El Secreto de Sofía: Por Qué el Rey del Pasillo Desapareció una Semana

El Rastreo de un Bully

La linterna del teléfono de Leo revivió, pero el miedo ya se había apoderado de su garganta.

No estaba solo. Lo supo.

El sonido metálico se repitió. Estaba bajo sus pies, sordo y profundo.

Leo retrocedió hasta chocar con una pila de cajas. El miedo a la vergüenza se había esfumado. Solo quedaba el instinto de huida.

Pero no podía moverse. Sus pies estaban clavados en el cemento frío.

De repente, un cuadrado en el suelo, justo en el centro del almacén, se iluminó débilmente.

Era una trampilla de metal. Pintada con el mismo color gris sucio del cemento, era casi invisible.

Vio una rendija y, por esa grieta, una luz anaranjada y parpadeante.

El pánico se convirtió en curiosidad mórbida. Esto no era un club de lectura secreto.

Se acercó a gatas y pegó el oído al suelo. No escuchó voces, pero sí un ritmo. Un golpeteo constante.

Con cuidado, deslizó los dedos hasta encontrar un asa metálica empotrada. Estaba fría.

Leo miró hacia la puerta de entrada, que ya había cerrado el viento. No había nadie.

Tiró del asa.

El mecanismo era pesado y oxidado. La trampilla se levantó con un gruñido metálico que resonó en el silencio de la bodega.

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Un aire caliente y viciado salió del agujero, trayendo consigo ese olor a tierra y humedad, pero ahora con una nota química, como de cera y pólvora.

La apertura reveló una escalera de metal que descendía a la oscuridad total.

Leo tragó saliva. Su venganza había pasado de una confrontación escolar a la escena de una película de terror barata.

"Debo irme," se dijo a sí mismo.

Pero la adrenalina y la necesidad de probar que Sofía era la desequilibrada lo obligaron a bajar un escalón.

Bajó la escalera, que era sorprendentemente profunda. Contó quince peldaños antes de que sus pies tocaran un suelo de tierra apisonada.

Estaba en un túnel estrecho, reforzado con madera antigua. Olía peor aquí abajo.

La linterna reveló que el túnel se abría a una cámara más grande.

Cuando entró, la visión lo golpeó como un puñetazo en el estómago.

El Santuario Macabro

No era un sótano. Era un búnker subterráneo.

La cámara principal era una habitación de unos veinte metros cuadrados. Estaba impecablemente limpia, pero el contenido era espeluznante.

En el centro, había una mesa de metal. Encima, no había libros ni apuntes escolares.

Había armas.

Cuchillos de entrenamiento, perfectamente alineados. Un par de pistolas de aire comprimido de alto calibre, desmontadas para limpieza. Balas de goma.

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En una esquina, había un maniquí de entrenamiento, pero no uno normal. Este maniquí estaba desgarrado y cosido múltiples veces. En la frente, tenía un círculo rojo marcado.

Esto explicaba por qué Sofía se movía como una máquina.

Pero el verdadero hallazgo, el que le erizó los pelos de la nuca, estaba en la pared del fondo.

La pared estaba cubierta de fotografías. No fotos familiares. Eran recortes de periódicos y capturas de pantalla impresas.

Eran rostros. Decenas de rostros de hombres de mediana edad, todos con trajes caros. Políticos, empresarios, gente que sonreía con arrogancia.

Y cada una de las fotos estaba marcada con una 'X' roja gigante. Trazada con un pulso firme y metódico.

Esto no era defensa personal. Esto era una lista de objetivos.

Leo se acercó a la pared, respiración entrecortada.

En el centro de ese mural macabro, había una foto diferente. Una foto familiar.

Sofía, mucho más joven, sonriendo con un hombre y una mujer que compartían su misma intensidad en la mirada. Sus padres.

La foto estaba enmarcada y debajo había una fecha escrita a mano. 18 de agosto de 2021.

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Leo la reconoció. Esa era la fecha del famoso "Accidente del Ferry 305" donde un barco explotó en el puerto. Nunca se supo la causa.

Pero lo que Sofía había escrito bajo la fecha no era un recuerdo.

Decía: "Ellos no fueron víctimas del mar. Fueron silenciados por la Lista."

Entonces, Sofía no era una matona. Era una hija traumatizada.

Pero un detalle en la esquina de la mesa, casi escondido bajo un trapo de limpieza, hizo que a Leo se le helara la sangre.

Era una radio de comunicaciones, pequeña, pero sofisticada. Y estaba encendida.

Un tono estático llenó el búnker. Luego, una voz susurró, clara y fría, en un idioma que Leo no entendió. Sonaba urgente.

Mientras intentaba descifrar de dónde venía el sonido, su linterna se apagó por completo.

Oscuridad total. El único sonido era su propia respiración acelerada.

Y entonces, lo sintió. El leve, casi imperceptible, cambio en la presión del aire.

Un olor a perfume a jazmín que no estaba allí antes.

Alguien estaba detrás de él. Justo en la entrada del túnel.

Escuchó el clic suave y definitivo de la trampilla de metal cerrándose por encima de su cabeza.

Estaba atrapado. Y Sofía no estaba sola.

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA

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