El Secreto de la Mansión del Millonario: La Niñera que Desafió al Abogado y Halló una Herencia Oculta

El nombre en la carta era “Isabel”. La primera esposa del Sr. Vargas. La mujer que todos creían muerta hacía casi una década. El corazón de Camila dio un vuelco. ¿Por qué el Sr. Vargas guardaba una foto de ella y una carta, llorando de esa manera? ¿Y por qué esa mujer no era la madre de Sofía y Mateo? La confusión se apoderó de ella, una maraña de preguntas sin respuesta que la carcomían desde dentro.
Se retiró sigilosamente, volviendo a su habitación, su mente en un torbellino. La imagen de la mujer sonriente, el rostro tachado en el dibujo de Sofía, la frialdad del Sr. Vargas, el silencio de los niños... todo empezaba a encajar de una manera aterradora.
Al día siguiente, Camila no pudo quitarse la escena de la cabeza. Observaba al Sr. Vargas durante el desayuno, intentando encontrar alguna pista en su rostro inexpresivo. Él apenas probó bocado, perdido en sus pensamientos, su mirada fija en algún punto distante. Los niños, como de costumbre, comieron en silencio.
"Señor Vargas", se atrevió a decir Camila, rompiendo el tenso silencio. "Sofía hizo un dibujo muy bonito ayer. Le gustaría que lo viera."
El Sr. Vargas apenas parpadeó. "Estoy ocupado, señorita Camila. Ya lo veré más tarde." Su voz era plana, sin emoción.
Camila sintió una punzada de frustración. ¿Cómo podía ser tan ciego al dolor de sus propios hijos? O quizás no era ceguera, sino algo más profundo, algo que lo consumía por dentro.
Decidida a desentrañar el misterio, Camila empezó a investigar discretamente. Durante las siestas de los niños, se aventuró al estudio del Sr. Vargas cuando él no estaba. No encontró la carta, pero sí una vieja caja de madera escondida en un cajón con llave. La caja estaba cerrada, pero la curiosidad de Camila era más fuerte que su miedo a ser descubierta.
Un día, mientras limpiaba el estudio (una tarea que no le correspondía, pero que usó como pretexto), encontró la llave, olvidada bajo un montículo de papeles. Con manos temblorosas, abrió la caja.
Dentro, había más fotos de Isabel, todas sonrientes, en diferentes etapas de su vida. Fotos de boda con un joven Sr. Vargas, radiante y feliz. Pero lo que más le llamó la atención fue un sobre grueso, amarillento por el tiempo, con el sello de un bufete de abogados. Y en el interior, un documento legal.
Era un testamento. El testamento de Isabel Vargas. Y lo que leyó le heló la sangre por segunda vez.
Isabel no había muerto en un accidente hace diez años. Había desaparecido. El testamento, fechado apenas unas semanas antes de su "desaparición", estipulaba que, en caso de su muerte o desaparición prolongada, una parte significativa de su fortuna personal –una herencia familiar de su propia parte, no de los Vargas– debía ser administrada por un fideicomiso para sus hijos. Y lo más perturbador: si Sofía y Mateo no eran sus hijos biológicos, o si se demostraba algún tipo de fraude en su crianza, toda la fortuna pasaría a una fundación benéfica.
Pero había un detalle aún más crucial. El testamento nombraba a un "guardián legal suplente" en caso de que el Sr. Vargas no pudiera o no quisiera asumir la custodia. Ese guardián era el hermano de Isabel, un hombre que vivía en el extranjero y del que nadie había vuelto a saber nada. Y el testamento también mencionaba explícitamente que el Sr. Vargas, en caso de la "desaparición" de Isabel, debía contactar inmediatamente al abogado de la familia de ella, el Sr. Ricardo Montejo.
Camila recordó entonces que el Sr. Vargas tenía un abogado de confianza, el mismo que había gestionado la supuesta muerte de Isabel y el matrimonio con la segunda esposa, la madre de Sofía y Mateo. Era un hombre con fama de ser muy influyente en la ciudad, el famoso Abogado Armando Salazar. Pero el nombre de Montejo no le sonaba.
En ese momento, la puerta del estudio se abrió de golpe.
El Sr. Vargas estaba allí, parado en el umbral, con los ojos inyectados en sangre. Su rostro, normalmente pálido, estaba lívido de furia. Había visto la caja abierta, el testamento en las manos de Camila.
"¿Qué cree que está haciendo, señorita Camila?", rugió, su voz llena de una ira contenida que nunca antes había mostrado. "¡Esto es una invasión de mi privacidad! ¡Está despedida! ¡Lárguese de mi casa ahora mismo!"
Camila sintió un escalofrío. Pero en lugar de huir, se mantuvo firme. Los niños, Sofía y Mateo, habían aparecido detrás de su padre, atraídos por el ruido. Sus pequeños rostros eran un reflejo de puro terror.
"¡No me iré, señor Vargas!", exclamó Camila, su propia voz temblorosa pero decidida. "¡Hay algo muy malo pasando aquí! ¡Estos niños merecen saber la verdad sobre su madre! ¡Y usted sabe que no es la mujer que todos creen!"
El Sr. Vargas se abalanzó hacia ella, sus ojos brillando con una mezcla de desesperación y amenaza. "¡Usted no sabe nada! ¡Es una entrometida! ¡Le juro que se arrepentirá de esto!"
En ese instante, la Sra. Elena, el ama de llaves, apareció en el pasillo, con una expresión de horror en su rostro. "¡Señor Vargas, por favor! ¡No haga una locura!"
Pero el Sr. Vargas ya estaba arrancando el testamento de las manos de Camila, su rostro descompuesto. "¡Esto no es asunto suyo! ¡Ni de nadie!"
Camila, sin embargo, había memorizado el nombre del Abogado Ricardo Montejo. Y lo más importante, había notado un detalle crucial en el testamento: una cláusula que exigía una prueba de ADN de los niños para verificar su filiación con Isabel en caso de disputa. Una prueba que, sospechaba, nunca se había realizado.
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