El Secreto del Empresario Millonario y el Testamento Oculto en la Mansión Familiar

El ambiente en la pequeña sala se volvió asfixiante. Carla miraba a su madre, que parecía haber visto a un fantasma, y luego a Andrés, cuya expresión de seguridad se había desmoronado por completo. Él estaba pálido, con la mandíbula apretada, como si estuviera esperando un golpe que sabía que merecía.

—¿Mamá? Por favor, me estás asustando —suplicó Carla, acercándose a Elena—. Es Andrés, mi novio. El hombre del que te he hablado tanto tiempo.

Elena no podía articular palabra. Sus sollozos eran profundos, salían de lo más hondo de su pecho. De repente, en un impulso que nadie esperaba, se lanzó hacia Andrés. Pero no para golpearlo, sino para rodearlo con sus brazos en un abrazo desesperado, asfixiante, lleno de un dolor que solo los años de ausencia pueden construir.

—¡Estás vivo! —gritó Elena entre lágrimas—. ¡Maldita sea, estás vivo después de todo lo que nos hiciste pasar!

Carla sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. ¿Vivo? ¿De qué estaba hablando su madre? Miró a Andrés buscando una negación, una explicación lógica, pero él solo bajó la cabeza, evitando su mirada. Sus manos, que siempre habían sido firmes al manejar sus empresas y su lujoso estilo de vida, ahora temblaban como hojas al viento.

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—Elena, yo... —intentó decir Andrés con la voz rota.

—¡No digas nada! —le espetó ella, separándose bruscamente y limpiándose las lágrimas con rabia—. ¡Mírala! ¡Mira a tu hija! ¿Tienes idea de cuántas noches lloró preguntando por su padre? ¿Tienes idea de cuántas deudas tuve que pagar para que no nos echaran a la calle mientras tú desaparecías sin dejar rastro?

El mundo de Carla saltó por los aires en mil pedazos. La palabra "padre" resonó en sus oídos como un disparo. Aquel hombre que la había seducido, el empresario millonario que le prometía un futuro de lujo y amor, el hombre con el que había compartido su cama y sus secretos más íntimos durante seis meses... ¿era su propio padre?

El asco y el horror subieron por su garganta. Se alejó de ambos, tropezando con la mesa del comedor.

—No... no puede ser —susurró Carla, con el rostro desencajado—. Andrés, dime que es mentira. Dime que ella está confundida. ¡Dime algo!

Andrés finalmente la miró. Sus ojos ya no eran los del amante apasionado, sino los de un hombre cargado de una culpa insoportable.

—Carla, tienes que escucharme. Yo no sabía... yo nunca supe que eras tú.

—¿Cómo que no sabías? —gritó Elena—. ¡Te fuiste cuando ella tenía dos años! Nos dejaste en la miseria absoluta. Te declararon muerto legalmente después de aquel accidente en el muelle. ¡Hubo un juicio por tus deudas! ¡Perdimos la casa, perdimos todo mientras tú te convertías en este "gran señor" de negocios!

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Andrés se sentó pesadamente en una de las sillas de madera. Su fachada de millonario exitoso se había evaporado. Empezó a relatar una historia que parecía sacada de una novela de crímenes y traiciones. Contó cómo, hace veintidós años, se vio envuelto en negocios turbios con gente poderosa para intentar salvar su primera empresa. Contó cómo lo amenazaron de muerte y cómo, tras un accidente orquestado donde casi pierde la vida, decidió aprovechar la oportunidad para "morir" ante el mundo y escapar de sus acreedores.

—Cambié mi identidad. Empecé de cero en otro país con el dinero que había logrado esconder —confesó con voz monótona—. Me convertí en otro hombre. Hice una fortuna legal, construí un imperio, pero siempre tuve miedo de volver. Nunca busqué a nadie porque pensé que era mejor que me creyeran muerto a que las mafias las encontraran a ustedes por mi culpa.

—¿Y entonces por qué te acercaste a mí? —preguntó Carla, con la voz llena de veneno—. ¿Fue un plan retorcido? ¿Sabías quién era yo?

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Andrés negó con la cabeza frenéticamente.

—Te lo juro por mi vida, Carla. Te conocí en esa tienda y me enamoré de tu esencia. No sabía tu apellido real, solo el que usas ahora. Cuando me di cuenta de que tu madre se llamaba Elena y que vivías en esta zona... empecé a sospechar. Vine hoy aquí esperando que fuera una coincidencia, rezando para que no fueras tú.

—Pero lo sabías —intervino Elena, señalándolo con el dedo—. Sabías que existía una posibilidad y aun así seguiste con esta farsa. ¡Eres un monstruo!

El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio de muerte. Carla miraba al hombre que amaba y veía a un extraño, a un criminal, a un padre ausente y a un amante prohibido. La tensión era tal que el aire parecía vibrar.

Entonces, Andrés se puso de pie y sacó un sobre de su saco. Un sobre grueso, con el sello de un prestigioso bufete de abogados.

—He cometido errores imperdonables —dijo él, mirando a ambas—. Pero he venido preparado para enfrentar las consecuencias, aunque no de la forma que imaginan.

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