El Secreto de la Mansión Abandonada y la Marca del Heredero Millonario

El pasado que regresa a cobrar la factura
La mujer se acercó al niño, pero esta vez no había asco en sus movimientos, sino una urgencia desesperada que rayaba en la locura. Se arrodilló en el suelo, sin importarle que sus pantalones de diseñador se mancharan con el mismo lodo que ella tanto despreciaba segundos antes.
"Déjame ver eso...", tartamudeó, agarrando el brazo del pequeño con una fuerza que lo hizo retroceder. "¿De dónde sacaste esta marca? ¡Dime quién te la hizo!". Sus manos temblaban de tal manera que apenas podía sostener el brazo del niño.
El pequeño, aterrorizado por el cambio repentino de humor de la mujer, intentó zafarse. "¡Suélteme! ¡Me duele!", gritaba con lágrimas en los ojos. Pero ella estaba en un trance. Revisaba la mancha de nacimiento una y otra vez, tocándola como si fuera un objeto sagrado o maldito.
"Esta marca... solo una familia en este país la tiene. Es la marca de los Valente", susurró para sí misma, con la voz quebrada. Yo, que seguía ahí parado observando la escena, empecé a comprender que esto no era un simple incidente callejero. El apellido Valente era sinónimo de una de las fortunas más grandes de la región, dueños de imperios hoteleros y propiedades millonarias.
La mujer levantó la vista y miró al niño a los ojos. "¿Quién es tu madre? ¿Dónde está?". El niño, señalando hacia un callejón oscuro al otro lado de la avenida, respondió con la voz entrecortada: "Mi mamá está enferma... me dijo que si alguna vez encontraba a alguien con una joya como esta, le enseñara mi marca".
El niño sacó de su bolsillo un dibujo arrugado y sucio. Era un boceto a mano de un anillo de diamantes con un rubí central en forma de gota. La mujer se llevó la mano a la garganta. Debajo de su pañuelo de seda, colgaba una cadena con ese exacto anillo.
En ese momento, la historia empezó a cobrar un sentido oscuro y doloroso. Hace nueve años, la prensa no hablaba de otra cosa: la desaparición del heredero menor de la dinastía Valente. Se decía que el niño había muerto en un accidente, pero el cuerpo nunca fue encontrado. La mujer frente a mí era Elena Valente, la actual administradora de la herencia familiar.
Elena comenzó a llorar, pero no eran lágrimas de alegría por encontrar a un familiar perdido. Eran lágrimas de puro terror. Si ese niño era quien ella sospechaba, su reinado sobre la fortuna familiar estaba a punto de terminar. Su imperio de lujos, su estatus y su poder se basaban en la ausencia de ese heredero legítimo.
"No puede ser... yo misma me encargué de que...", se calló de golpe, dándose cuenta de que había gente escuchando. Miró a su alrededor con paranoia. El niño, aprovechando su distracción, se soltó y empezó a correr hacia el callejón, temiendo que la mujer le hiciera más daño.
"¡Espera! ¡Vuelve aquí!", gritó Elena, intentando correr tras él, pero sus tacones se hundieron en la rejilla de una alcantarilla, haciéndola caer de nuevo. Desde el suelo, veía cómo el niño se perdía en la oscuridad del callejón, llevándose consigo el secreto que podía destruirla o redimirla.
Yo sabía que no podía quedarme de brazos cruzados. Había algo en esa marca y en la reacción de la mujer que gritaba injusticia. Decidí seguir al niño de lejos, mientras Elena intentaba desesperadamente llamar a alguien por su teléfono celular, gritando órdenes sobre abogados y "limpiar un problema".
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