El Secreto Millonario de la Mansión: Cómo una Niña Ciega Reveló la Verdad sobre la Herencia Familiar

Ricardo se acercó a Sofía, arrodillándose para estar a su altura. "Mi amor, ¿qué pasó? ¿Qué te hizo Valeria?", preguntó, su voz suave y llena de preocupación. Sofía se acurrucó más cerca de Elena, pero extendió una pequeña mano, temblorosa, hacia su padre. Sus dedos ciegos buscaron su rostro, trazando sus contornos, como si intentara "verlo" con el tacto.

"Ella... ella dijo que yo... no merecía la herencia de mamá", balbuceó Sofía, las lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas pálidas. "Y que el brazalete... era un recuerdo que debía olvidar".

La mención de la palabra "herencia" resonó en el salón, un eco sombrío que reveló la verdadera naturaleza del conflicto. Ricardo se puso de pie, su mirada ahora fija en Valeria, una furia fría reemplazando la confusión. El brazalete no era el problema; era un pretexto. El verdadero motivo era la fortuna de los Montgomery, y el lugar de Sofía en ella.

"¿La herencia? ¿De qué estás hablando, Valeria?", la voz de Ricardo era un trueno contenido. Valeria, al verse expuesta, abandonó por completo su falsa dulzura. Su rostro se contorsionó en una mueca de desprecio.

"¡Oh, por favor, Ricardo! ¿Crees las fantasías de una niña ciega y de una sirvienta resentida?", espetó Valeria, arrojando el brazalete sobre una mesa de cristal con un estrépito. El oro y las perlas brillaron bajo la luz tenue de la araña de cristal. "¡Esta niña es un estorbo! Siempre lo ha sido. Y esa herencia... debería ser mía. ¡Mía!".

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Elena se tensó, su cuerpo rígido. "Señorita Valeria, no puede hablar así de la niña. La señora Clara quería que Sofía fuera la principal beneficiaria. Usted lo sabe".

Valeria soltó una risa amarga. "¡Clara! ¡Clara siempre fue una estúpida sentimental! Dejar una fortuna a una niña que ni siquiera puede verla, que es una carga para todos. ¡Es absurdo!". Su voz, antes controlada, ahora era un grito histérico que resonaba en la gran sala.

Ricardo sintió un nudo en el estómago. La verdad, fea y brutal, se revelaba ante él. No era la primera vez que Valeria mostraba su desdén por Sofía, pero nunca con tal virulencia, nunca con la herencia como telón de fondo. La fortuna de los Montgomery era inmensa, construida a lo largo de generaciones de exitosos empresarios. La mayor parte estaba destinada a Sofía, su única hija biológica. Valeria, como su esposa, tenía una asignación generosa, pero no el control total.

"¿Una carga? ¿Un estorbo?", Ricardo se acercó a Valeria, su voz peligrosamente baja. "¡Es mi hija! ¡Y la hija de Clara! ¡Y esa herencia es suya por derecho!".

"¡Por derecho!", replicó Valeria, cruzando los brazos, sus ojos brillando con una malicia descarada. "¡Yo soy tu esposa, Ricardo! ¡La que te da compañía, la que te apoya! ¿Y qué recibo a cambio? ¡Unos miserables millones mientras esa niña ciega se queda con todo! ¡Es una injusticia!".

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Ricardo retrocedió, aturdido. Los "miserables millones" a los que se refería Valeria eran una suma que la mayoría de la gente solo podría soñar. Pero para ella, no era suficiente. Su ambición era insaciable.

"Valeria, no puedo creer lo que estoy escuchando", dijo Ricardo, sintiendo que un velo se caía de sus ojos. "Siempre pensé que amabas a Sofía, al menos un poco. Que te importaba su bienestar".

"¡Amarla!", se burló Valeria. "¡Era parte del trato, Ricardo! La dulce madrastra que se preocupa por la niña indefensa. Pero la realidad es que esa niña es un obstáculo para mis planes, para la vida de lujo que merezco".

Elena, con Sofía aún aferrada a ella, intervino con valentía. "Señor Ricardo, la señorita Valeria ha estado intentando convencerle de que la niña necesita ser internada en una institución especial. Dijo que era por su propio bien, pero yo sé que es para alejarla de la mansión y de su herencia".

Las palabras de Elena cayeron como un jarro de agua fría. Ricardo recordó las conversaciones sutiles de Valeria, sus "preocupaciones" por la "integración" de Sofía, sus sugerencias sobre "las mejores escuelas para niños con necesidades especiales". Él, ciego por el amor y la confianza, había estado a punto de ceder. El plan de Valeria era mucho más insidioso de lo que había imaginado.

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"¿Es eso cierto, Valeria?", preguntó Ricardo, su voz ahora desprovista de emoción, helada. "Querías deshacerte de Sofía".

Valeria no respondió de inmediato. Su mirada se desvió, pero luego volvió a posarse en Ricardo con una intensidad desafiante. "Piensa lo que quieras, Ricardo. Pero si esa niña no está aquí, si es declarada incapaz de administrar su propia fortuna, entonces, ¿quién crees que sería la siguiente en la línea de la herencia? ¿Tú? ¿O tu esposa, que siempre ha estado a tu lado?". Una sonrisa cruel asomó a sus labios. "Y no creas que no he investigado el testamento. Hay cláusulas, mi querido. Cláusulas que pueden ser... interpretadas".

El aire se volvió pesado, irrespirable. Ricardo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No era solo la avaricia, era una trama cuidadosamente orquestada para despojar a su hija de su legado, y quizás, de su propia vida. La mansión, que antes le parecía un refugio de lujo y seguridad, se había transformado en una jaula dorada, con Valeria como la carcelera.

La imagen del brazalete abandonado en la mesa, un símbolo de amor y ahora de traición, le recordó la fragilidad de la inocencia de Sofía. Tenía que actuar, y rápido. La vida y el futuro de su hija estaban en juego. La amenaza de Valeria no era solo verbal; era una promesa de daño.

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