El Secreto Enterrado Bajo el Silencio de la Noche

La Habitación del Horror y un Secreto Silencioso

El oficial que había derribado la puerta se quedó petrificado en el umbral, su linterna temblaba ligeramente en su mano. Su compañero, el oficial Ramírez, avanzó con cautela, iluminando el interior.

Leo, aferrado a la pierna del oficial que lo protegía, apenas podía ver, pero la atmósfera en el pasillo se había vuelto helada, cargada de una tensión casi insoportable.

El olor metálico era abrumador ahora.

Ramírez emitió un sonido gutural, una mezcla de sorpresa y repulsión. "Capitán, no va a creer esto".

El Capitán, aún en el umbral, se recompuso y entró, su rostro ahora una máscara de profesionalismo, aunque sus ojos revelaban el shock.

"¿Sofía? ¿Estás ahí?" llamó el Capitán, su voz firme.

Un pequeño gemido respondió desde un rincón oscuro. La linterna de Ramírez se dirigió hacia el sonido. Allí, acurrucada, casi invisible entre las sombras, estaba Sofía.

Tenía el rostro cubierto de lágrimas y suciedad, sus ojos hinchados y rojos. Un corte sangraba en su frente, y su ropa estaba rasgada. Parecía más pequeña, más frágil de lo que Leo la había visto nunca.

Pero no estaba sola.

A su lado, un pequeño bulto se movía. Era un niño. No un bebé, sino un niño pequeño, tal vez de unos cuatro o cinco años, temblando incontrolablemente, escondido detrás de Sofía.

Sofía lo protegía con su propio cuerpo.

El Capitán y Ramírez se arrodillaron lentamente. "Sofía, somos la policía. Estás a salvo. ¿Quién es este niño?"

Sofía no habló. Solo negó con la cabeza, sus ojos fijos en la puerta derribada, en el pasillo, como si temiera que Marko regresara en cualquier momento. Su terror era palpable.

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El pequeño niño detrás de ella no emitía ningún sonido, solo sollozos silenciosos.

Mientras tanto, la linterna del Capitán barría la habitación. No era el cuarto principal de Marko, sino una habitación más pequeña, casi un estudio, que Leo recordaba siempre cerrada.

Lo que vieron allí no era normal.

La cama estaba revuelta, sí, pero no había signos de una lucha violenta generalizada. En cambio, en una de las paredes, detrás de una librería aparentemente sólida, había una puerta secreta.

Una puerta de metal.

Estaba entreabierta, y de ella emanaba una corriente de aire frío y ese olor metálico, ahora mezclado con algo más rancio, a humedad y encierro.

"Dios mío", repitió el Capitán, su voz más baja ahora. Se levantó y se acercó a la librería. La empujó. Se movió con facilidad, revelando un pasadizo estrecho y oscuro.

"Ramírez, quédate con los niños. Alguien tiene que ir a buscar a la madre. Yo voy a ver qué hay aquí".

Ramírez asintió, intentando consolar a Sofía y al pequeño.

El Capitán encendió una linterna más potente y se adentró en el pasaje. Leo, desde su escondite, solo escuchaba. Los segundos se estiraban, llenos de un silencio aterrador.

Luego, un grito ahogado del Capitán.

"¡Maldita sea!"

Leo se encogió. El oficial que lo protegía lo apartó aún más del pasillo.

El Capitán salió del pasaje, su rostro ahora completamente lívido. "Es... es un sótano. O algo así. Hay... hay jaulas. Y monitores. ¡Y cámaras!"

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Su voz temblaba. "Parece un centro de vigilancia. O peor".

La descripción era fragmentada, pero el horror en su voz era claro. La casa de Leo, su hogar, tenía un secreto oculto.

En ese momento, la madre de Leo y Sofía, Elena, llegó a casa. Había estado trabajando en el turno de noche. Vio las luces de la policía, la puerta derribada.

Su rostro se transformó de la confusión al terror.

"¡Leo! ¡Sofía!" gritó, corriendo escaleras arriba.

El oficial la detuvo suavemente. "Señora, su hija está bien, pero necesitamos que mantenga la calma. Hay una situación delicada".

Elena vio a Sofía, cubierta de sangre y lágrimas, y al niño desconocido a su lado. Se soltó del oficial y corrió hacia su hija.

"¡Sofía! ¡Mi amor! ¿Qué pasó? ¿Quién es este niño?"

Sofía se aferró a su madre, sollozando sin control, incapaz de articular palabra. El pequeño niño se escondió más.

El Capitán salió del pasadizo y se acercó a Elena. "Señora, ¿sabe algo sobre una habitación secreta en su casa? ¿O sobre actividades inusuales de su esposo?"

Elena estaba en shock. "Una habitación secreta? ¿Marko? ¡No! ¡Claro que no! ¿De qué habla?"

Su negación era genuina, pero también teñida de una creciente desesperación. La realidad la golpeaba.

Los oficiales comenzaron a acordonar la casa. Más coches de policía llegaron. Detectives, forenses.

La casa de Leo se convirtió en una escena del crimen.

Leo, a pesar de su corta edad, entendía la gravedad. Su padrastro no estaba. Había desaparecido. Y había dejado atrás un horror indescriptible.

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Los detectives interrogaron a Elena durante horas, pero ella insistía en que no sabía nada de la doble vida de Marko. Parecía una mujer completamente destrozada, no solo por el ataque a su hija, sino por la traición que se revelaba.

Sofía fue llevada al hospital, junto con el misterioso niño. Los médicos dijeron que estaba en estado de shock severo. No podía o no quería hablar.

El pequeño no tenía identificación. Solo un nombre que Sofía había susurrado antes de desmayarse: "Miguel".

Los investigadores comenzaron a reconstruir los hechos. La puerta de metal, las jaulas, los monitores. No era un sótano cualquiera. Era un lugar de cautiverio.

La pesadilla apenas comenzaba.

El Capitán se acercó a Leo, que estaba sentado en el sofá con su madre, abrazado a Rex. "Pequeño, ¿viste algo? ¿Escuchaste algo sobre dónde fue Marko?"

Leo negó con la cabeza, sus ojos grandes y asustados. "Solo... solo el grito de Sofía. Y el olor".

El olor. Ese olor metálico que impregnaba la casa. Los forenses lo identificaron como una mezcla de sangre vieja, productos químicos de limpieza y algo más, algo sintético y perturbador.

La policía encontró un mapa rudimentario en el pasadizo secreto, con varias ubicaciones marcadas. Parecía una red.

Marko no solo había construido una prisión en su casa; era parte de algo mucho más grande, mucho más oscuro.

La verdad empezaba a desvelarse, pieza por pieza. Y cada pieza era más monstruosa que la anterior.

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