El Secreto del Traductor: Una Mirada que Desveló la Traición de 50 Millones

La Coartada Inesperada

El pánico de don Ricardo era un veneno que corría por sus venas, pero su rostro, curtido por años de batallas empresariales, apenas lo reflejaba. Necesitaba una excusa, cualquier cosa que le diera un respiro, un momento a solas con ese contrato. Su mente trabajaba a mil por hora, buscando una salida. Miró su reloj, luego su teléfono, con una expresión de súbita preocupación.

"Disculpen, señores," dijo, su voz con un matiz de urgencia contenida. "Acabo de recordar que tengo una llamada programada con nuestra oficina en Tokio. Un asunto de extrema importancia que no puedo posponer. Si me permiten, necesitaré unos diez minutos para atenderla y revisar un par de detalles finales del contrato en mi despacho."

Herr Schmidt, el líder de la delegación alemana, frunció el ceño. Sus ojos gélidos se clavaron en Ricardo. "Esperábamos concluir la firma ahora mismo, señor. Nuestro itinerario es bastante apretado." Su tono era cortés, pero la tensión en la sala se hizo casi palpable.

Mateo, el traductor, permanecía impasible, pero Ricardo notó un ligero brillo en sus ojos al escuchar la negativa del alemán. Era una señal. Significaba que su excusa no había sido del todo convincente, o que el traductor y los alemanes estaban en sintonía.

"Comprendo, Herr Schmidt," respondió Ricardo, forzando una sonrisa conciliadora. "Sin embargo, esta llamada es crucial para la viabilidad de nuestra expansión en Asia, que, como saben, complementa directamente este acuerdo. Solo serán unos minutos. Les pido mil disculpas por el inconveniente."

La mención de "viabilidad de la expansión en Asia" pareció suavizar la postura de los alemanes. Era un punto estratégico para ellos también. Después de un breve intercambio de miradas entre sí, Herr Schmidt finalmente asintió. "Muy bien, señor Ricardo. Le esperaremos aquí. Pero que sea breve, por favor."

Don Ricardo asintió con una efusividad que no sentía. Se levantó, tomó el contrato original que estaba frente a él, y se disculpó con una reverencia leve. "Por supuesto. No tardaré." Se dirigió a la puerta, sintiendo la mirada de todos clavada en su espalda. La puerta de madera maciza se cerró tras él con un suave clic, y el aire fresco del pasillo le pareció un oasis.

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La Carrera Contra el Reloj y la Traición

Ya en su despacho, Ricardo cerró la puerta con llave. Su corazón martilleaba contra sus costillas. Se acercó a su escritorio, donde un pesado diccionario alemán-español yacía olvidado. No era suficiente. Necesitaba una confirmación rápida y, sobre todo, discreta.

Sacó su teléfono personal, un modelo antiguo que usaba para contactos muy específicos, y marcó un número. Era el de Elena, una ex colega, ahora jubilada, que había sido su secretaria personal durante veinte años. Elena no solo era de su absoluta confianza, sino que también era una filóloga brillante, con un dominio impecable del alemán.

"¿Elena? Soy Ricardo. Disculpa que te moleste, sé que estás disfrutando de tu jardín, pero necesito un favor urgente. Un favor de vida o muerte para la empresa." Su voz, a pesar de su esfuerzo por controlarla, sonaba tensa.

Al otro lado de la línea, la voz cálida de Elena se escuchó, teñida de preocupación. "¿Ricardo? ¿Qué sucede? Nunca me llamas así. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?"

"Necesito que me traduzcas una cláusula de un contrato. Es crucial. Te la voy a leer palabra por palabra, o te envío una foto si es posible." Ricardo abrió el contrato en la página veintisiete, sus ojos fijos en el párrafo que contenía la palabra "exklusiv".

"Envíame la foto, Ricardo. Así es más seguro. Y respira, te escucho muy alterado," aconsejó Elena, su tono tranquilizador.

Ricardo tomó una foto nítida de la sección relevante y la envió. Mientras esperaba la respuesta, su mente era un torbellino. Si sus sospechas eran correctas, si Mateo lo estaba traicionando, las implicaciones serían catastróficas. No solo perdería los 50 millones, sino que la empresa quedaría atada a un acuerdo leonino, un lastre que podría hundirla en cuestión de meses. La reputación, los empleos de cientos de personas, todo pendía de ese hilo.

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El tiempo se estiraba como chicle. Cada segundo era una eternidad. Miró por la ventana, la ciudad bullía ajena a su drama personal. La tensión lo estaba consumiendo. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si era su paranoia? Pero la sonrisa de Mateo, esa sonrisa de suficiencia, era demasiado real.

De repente, su teléfono vibró. Era un mensaje de Elena. Abrió el texto con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron las palabras que ella había escrito, una traducción directa y sin ambigüedades de la cláusula alemana.

"Ricardo, esto es muy grave," comenzaba el mensaje de Elena. "La cláusula no dice 'mutuamente beneficiosa'. Dice claramente que 'Deutsche Kapital' obtendrá los derechos de distribución exclusiva en todos los mercados clave de América Latina por un período de diez años, sin posibilidad de rescisión anticipada por parte de 'Horizonte Global' bajo ninguna circunstancia. Además, estipula que 'Horizonte Global' asumirá el 80% de los costos iniciales de lanzamiento y marketing, con la obligación de adquirir un volumen mínimo de producto que solo 'Deutsche Kapital' puede proveer. En esencia, estarías financiando su entrada al mercado, para luego ser su distribuidor cautivo, con ellos quedándose con la mayor parte de las ganancias y control total."

El mensaje de Elena era un mazazo. Don Ricardo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. No eran 50 millones perdidos; era un suicidio empresarial disfrazado de acuerdo. La traición era real, y era mucho más profunda de lo que había imaginado. Las palabras de Mateo habían sido una cortina de humo, una mentira descarada para encubrir un robo a gran escala.

El Retorno del Depredador Herido

La furia, fría y calculadora, reemplazó al pánico. Don Ricardo apretó los puños, la mandíbula tensa. Miró el contrato con nuevos ojos, un documento que antes representaba un sueño, ahora era una sentencia de muerte. Los alemanes, con su profesionalismo gélido, y Mateo, con su sonrisa arrogante, eran depredadores. Pero no contaban con que su presa, aunque herida, tenía aún las garras afiladas.

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Respiró hondo, un par de veces. Tenía que volver a esa sala de juntas. Tenía que enfrentarlos. Pero no podía hacerlo con la rabia que sentía. Tenía que ser más astuto, más frío que ellos. Tenía que convertirlos en sus propias víctimas. Borró el mensaje de Elena de su teléfono, guardó el aparato y salió del despacho, su rostro ahora una máscara de calma absoluta.

Al entrar de nuevo en la sala de juntas, Herr Schmidt levantó una ceja, su impaciencia evidente. "Esperamos que todo esté en orden, señor Ricardo."

Don Ricardo sonrió, una sonrisa genuina, pero con un matiz que solo él conocía. "Todo en perfecto orden, Herr Schmidt. Solo un pequeño detalle de última hora. Pero ahora, volvamos a nuestro acuerdo." Se sentó en su silla, el contrato frente a él. Mateo lo miró, una chispa de triunfo aún en sus ojos. Ricardo sabía que el traductor creía que había ganado.

"Mateo," dijo don Ricardo, su voz suave, casi melosa. "Antes de firmar, solo una última cosa. Esa cláusula sobre la distribución exclusiva... La que usted tradujo como 'mutuamente beneficiosa'. ¿Podría, por favor, leerla de nuevo, pero esta vez, con la máxima precisión? Cada palabra, cada matiz. Es vital para mi tranquilidad."

Mateo titubeó por un instante, una fracción de segundo, antes de recomponerse. La solicitud era inusual, pero no podía negarse sin levantar sospechas. "Por supuesto, señor," dijo, y comenzó a leer en alemán, su voz ahora con un ligero temblor apenas perceptible.

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