El Secreto Enterrado en la Habitación Prohibida: La Última Deuda del Millonario

Lo Que Grabó el Silencio
Montalvo se congeló. La grabadora en su mano se sentía de repente como un arma.
El sonido dentro de la habitación era indiscutible. La puerta del armario había cedido.
Sabía que no podía volver al dormitorio. Si Lucía estaba involucrada en esto, el peligro era inminente. Si no lo estaba, él acababa de traicionarla al tomar la grabadora.
Se quedó de espaldas al escritorio, la respiración entrecortada. El silencio de la mansión había pasado de ser un lujo a un depredador.
Volvió a llevarse la grabadora al oído y presionó el botón de reproducción. Quería la verdad antes de que el intruso lo alcanzara.
Un sonido estático. Luego, una voz.
No era la de Lucía. Era la de un hombre. Dura, áspera, y desconocida.
"Montalvo. El plazo se ha acabado."
El corazón del empresario latía con violencia. El mensaje era de hace unos días, por el sonido ambiente.
"Tienes una deuda que pagar. Elena no murió por un accidente, y lo sabes. La chica lo sabe, pero no lo suficiente. Necesita el detonante. Y tú me lo darás."
El hombre hizo una pausa dramática, que resonó en el pasillo vacío.
"La chica es el cebo. El ala prohibida es la trampa. Queremos ver tu cara cuando lo encuentres. Queremos el pánico del hombre que cree que puede enterrar a su propia sangre."
El Hallazgo Bajo el Colchón
Montalvo sintió un sudor frío en la nuca. El hombre en la grabación no buscaba venganza, buscaba exposición. Quería que Montalvo cayera en la trampa emocional, que revelara dónde había escondido la verdadera prueba.
Pero la grabación se detuvo con un sonido de lucha ahogado.
Y de pronto, otra voz. Débil y familiar.
"Lucía…"
Era la voz de Elena. Era la voz de su hermana, grabada minutos antes de su muerte, veinte años atrás.
Montalvo se cubrió la boca para no gritar. El hombre del audio había usado la grabadora de Lucía, en el escritorio de Montalvo, para enviarle un mensaje, usando la voz de Elena como catalizador.
La grabadora se apagó.
El crujido se repitió. El intruso se movía.
Montalvo corrió de vuelta al dormitorio, la grabadora apretada. El plan era sencillo: despertar a Lucía, sacarla y buscar la policía.
Entró. Lucía seguía dormida, pero su posición había cambiado ligeramente. La foto había caído al suelo.
Montalvo vio el armario abierto. Estaba vacío, pero la pared del fondo parecía haber sido forzada.
Se arrodilló junto a la cama para levantar a Lucía, pero se detuvo. Había un pequeño charco oscuro cerca del borde del colchón.
No era sangre. Era aceite y hollín.
Con un presentimiento que le heló la médula, Montalvo levantó las sábanas.
Bajo el colchón, cuidadosamente escondido, encontró un paquete envuelto en tela vieja. Lo desenvolvió frenéticamente.
Era un diario. El diario de Elena. Las tapas estaban cubiertas de tierra.
Abrió el diario en la última página. No había escritura, solo una huella dactilar de tinta negra y una fecha: AYER.
Lucía había estado aquí la noche anterior. Había estado en el ataúd de su madre.
Y justo cuando Montalvo levantó la cabeza, su visión periférica capturó un movimiento fugaz en la oscuridad.
Una sombra se deslizó por la ventana exterior, observándolos. No era el hombre de la grabación.
La sombra se detuvo y levantó un brazo. En su mano, un pequeño destello metálico se dirigía directamente a la cama de Montalvo.
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