El Secreto Enterrado en el Álbum Olvidado de Mi Esposa

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Doña Elena y por qué estaba en el despacho de Manuel, llorando sobre el álbum. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas.

El Santuario Prohibido

Manuel era un hombre de rutinas. Cada día, la misma hora para el café, la misma ruta al trabajo, los mismos reportes financieros. Su vida, después de la pérdida de su esposa, Isabella, se había convertido en una serie de hábitos inquebrantables. Era su armadura, su forma de navegar el vacío que ella había dejado.

Su mansión, vasta y silenciosa, era un reflejo de su existencia ordenada. Dos veces por semana, el silencio era interrumpido por la presencia discreta de Doña Elena.

Una mujer de unos sesenta años, manos curtidas por el trabajo, sonrisa amable y una mirada que siempre parecía guardar una historia. Manuel confiaba en ella ciegamente. Llevaba años limpiando su hogar, un pilar de estabilidad en su mundo tambaleante. La consideraba casi de la familia, aunque sus interacciones eran siempre breves y profesionales.

Ese martes, sin embargo, la rutina se rompió. Una reunión crucial se canceló inesperadamente. Manuel, con una extraña sensación de desasosiego, decidió volver a casa antes de lo previsto. El sol de la tarde se filtraba por los ventanales, pintando el mármol del recibidor con tonos dorados.

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El silencio lo recibió, pesado e inusual.

A esa hora, normalmente se escuchaba el suave zumbido de la aspiradora o el tintineo de los productos de limpieza en el baño principal. Pero no había nada. Solo el eco de sus propios pasos sobre el parqué pulido.

Una punzada de inquietud lo atravesó.

Se dirigió instintivamente hacia su despacho. Era su santuario, el único lugar donde guardaba sus documentos más importantes, sus recuerdos más preciados de Isabella. Un espacio sagrado, donde solo él tenía permitido el acceso.

La puerta del despacho, que siempre permanecía cerrada con llave, estaba ahora entreabierta. Una delgada línea de luz tenue se filtraba por la rendija, proyectando una sombra alargada sobre la alfombra del pasillo. Un escalofrío helado le recorrió la espalda, ajeno al calor de la tarde.

El corazón de Manuel empezó a latir con una fuerza desmedida, un tamborileo sordo contra sus costillas. Cada paso hacia la puerta se sentía como un siglo. La incertidumbre era un nudo apretado en su garganta. Empujó la puerta con la punta de los dedos, con una lentitud casi dolorosa.

Lo que vio lo dejó completamente petrificado.

Doña Elena no estaba limpiando. Estaba arrodillada frente a su imponente escritorio de caoba, no con un trapo o un plumero, sino con sus manos extendidas. Sus dedos, temblorosos, rozaban la tapa de un objeto que Manuel reconoció al instante: el álbum de fotos familiar. El álbum de Isabella. El que solo él tocaba.

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El rostro de Doña Elena estaba bañado en lágrimas, surcos brillantes que se abrían camino por sus mejillas arrugadas. Sus ojos, hinchados y rojos, estaban fijos en una de las fotografías.

Manuel la vio levantar lentamente la mano, como si fuera a acariciar el rostro de su difunta esposa en la imagen. No había ira, ni codicia en su expresión, solo una profunda, desgarradora pena.

Una pena que él conocía demasiado bien.

"Doña Elena," la voz de Manuel sonó más dura de lo que pretendía, quebrándose por la sorpresa y la indignación.

Ella dio un respingo, como si la hubieran electrocutado. Sus manos se retiraron del álbum con brusquedad, y su cuerpo se encogió. El susto la hizo tambalear, casi cayendo al suelo. Se giró lentamente, sus ojos llenos de terror y vergüenza.

Las lágrimas seguían brotando, ahora mezcladas con el pánico.

"Señor Manuel... yo... lo siento..." susurró, su voz apenas un hilo. Intentó levantarse, pero sus piernas temblaban y fallaron.

"¿Qué está haciendo aquí? ¿Qué hace con ese álbum?" Manuel avanzó unos pasos, su voz subiendo de volumen, la ira comenzando a bullir bajo la superficie de su shock. La confianza de años se desmoronaba ante sus ojos.

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"Yo... no... no es lo que piensa, señor," balbuceó ella, cubriéndose el rostro con las manos, intentando esconder la vergüenza que la consumía.

Manuel la miró, su mente en un torbellino. ¿Robo? ¿Intrusión? ¿Pero por qué el álbum de fotos? ¿Qué podía querer de esos recuerdos íntimos? La imagen de ella, arrodillada, llorando sobre las fotos de Isabella, no encajaba con ninguna de sus suposiciones.

Se acercó al escritorio y tomó el álbum con brusquedad. Lo cerró. El sonido del cuero chocando fue un eco en el silencio tenso.

"¿Qué buscaba, Doña Elena? Sea honesta conmigo," exigió Manuel, su voz ahora fría y cortante.

Ella levantó la mirada, sus ojos suplicantes. "Yo... solo quería... verla. A ella."

"¿Verla a quién? ¿A mi esposa? ¿Por qué?" La incredulidad en la voz de Manuel era palpable. Esto era absurdo.

Doña Elena negó con la cabeza, sus labios temblaban. "No puedo... no puedo explicarlo ahora, señor. Por favor, créame. No quería hacerle daño. Nunca."

La escena que encontró lo hizo cuestionarse todo sobre la mujer en quien más confiaba. La confusión y la traición se mezclaban con una extraña punzada de compasión al ver su profunda angustia.

¿Qué secreto guardaba Doña Elena que la había llevado a profanar el santuario de su dolor?

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