El Secreto de la Herencia Millonaria: La Niñera que Desafió al Magnate y el Testamento Olvidado

El corazón de Ricardo latía con una furia sorda. La imagen de Elena mirándolo a través de la cámara, sus ojos llenos de una tristeza mezclada con una extraña determinación, lo había dejado paralizado. ¿Sabía ella que él estaba observando? ¿O era una coincidencia macabra, el reflejo de una culpa que ahora la consumía? La confianza que había depositado en ella, que consideraba inquebrantable, se resquebrajaba dolorosamente en su interior.
Se alejó del monitor, la cabeza le daba vueltas. El silencio en la mansión parecía burlarse de él. No podía confrontarla de inmediato. Necesitaba entender. Necesitaba pruebas. Volvió a la sala de monitoreo y rebobinó la grabación. Quería ver si había algo más, alguna pista que se le hubiera escapado.
Pasó las siguientes dos horas revisando grabaciones de los últimos días, incluso semanas. Buscaba cualquier comportamiento anómalo de Elena. Y lo encontró. Pequeños detalles que antes había ignorado o atribuido al cansancio. Elena, en ocasiones, se quedaba pensativa frente a un viejo retrato de su abuelo, el fundador del imperio Ventura, que colgaba en el pasillo principal. Otros días, la había visto en el jardín, mirando fijamente un viejo roble centenario que nadie solía prestar atención. Pequeñas grietas en la fachada de la normalidad.
La noche cayó, y Ricardo no había salido de la sala de monitoreo. Cuando Elena lo llamó para la cena de los niños, su voz sonó tan normal, tan dulce, que Ricardo sintió un escalofrío. Bajó, fingiendo una sonrisa, y se sentó a la mesa con los trillizos. Los pequeños charlaban animadamente sobre su día, pero Ricardo no podía evitar mirar sus manos. ¿Seguían teniendo esos objetos? No los veía. ¿Los habría escondido Elena?
Después de que los niños se acostaran, Ricardo no pudo dormir. Se sentó en su despacho, mirando la ciudad iluminada. La intriga lo carcomía. Decidió que no podía esperar. Al día siguiente, actuaría.
A la mañana siguiente, Ricardo se levantó temprano, antes de que Elena preparara el desayuno. Dejó a los niños al cuidado de otra empleada temporal y le pidió a Elena que lo acompañara a su despacho. El ambiente era tenso, aunque solo Ricardo lo percibía. Elena, con su habitual sonrisa, entró en la estancia, preguntándose para qué la necesitaría tan temprano.
"Elena", comenzó Ricardo, su voz intentando sonar tranquila, aunque por dentro hervía, "necesito hablar contigo sobre algo importante."
Elena frunció el ceño, una ligera preocupación asomando en sus ojos. "Claro, señor Ventura. ¿Ha pasado algo con los niños?"
"No, no con los niños directamente", respondió Ricardo, haciendo una pausa dramática. Se levantó y caminó hacia su escritorio, donde había colocado un monitor portátil. "Verás, Elena, tengo cámaras de seguridad en toda la casa. Por el bienestar de mis hijos, entiendes."
El rostro de Elena palideció. Sus manos se entrelazaron nerviosamente.
Ricardo giró el monitor. En la pantalla, se mostraba la escena de la tarde anterior, Elena en el centro del círculo de los trillizos, abriendo la caja. Elena contuvo el aliento, sus ojos fijos en la imagen.
"¿Qué es esto, Elena?", preguntó Ricardo, su voz ahora cargada de una fría autoridad que rara vez usaba. "Explícame qué les estabas dando a mis hijos. Y por qué me miraste a la cámara de esa manera."
Elena se quedó sin habla por un momento, sus ojos se llenaron de lágrimas. "Señor Ventura... yo... no es lo que parece."
"¡No es lo que parece!", exclamó Ricardo, golpeando ligeramente el escritorio. "¡Parece que estabas revelando un secreto a mis hijos a mis espaldas! ¡Parece que les estabas entregando objetos misteriosos sin mi conocimiento! ¡Y parece que me miraste directamente a la cámara como si supieras que te estaba viendo!"
Elena se derrumbó en la silla frente al escritorio, cubriéndose el rostro con las manos. Los sollozos comenzaron a sacudir su cuerpo. "No quería que lo descubriera así, señor Ventura. No quería. Pero ya no podía más."
Ricardo se acercó a ella. "Elena, he depositado toda mi confianza en ti. Eres como una madre para mis hijos. ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Qué es esa caja? ¿Qué son esos objetos?"
Elena levantó la vista, sus ojos rojos e hinchados. "Es una historia larga, señor. Una historia que viene de mucho antes de que usted naciera. Una historia de injusticia, de una promesa rota y de una herencia que le fue arrebatada a mi familia."
Ricardo se quedó mudo. "¿Herencia? ¿De qué hablas? ¿Qué tiene que ver mi familia con la tuya?"
"Todo, señor Ventura. Todo", respondió Elena, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. "Esos objetos... son las llaves. Las llaves de un testamento oculto, de una propiedad que su abuelo, el señor Elías Ventura, le prometió a mi abuela. Una promesa que nunca cumplió."
La revelación golpeó a Ricardo como un rayo. ¿Su abuelo, el venerable Elías Ventura, un hombre de negocios intachable, tenía un secreto tan oscuro? ¿Una herencia oculta? La idea era descabellada, pero la convicción en los ojos de Elena era innegable.
"Mi abuela, Clara, fue la primera amor de su abuelo", continuó Elena, su voz ahora más firme, cargada de una tristeza ancestral. "Pero la familia Ventura, en su ascenso social, no permitió esa unión. La obligaron a casarse con otro hombre, un hombre bueno, pero que nunca fue su amor. Y Elías... Elías le prometió que siempre velaría por ella y por cualquier descendencia. Le prometió una parte de su fortuna, una propiedad en el campo, para que ella y su familia nunca pasaran penurias. Lo puso en un testamento. Un testamento que desapareció."
"¡Eso es imposible!", exclamó Ricardo. "Todos los documentos de mi abuelo están en los archivos de la empresa, revisados por los mejores abogados. No hay ningún testamento así."
"No es el testamento oficial, señor. Es un codicilo. Un testamento secreto, guardado en un lugar que solo ellos dos conocían. Y esos objetos... esas figuras... son las pistas para encontrarlo. Mi abuela me los dio antes de morir, con la instrucción de que solo los revelara a los herederos Ventura cuando estuvieran en edad de entender la verdad."
Elena se levantó, su postura ahora desafiante. "Mis padres me prohibieron hablar de esto, por vergüenza, por orgullo. Pero yo no podía permitir que la injusticia continuara. Esos objetos son joyas antiguas, sí, pero también son mapas. Mapas de un lugar que su abuelo y mi abuela compartieron. Un lugar donde está el testamento y la escritura de una propiedad que les pertenece, por derecho, a los descendientes de Clara. Mis trillizos son los herederos de esa promesa rota, señor Ventura. Y yo no voy a permitir que usted, o su familia, ignoren la verdad por más tiempo."
Ricardo la miró, atónito. La historia era inverosímil, pero la pasión en la voz de Elena, la convicción en sus ojos, le hacían dudar. ¿Podría ser cierto que su abuelo, el pilar de su familia, había ocultado una deuda tan grande? ¿Y que la mujer que había cuidado a sus hijos con tanto amor fuera la guardiana de un secreto que amenazaba con desestabilizar todo su mundo?
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