El Secreto Millonario de la Mansión: Los Ojos Verdes de la Hija del Dueño Desvelan una Fortuna Oculta

El aire se había vuelto denso, cargado de una electricidad ominosa. Elena se retiró de la rendija como si hubiera recibido una descarga eléctrica, su corazón martilleando en su pecho. El sudor frío le perlaba la frente. No podía ser. La niña no era ciega. Esa sonrisa... esa mirada directa. Era una farsa, una elaborada y cruel farsa. ¿Pero por qué? ¿Por qué los padres de Sofía, personas tan ricas y aparentemente respetables, mantendrían una mentira tan monstruosa? La pregunta giraba en su mente como un buitre hambriento.
Regresó a la cocina, sus manos temblaban mientras intentaba servirse un vaso de agua. El cristal chocaba contra la jarra. Necesitaba pensar, necesitaba entender. Pero el miedo era una losa pesada. Si Sofía no era ciega, ¿qué implicaba eso para Elena? ¿Se había convertido en una testigo incómoda? La imagen de los ojos verdes, tan lúcidos y maliciosos, la perseguía. Ya no veía a una niña indefensa, sino a una pequeña y astuta manipuladora.
Los días siguientes fueron una tortura. Sofía, consciente de que había sido descubierta, cambió su comportamiento. Ya no era la niña silenciosa y dócil. Sus palabras se volvieron punzantes, sus miradas (detrás de las gafas oscuras, por supuesto) parecían seguir cada movimiento de Elena. Un día, mientras Elena limpiaba la habitación de Sofía, encontró un pequeño micrófono oculto bajo el peluche de un oso. Sus manos se paralizaron. ¿Estaban grabándola? ¿O Sofía era quien la grababa? La paranoia se apoderó de ella.
Decidió que no podía quedarse de brazos cruzados. La mentira era demasiado grande, las implicaciones demasiado oscuras. Necesitaba pruebas, algo tangible que demostrara la farsa. Empezó a observar con una atención forense. Notó cómo Sofía, supuestamente ciega, siempre elegía los juguetes más coloridos, cómo sus manos se dirigían con precisión a los botones específicos de un reproductor de música, cómo nunca tropezaba con los pequeños obstáculos que Elena, discretamente, colocaba en su camino.
Una noche, mientras los señores Del Valle estaban en una de sus innumerables cenas de gala, Elena se aventuró al estudio de Ricardo Del Valle. Sabía que era una locura, que podría perder su empleo, o algo peor. Pero la necesidad de saber era más fuerte que su miedo. La habitación estaba impecable, llena de estanterías con libros caros y documentos. En el escritorio de caoba, un ordenador portátil mostraba una pantalla de inicio de sesión. Elena no se atrevió a tocarlo.
Pero sus ojos se posaron en una pila de documentos bajo un pisapapeles de cristal. Eran papeles legales. Con el corazón latiéndole a mil por hora, deslizó el primero. Era un testamento. El testamento del abuelo materno de Sofía, un hombre aún más rico que Ricardo Del Valle, un magnate petrolero que había fallecido un año antes. Elena empezó a leer, sus ojos escaneando las cláusulas con avidez.
La primera parte hablaba de una fortuna inmensa, propiedades, acciones, cuentas bancarias. Pero una cláusula en particular la heló hasta los huesos. "Cláusula 7.3: Mi fortuna principal, valorada en más de doscientos millones de dólares, será heredada por mi nieta, Sofía Del Valle. Sin embargo, si en el momento de mi fallecimiento o en cualquier momento antes de cumplir los dieciocho años, Sofía Del Valle fuera declarada legalmente capaz de valerse por sí misma sin necesidad de cuidado especial o supervisión constante debido a una discapacidad física o mental grave y permanente, dicha fortuna será transferida íntegramente a la Fundación 'Luz para los Desfavorecidos'."
Elena releyó la cláusula. Doscientos millones de dólares. Y la clave era la "discapacidad física o mental grave y permanente". Si Sofía no era ciega, si era "capaz de valerse por sí misma", la fortuna pasaría a una fundación. La verdad golpeó a Elena con la fuerza de un rayo. Los Del Valle habían orquestado la farsa de la ceguera de Sofía para asegurar el control de esa herencia millonaria. No era Sofía quien engañaba por capricho, sino sus propios padres, que la habían usado como un peón en su juego de avaricia. Sofía era cómplice, o quizás una víctima temprana, obligada a mantener la farsa.
De repente, un crujido en el pasillo. La puerta del estudio se abrió lentamente. La pequeña silueta de Sofía apareció en el umbral, sus gafas oscuras ocultando sus ojos, pero su boca curvada en una sonrisa que Elena ahora reconocía como una máscara de pura malicia. "Elena, ¿qué haces en el estudio de papá?", preguntó Sofía, su voz infantil, pero con un matiz de acero. "Creí que los empleados no debían tocar las cosas del dueño".
El pánico se apoderó de Elena. Había sido descubierta. Sofía había estado vigilándola todo el tiempo. La niña dio un paso más hacia el interior, y Elena vio algo brillando en su mano, un pequeño objeto metálico. Era la llave maestra de la mansión. "Sabía que harías esto", continuó Sofía, su voz ahora un susurro frío. "Siempre eres tan predecible". Elena retrocedió, sus ojos fijos en la llave, en la niña, en la puerta que se cerraba lentamente detrás de Sofía. Estaba atrapada. La fortuna, la herencia, la ceguera falsa... todo se conectaba en ese instante.
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