El Secreto de Quince Años: La Bofetada que Destapó una Verdad Inesperada

El Pacto Secreto y la Mirada en el Espejo
La enfermera, una joven llamada Sofía, se acercó a la cama con cautela. Sus ojos, llenos de preocupación, se encontraron con los de Mariana.
"Señora... ¿está bien?" preguntó en voz baja, ofreciéndole un pañuelo.
Mariana asintió lentamente, tocándose la mejilla que aún ardía. La huella roja de la mano de Ricardo era visible, un testimonio mudo de la agresión.
"Necesito llamar a alguien," murmuró Sofía, su voz temblorosa. "Esto es inaceptable. No puedo permitirlo."
Mariana la detuvo con la mano. "No, por favor. No hagas nada." Sus palabras eran un ruego desesperado.
Sofía la miró con incredulidad. "¿Pero... cómo puede decir eso? Él la golpeó. Y delante de mí. Puedo testificar."
"No lo entiendes," susurró Mariana, las lágrimas brotando de nuevo. "Si haces algo, él... él se vengará. No solo de mí, sino de ella." Su mirada se posó en la pequeña que ahora dormía, agotada por su propio llanto.
Sofía suspiró, su rostro reflejando una profunda pena. "De acuerdo. Pero si necesita algo, cualquier cosa... solo dígame." Le dejó una tarjeta con su número personal. "No está sola."
Mariana le agradeció con un movimiento de cabeza. La soledad se cernía sobre ella, una soledad más profunda que nunca.
Los días siguientes en el hospital fueron una tortura silenciosa. Ricardo no volvió a visitarlas. Envió a su asistente para que se encargara de los papeles del alta, con instrucciones frías y precisas.
Mariana sentía una mezcla de resentimiento y miedo. Su corazón estaba roto, pero su mente ya empezaba a maquinar. No podía permitir que Ricardo le hiciera daño a su hija.
Al llegar a la mansión, el ambiente era pesado. Don Elías, el padre de Ricardo, la recibió con una mirada de fría decepción. Ni una palabra de felicitación por la nieta. Solo un escrutinio calculador.
"Una niña," dijo Don Elías, su voz grave y sin emoción. "Ricardo me lo ha explicado. Esto complica las cosas."
Mariana apretó los labios. "¿Complicar qué, Don Elías? Es su nieta."
"La herencia, Mariana. El testamento de mi abuelo es muy claro. La fortuna principal, la empresa familiar, solo pasa al primer varón de la siguiente generación. Si no hay, se disuelve en fideicomisos caritativos." Su tono era de resignación amarga.
Mariana sintió un escalofrío. La presión. Ahora lo entendía todo. No era solo la obsesión de Ricardo, era la ruina de toda la fortuna familiar lo que estaba en juego.
"Pero podemos tener más hijos," dijo Mariana, aunque la idea de volver a intentar con Ricardo le revolvía el estómago.
Don Elías negó con la cabeza. "Los médicos dijeron que era poco probable. Y Ricardo no tiene tiempo. Necesita un heredero. Y lo necesita ahora."
Mariana miró a su hija, que dormía plácidamente en sus brazos. ¿Qué clase de mundo era este, donde el valor de una vida se medía por su género y por una cláusula en un testamento?
Esa noche, mientras Ricardo dormía en su propia habitación, Mariana se levantó. La bebé dormía en una cuna junto a ella. Se miró en el espejo del baño. Su rostro aún mostraba la marca tenue de la bofetada.
Pero más allá de la marca, vio algo nuevo en sus ojos. Una chispa de determinación.
No iba a ser la víctima. No más.
Recordó una vieja caja de documentos que Ricardo guardaba en su estudio. Siempre la había visto, pero nunca le había prestado atención. Papeles de la empresa, viejos testamentos.
La idea se formó lentamente en su mente. ¿Y si había algo más? ¿Algún detalle en ese testamento que Ricardo o su padre no le hubieran dicho?
Al día siguiente, con Ricardo en el trabajo y Don Elías en su club, Mariana se armó de valor. Entró al estudio, un lugar que rara vez visitaba. El olor a cuero y tabaco viejo llenaba el aire.
La caja estaba en un estante alto, detrás de unos libros de contabilidad. Con un taburete, logró alcanzarla.
Era una caja de madera oscura, con un pequeño candado oxidado. Ricardo siempre había sido muy celoso con sus cosas.
La curiosidad la devoraba. Bajó la caja y la puso sobre el escritorio. ¿Cómo abrirla?
Sus ojos recorrieron el estudio, buscando algo, cualquier cosa. Y entonces lo vio. Un pequeño pisapapeles de mármol, pesado. Con un nudo en el estómago, lo usó para forzar el candado.
El metal cedió con un chasquido.
Dentro, había pilas de documentos antiguos y amarillentos. Acciones, contratos, cartas. Y en el fondo, un sobre grande, sellado con un lacre que llevaba el escudo de la familia.
Decía: "Última voluntad y testamento de Elías Vargas, el Patriarca." El abuelo de Ricardo.
Con manos temblorosas, Mariana abrió el sobre. El papel crujió. Empezó a leer. Las primeras páginas eran la típica jerga legal. Legados, propiedades, fideicomisos.
Pero luego, a mitad del documento, encontró una cláusula. Un párrafo que la hizo detenerse en seco. Sus ojos lo leyeron una y otra vez, incrédula.
No era solo "el primer varón". Había una condición adicional, una que Ricardo y Don Elías habían omitido mencionar. Una condición que cambiaba absolutamente todo.
El corazón de Mariana empezó a latir con fuerza. Una mezcla de rabia y una extraña esperanza.
Las palabras la golpearon como un rayo. La verdad, la cruda y brutal verdad que se escondía detrás de la obsesión por un heredero varón, ahora estaba ante sus ojos.
Y era mucho más oscura y perversa de lo que jamás hubiera imaginado.
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