El Secreto Metálico en la Mansión del Millonario: La Herencia Maldita que Casi Mata al Único Heredero

El Dispositivo de Silicio y la Traición Familiar
Julieta sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El guardia, llamado Boris, era conocido por su lealtad ciega al Duque Arthur Ravenscroft, una lealtad que se pagaba con un salario obsceno.
"No, Boris," logró decir Julieta, su voz temblando, pero firme. Apretó el puño, ocultando el dispositivo. "Esto es evidencia. Mateo está enfermo por esto. Debo llamar a la policía."
Boris se acercó, su sombra cubriendo la pequeña figura de la niñera. Su movimiento era lento, profesionalmente amenazante.
"El Duque me ha informado que usted ha estado actuando de manera errática. Ha sido despedida. Si coopera, no habrá cargos por agresión al menor."
Agresión al menor. La acusación la golpeó como un rayo.
"¡No lo toqué! ¡Lo saqué! ¡Estaba incrustado en su cabeza!"
Boris no mostró emoción. Extendió una mano gigantesca. "El objeto, por favor."
Julieta tomó una decisión desesperada. Sabía que si el dispositivo caía en manos de Arthur, desaparecería para siempre, y Mateo seguiría sufriendo.
En lugar de entregarlo, dio un paso atrás, se giró hacia la ventana y lanzó el objeto con todas sus fuerzas contra el cristal blindado.
No se rompió, por supuesto. Era la Mansión Ravenscroft.
Pero el impacto fue suficiente para que el microdispositivo cayera en el profundo, mullido tapete persa que cubría el suelo.
Boris se distrajo por un segundo buscando el objeto.
Julieta aprovechó la oportunidad. Corrió hacia el teléfono de la habitación, un aparato antiguo con línea directa a la seguridad interna. Lo tomó y marcó 911 en su celular personal, que llevaba escondido en el bolsillo.
"¡Emergencia! ¡Necesito una ambulancia y policía en la Mansión Ravenscroft! ¡Hay un niño, el heredero, que ha sido dañado intencionalmente!"
Antes de que pudiera dar la dirección completa, Boris ya estaba sobre ella. El celular voló por la habitación y se estrelló.
"¡Estúpida! ¡Ha cometido un error muy caro!" gruñó Boris, sujetándola por el brazo.
En ese momento, la Duquesa Eleanor entró, vestida con una bata de seda. Su rostro pálido se transformó en una máscara de indignación.
"¡Qué escándalo! ¡Julieta, suelte a mi hijo! Boris, ¿qué está haciendo esta mujer aquí?"
Julieta forcejeó, señalando el lugar donde había caído el objeto. "¡Señora, pregúntele qué es esto! ¡Esto estaba en la cabeza de Mateo! ¡Esto es lo que lo estaba matando!"
La Duquesa miró el suelo, luego a Mateo, y finalmente a Julieta. Sus ojos no reflejaban horror, sino una ira helada.
"No sé de qué habla. Usted es una desequilibrada. Arthur, ven aquí, por favor. Esta mujer está histérica y ha agredido al personal."
El Duque Arthur apareció, su semblante grave y autoritario.
"Julieta. Te pagaré tres meses de salario si firmas un acuerdo de confidencialidad y olvidas todo lo que has visto."
Julieta se soltó de Boris. "¡No se trata de dinero! ¡Se trata de la vida de Mateo! ¿Por qué no están aliviados? ¡Saqué algo que lo estaba enfermando!"
La falta de alivio de los Duques era el clavo en el ataúd de su inocencia. Ellos no parecían preocupados por el objeto; parecían preocupados por su exposición.
Bajo la amenaza de cargos, Julieta fue escoltada fuera de la propiedad. Pero mientras Boris la arrastraba por el pasillo de servicio, logró deslizar la mano por el tapete persa y, milagrosamente, sintió la dureza del objeto. Lo guardó en la palma de su mano.
Una vez libre, se dirigió a una clínica modesta, lejos de la red de influencia de los Duques. Contactó a un amigo médico y le mostró el dispositivo.
El análisis preliminar fue aterrador.
"Julieta, esto no es un fragmento de metal. Es un implante. Un microtransmisor de silicio-rojo, recubierto de una aleación que lo hace casi indetectable a la mayoría de las resonancias de baja potencia," explicó el médico, Dr. Pérez. "No estaba transmitiendo datos, sino una onda de baja frecuencia que… sí, podría causar migrañas insoportables y, con el tiempo, daño neurológico permanente."
"¿Y por qué harían eso?" preguntó Julieta, sintiendo náuseas.
"Eso es lo más extraño. La frecuencia también parece estar suprimiendo la actividad normal de la glándula pineal. Es como si estuviera… silenciando una parte de su cerebro."
Julieta supo que necesitaba volver a la Mansión Ravenscroft. No por Mateo (que ya estaba bajo estricta vigilancia), sino para encontrar el motivo. El motivo siempre se escondía entre los documentos de propiedad o el Testamento.
A la mañana siguiente, Julieta, vestida de civil, usó su código de acceso de niñera (que aún no habían desactivado) y se coló en la mansión a través de la entrada de servicio durante el cambio de turno de seguridad.
Su objetivo: el estudio privado del Duque Arthur.
El estudio era una fortaleza de caoba y cuero. Julieta buscó frenéticamente entre los gabinetes, carpetas y cajas fuertes. Buscaba documentos legales, testamentos, cualquier cosa que explicara por qué un padre haría esto a su propio hijo.
Encontró la caja fuerte principal, escondida detrás de una estantería giratoria llena de primeras ediciones. No tenía la combinación.
Pero recordó una manía de Arthur: siempre guardaba una copia de seguridad de las claves de la Mansión y las combinaciones en un compartimento secreto de su escritorio, bajo el cojín de cuero donde apoyaba el brazo.
Lo levantó. Allí estaba: un pequeño papel arrugado.
La combinación funcionó.
Dentro de la caja fuerte, no solo había fajos de billetes y joyas. Había una carpeta de archivo roja marcada con un sello notarial.
El encabezado decía: "Adopción de Emergencia y Cláusula de Sucesión Ravenscroft".
Julieta abrió el documento. Las palabras bailaron ante sus ojos, pero una sección la hizo tambalearse:
Cláusula 4.B del Testamento de Archibald Ravenscroft (1985): La totalidad de la Herencia, la Mansión y el control de la Corporación, solo podrá ser transferida a un descendiente de sangre directa. En caso de ausencia de descendencia de sangre, el control pasará a la Fundación Caritativa de la Familia en el momento en que el heredero cumpla 21 años.
Mateo no era su hijo de sangre. Era adoptado. Y si la verdad salía a la luz, Arthur y Eleanor perderían el imperio.
Pero al lado de la carpeta, envuelto en un paño de terciopelo negro, había algo más.
Julieta lo desenvolvió. Era idéntico al que había sacado de la cabeza de Mateo. El mismo microdispositivo de silicio-rojo. Y no venía solo.
Un pequeño USB estaba atado al paño.
Julieta lo conectó rápidamente al ordenador de Arthur. Lo que apareció en la pantalla la hizo gritar en silencio. No eran datos de salud.
Era un archivo de audio. Una conversación.
La voz de Arthur, fría y calculada, resonó en el estudio.
"Sí, doctor. El implante debe permanecer hasta que cumpla los 21. Si el niño está sano, podría querer irse, estudiar, tener vida propia. Y si se va, perdemos la Herencia. La baja frecuencia lo mantendrá dependiente y dócil. Un heredero enfermo es un heredero controlado."
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No.puedo ver la historia del niño con un objeto en la cabeza
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