. No.
El hueso era pequeño, frágil. Lo que quedaba de la ropa era terciopelo, del mismo color azul que envolvía a su nuevo huésped.
Era un bebé.
Un bebé que había sido enterrado hace muy poco tiempo. El cofre estaba abierto, y la tela que lo envolvía estaba desgarrada por un borde.
El terror se apoderó de ellos, pero Mateo, dominando su pánico, tomó el cofre.
Dentro, no había pergaminos de genealogía. Solo había un pequeño broche de oro con la insignia del Rey Azul—la dinastía caída.
"No es un rey. Son dos," susurró Mateo, su voz quebrándose.
Elena sintió que el mundo giraba. El mensajero no solo había traído un bebé; había traído el reemplazo. El bebé que yace muerto en la chimenea era el primer heredero.
El mensajero había estado siguiendo una orden macabra: si el primero moría, asegurar al segundo.
Pero la revelación más oscura estaba en la losa de piedra que había servido de tumba improvisada.
Al voltearla, vieron la cara inferior: estaba marcada con cal blanca. Un dibujo.
No era un símbolo real. Era la marca del Desollador.
Él no solo estaba buscando al niño; él sabía exactamente dónde estaba el escondite original. Había estado aquí. Recientemente.
Se dieron cuenta en ese instante, en ese mismo aliento helado de comprensión.
El Desollador les había dejado ir tan fácilmente porque no había terminado de buscar.
Si el Desollador sabía del escondite en la chimenea…
Y si el Desollador había dejado su marca…
…Significaba que él no había seguido al mensajero hacia el oeste.
Significaba que todavía estaba cerca. Los estaba observando.
Elena oyó un leve sonido. No venía de la chimenea ni de los niños que jugaban.
Venía del techo de paja, justo encima de ellos. Un crujido lento.
No estaban solos.
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