El Secreto de la Niñera: Lo que Encontró en la Cabeza de la Bebé Dejó al Millonario sin Aliento

Las Lágrimas que Contaron una Historia
La voz de Marta era un hilo apenas audible, ahogada por el llanto. Ricardo, a pesar de la furia que le quemaba por dentro, sintió un escalofrío ante la desesperación genuina en los ojos de la niñera. Era miedo puro, no culpa.
"¿Qué has hecho, Marta? ¿Qué le has hecho a mi hija?" La voz de Ricardo sonó áspera, más dura de lo que pretendía. Su mano temblaba mientras señalaba la máquina de afeitar y los mechones de pelo.
Marta se encogió, como si esperara un golpe. Se llevó las manos al rostro, cubriéndose los ojos. "Don Ricardo, por favor, escúcheme... No fue mi intención... Yo solo quería ayudarla."
"¿Ayudarla? ¡La has rapado! ¡Mi hija! ¿Estás loca? ¿O qué demonios te pasa por la cabeza?" Ricardo se acercó a la cuna, acariciando con el dorso de la mano la pequeña cabeza lisa de Sofía. El acto le parecía una profanación.
Marta bajó las manos, sus ojos inyectados en sangre. "No... no estoy loca, señor. Es que... es que me di cuenta de algo. Algo horrible."
Ricardo se detuvo en seco. "Algo horrible, ¿qué? ¡Habla de una vez!" La impaciencia se mezclaba con un miedo creciente. ¿Había algo más allá de la locura de Marta?
"Esta mañana... mientras la cambiaba," Marta comenzó, su voz aún temblorosa, "la Sofía estaba un poco inquieta. La vi rascarse la cabeza. Pensé que era el calor, o tal vez una picadura de mosquito."
Hizo una pausa, tomando aire con dificultad. Ricardo la instó con un gesto impaciente.
"Pero luego... luego la vi de nuevo. Y al tocarle el pelo, sentí una pequeña protuberancia. Pensé que era un golpe, que se había dado con algo en la cuna."
Ricardo frunció el ceño. "¿Y por eso la rapaste? ¿Por un golpe?" La incredulidad en su voz era palpable.
"No, señor, por favor, déjeme terminar," Marta suplicó, sus ojos fijos en los de Ricardo. "Cuando la puse en el cambiador, con la luz más clara... intenté apartarle el pelo para ver bien."
"Pero su cabello es tan fino y abundante, no me dejaba ver claramente la piel. Pensé en cortarle un poco, solo un mechón, para ver mejor."
"Pero cuando aparté el pelo con mis dedos... vi algo. Era pequeño, pero... no era un golpe. Parecía... oscuro." La voz de Marta se quebró de nuevo.
"¿Oscuro? ¿Qué era oscuro?" Ricardo sentía un nudo en el estómago. La ira empezaba a ceder paso a una sensación de terror que se arrastraba lentamente.
"Yo... yo tuve una experiencia similar, señor. Mi nieta, hace años... Tuvo una marca extraña en la piel. Al principio, pensamos que era una mancha de nacimiento. Pero creció. Y se puso oscura. Al final... tuvieron que operarla de urgencia."
Las palabras de Marta, cargadas de un dolor antiguo, empezaron a perforar la coraza de la ira de Ricardo.
"Cuando vi esa pequeña mancha en la cabeza de Sofía, y cómo el pelo no me dejaba verla bien... entré en pánico. Intenté llamarlo, señor. Varias veces. Su teléfono estaba apagado."
Ricardo recordó la reunión crucial de esa mañana, donde había silenciado su móvil. Una punzada de culpa le atravesó.
"No sabía qué hacer. Recordé lo rápido que avanzó lo de mi nieta. Y pensé... pensé que tenía que verla bien. Limpiarla. Preparar el área. Por si... por si era algo malo."
Las lágrimas corrían libremente por el rostro de Marta ahora. "Tomé la máquina. Con mucho miedo, señor. Con las manos temblorosas. Pensé que era lo único que podía hacer para no perder tiempo."
"Cuando el pelo empezó a caer, pude verla. La mancha. Era más grande de lo que pensé. Y tenía un borde irregular. Parecía... parecía crecer. Tomé una foto con mi teléfono, señor."
Marta sacó un viejo teléfono móvil de su bolsillo con manos temblorosas y lo extendió hacia Ricardo. Sus ojos suplicaban comprensión.
Ricardo tomó el teléfono. La pantalla era pequeña y un poco borrosa, pero la imagen era inconfundible. En la piel rosada y limpia de la cabeza de Sofía, justo donde había estado el mechón más grueso, había una mancha.
Era pequeña, sí, no más grande que la uña de su dedo meñique. Pero era de un color marrón oscuro, casi negro, y sus bordes eran difusos, irregulares, como tentáculos diminutos extendiéndose.
Y, peor aún, en el centro de la mancha, parecía haber un punto ligeramente elevado.
El aire se le fue de los pulmones. Ricardo sintió un mareo repentino. No era un golpe. No era una picadura. Esto... esto era algo mucho más siniestro.
La ira se disolvió por completo, reemplazada por un terror frío y paralizante. Miró a Marta. Sus ojos, antes llenos de indignación, ahora reflejaban un miedo compartido, una comprensión silenciosa.
"¿Qué es esto, Marta?" preguntó Ricardo, su voz apenas un susurro. El teléfono se sentía pesado en su mano.
Marta negó con la cabeza, las lágrimas aún surcando sus mejillas. "No lo sé, señor. Pero lo que sí sé es que no se ve bien. Y que cada minuto cuenta."
La imagen de la mancha, junto con la cabeza rapada de Sofía, se grabó a fuego en la mente de Ricardo. De repente, la apariencia no importaba. Solo la vida de su hija.
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