El Secreto Millonario de la Mansión: Los Ojos Verdes de la Hija del Dueño Desvelan una Fortuna Oculta

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Sofía y esa mirada escalofriante. Prepárate, porque la verdad que se esconde detrás de la opulencia de la mansión del millonario y esos ojos verdes es mucho más impactante de lo que imaginas.
Elena llegó a la imponente mansión de los Del Valle con el estómago revuelto. No era solo por los nervios de empezar un nuevo trabajo, sino por la abrumadora ostentación que la rodeaba. Columnas de mármol pulido brillaban bajo la luz de los candelabros, alfombras persas amortiguaban cada paso y jarrones antiguos, que seguramente valían más que todo su barrio, se alzaban en pedestales. Elena, con su modesto currículum y una necesidad apremiante de cualquier ingreso, se sentía como una intrusa en ese templo del lujo. Había aceptado el puesto de cuidadora de Sofía, la única hija del matrimonio Del Valle, una niña de diez años que, según le habían dicho, era ciega de nacimiento.
Los señores Del Valle, el ingeniero Ricardo Del Valle, un magnate de la construcción, y su esposa, la socialité Isabella Del Valle, eran figuras distantes. Los vio brevemente durante la entrevista, un par de siluetas elegantes que se movían entre compromisos y reuniones de negocios, dejando claro que su tiempo era un bien preciado. La pequeña Sofía, entonces, se convertía en su principal responsabilidad. "Es una niña muy especial", le había dicho la señora Del Valle con un tono que mezclaba compasión y un ligero fastidio, "requiere mucha paciencia, pero es dulce".
Dulce, pensó Elena. La primera vez que vio a Sofía, la niña estaba sentada en un sillón de terciopelo, con unas gafas de sol oscuras que cubrían casi la mitad de su rostro y un bastón blanco apoyado a su lado. Su cabello, de un rubio platino casi irreal, caía sobre sus hombros. Sofía era pequeña para su edad, pero su presencia, de alguna manera, llenaba la habitación. Elena se presentó con una sonrisa cautelosa. Sofía apenas asintió, su rostro inexpresivo.
Los primeros días fueron un torbellino de adaptación. Elena aprendía las rutinas de la casa, los horarios de Sofía, sus gustos y sus aversiones. La niña se movía por la mansión con una destreza que a Elena le resultaba inquietante. No era la torpeza esperable de alguien que nunca había visto la luz. Sus pasos eran firmes, calculados. Evitaba los muebles con una precisión milimétrica, como si tuviera un mapa mental perfecto de cada rincón. "Es asombroso cómo se ha adaptado", comentó un día Elena a la cocinera, una mujer mayor de pocas palabras. La cocinera solo gruñó en respuesta, sin levantar la vista de sus verduras.
Un día, la sospecha comenzó a germinar. Sofía jugaba con sus muñecas en el suelo de la sala de juegos, un espacio repleto de juguetes carísimos. Una de las muñecas, una delicada figura de porcelana, se le resbaló de las manos y rodó, deteniéndose justo debajo de una mesita baja. Elena, que observaba desde el umbral, vio cómo la niña, sin dudar un segundo, estiró la mano. No fue un tanteo lento y exploratorio. Fue un movimiento directo, rápido, como el de alguien que ve exactamente dónde está el objeto. Sus pequeños dedos se cerraron alrededor de la muñeca. La recogió con la misma facilidad con la que Elena habría recogido algo caído.
El corazón de Elena empezó a latir fuerte, un tamborileo sordo en sus sienes. "Quizás fue suerte", se dijo. "O memoria muscular". Pero la duda ya estaba sembrada. Unas horas más tarde, mientras veían un programa de televisión —Sofía "escuchaba" las descripciones de audio—, el personaje principal en la pantalla lanzó un grito agudo y dramático. Elena notó cómo la cabeza de Sofía giró hacia el sonido, sus ojos, ocultos tras las gafas oscuras, parecían seguir la acción en la pantalla, moviéndose de izquierda a derecha con una fluidez que desmentía su supuesta ceguera. Un escalofrío recorrió la espalda de Elena. Algo no cuadraba. En absoluto.
La inquietud la consumía. ¿Estaba imaginando cosas? ¿Podría ser tan insensible como para dudar de la discapacidad de una niña? Pero las imágenes se repetían en su mente: la mano extendiéndose sin titubeos, los ojos siguiendo una acción invisible. La mansión, antes un símbolo de opulencia, empezó a sentirse como una jaula dorada, un lugar donde los secretos se tejían en hilos de seda y oro. Los padres de Sofía seguían ausentes, sus voces resonando en llamadas telefónicas esporádicas, siempre con la misma pregunta: "¿Todo bien con Sofía, Elena?". Y Elena siempre respondía con un "Sí, todo bien", mientras su garganta se cerraba.
Una tarde, la tensión era casi insoportable. Elena decidió que tenía que saber la verdad, por terrible que fuera. Dejó caer un pañuelo de seda, de un rojo intenso que destacaba contra el blanco del mármol, en el suelo de la gran sala. Sofía estaba de espaldas, sentada en la alfombra, con un libro en Braille sobre sus rodillas, sus dedos explorando las páginas. Elena, con la excusa de buscar un vaso de agua, salió de la habitación. Pero no fue a la cocina. Se detuvo en el pasillo adyacente, donde una pequeña rendija en la puerta doble le permitía observar sin ser vista. Su respiración se aceleró.
Desde su escondite, Elena vio cómo Sofía, al creerse sola, detuvo la lectura. Con un movimiento lento y deliberado, se llevó las manos a la cara y se quitó las gafas oscuras. Los ojos que se revelaron no eran los de una niña ciega. Eran grandes, de un verde esmeralda brillante, y se fijaron directamente en el pañuelo rojo en el suelo. Sofía se agachó con una agilidad pasmosa, sin un solo titubeo, y recogió el pañuelo. Sus ojos, llenos de una lucidez escalofriante, escanearon la habitación. Y entonces, como si hubiera sentido la presencia de Elena, o quizás porque la había visto, Sofía levantó la vista. Sus ojos verdes se fijaron directamente en la rendija donde Elena se ocultaba. Una sonrisa lenta y maliciosa empezó a formarse en sus labios, una mueca que no era propia de una niña inocente. Elena sintió que el mundo se le venía encima. No era ciega. La niña no era ciega.
La verdad que se ocultaba detrás de esos ojos te dejará sin aliento.
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