El Secreto Millonario de la Mansión: Los Ojos Verdes de la Hija del Dueño Desvelan una Fortuna Oculta

El corazón de Elena latía desbocado, resonando en sus oídos. La puerta del estudio se cerró con un suave "clic", sellando su destino inmediato. Sofía, con la llave maestra aún en la mano, se adelantó, sus pasos ligeros y seguros. La oscuridad del pasillo se cernía sobre ellos, solo rota por la tenue luz de la luna que se filtraba por una ventana alta. "No esperabas que yo supiera, ¿verdad?", dijo Sofía, su voz ya no infantil, sino cargada de una madurez espeluznante. Se quitó las gafas oscuras, y sus ojos verdes, ahora desprovistos de cualquier inocencia, brillaron con una inteligencia calculadora.

"¿Qué vas a hacer, Sofía?", preguntó Elena, intentando mantener la calma, aunque su voz temblaba. Observó la llave. Sofía no la estaba usando para abrir, sino para cerrarla.

"Lo que mis padres me han enseñado", respondió la niña, con una sonrisa fría. "A proteger lo nuestro. La herencia, Elena. Es nuestra. Siempre lo ha sido". Sofía se acercó al escritorio, tomó los documentos del testamento y los dobló cuidadosamente. "Sabía que eras curiosa. Te observé desde el primer día. Mamá y papá siempre dicen que la gente pobre tiene una curiosidad innata por las vidas de los ricos. Y que esa curiosidad es peligrosa".

Elena sintió un escalofrío. La niña era un producto de su entorno, una marioneta manipulada que había aprendido a manipular a su vez. "Sofía, esto está mal. Engañar a todos, a la ley... por dinero. Es un fraude".

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"¿Fraude?", Sofía soltó una risita. "Es supervivencia. Si yo no soy 'incapacitada', la fundación se queda con todo. ¿Y qué somos nosotros sin la fortuna del abuelo? Solo unos millonarios más. Con esa cláusula, papá y mamá no solo controlan mi dinero, sino que me mantienen a su lado. No me envían a un internado de élite, no me dejan sola. Es una forma de amor, a su manera". Sus palabras eran perturbadoras, una mezcla de resentimiento y lealtad torcida.

De repente, se escuchó el chirrido de un coche en la entrada. Los Del Valle habían regresado. Elena sintió un nudo en el estómago. "Sofía, por favor, no les digas nada. Déjame ir. Yo no diré nada".

Sofía la miró con esos ojos verdes penetrantes. "Demasiado tarde, Elena. Ya lo saben". Y antes de que Elena pudiera procesar esas palabras, Sofía gritó, un chillido agudo y desesperado que resonó por toda la mansión. "¡Mamá! ¡Papá! ¡Elena me está haciendo daño! ¡Me encerró aquí y está robando documentos!"

El pánico se convirtió en terror puro. Las pisadas de Ricardo e Isabella Del Valle resonaron por el pasillo. La puerta del estudio se abrió de golpe. Ricardo, con el rostro enrojecido, entró primero, seguido por una pálida Isabella. "¡Elena! ¿Qué demonios está pasando aquí?", rugió Ricardo, sus ojos fijos en Elena, que estaba de pie junto al escritorio.

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Sofía corrió hacia su madre, aferrándose a su pierna, sus gafas oscuras puestas de nuevo, su rostro contraído en un llanto convincente. "¡Me asustó, mamá! ¡Estaba leyendo los papeles de papá!"

Isabella miró a Elena con una mezcla de horror y furia. "¡Cómo te atreves! ¡Entrar al estudio de mi esposo, asustar a mi hija ciega!"

Elena intentó explicarse. "¡No es cierto! ¡Ella no es ciega! ¡Y ustedes lo saben! ¡Es todo por la herencia, por la cláusula del testamento!" Se atrevió a señalar los documentos que Sofía aún sostenía.

Ricardo se abalanzó sobre ella, agarrándola del brazo con fuerza. "¡Cállate! ¡Estás despedida! ¡Y te aseguro que no volverás a trabajar en esta ciudad, sucia mentirosa!"

Pero Elena se había armado de valor. En el instante en que Ricardo se acercó, ella vio su oportunidad. Con un movimiento rápido, se soltó de su agarre y, en lugar de intentar huir, se abalanzó hacia el escritorio. Sabía que sus palabras no serían suficientes. Necesitaba una prueba. Con la adrenalina corriendo por sus venas, arrancó una de las páginas del testamento de la pila y la arrugó en su mano. "¡Esto es la prueba! ¡La cláusula 7.3! ¡Ella no es ciega! ¡Ella los vio a ustedes entrar!"

Ricardo, furioso, intentó arrebatarle el papel, pero Elena lo lanzó lejos, hacia la chimenea, para ganar tiempo. "¡Llamaré a la policía! ¡A los abogados! ¡Esto es un delito!"

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Isabella, con Sofía aún aferrada a ella, se acercó, su voz ahora un siseo gélido. "Nadie te creerá, Elena. Eres una empleada despechada. ¿Una niña ciega de diez años miente sobre su ceguera? ¿Y sus padres, personas de nuestra posición, están involucrados en un fraude? Es absurdo. Te haremos pagar por difamación".

Pero entonces, un destello de ingenio cruzó por la mente de Elena. "¡Hay cámaras!", gritó, señalando un pequeño domo en la esquina superior de la habitación. "¡En la sala de juegos, en el pasillo! ¡Ellas lo vieron todo! ¡Sofía quitándose las gafas, recogiendo el pañuelo! ¡Y la grabación de ella gritando y culparme!"

Los rostros de Ricardo e Isabella se descompusieron. Sofía, que hasta ese momento mantenía su fachada de víctima, se quedó inmóvil, sus ojos verdes fijos en la cámara, una expresión de puro terror reemplazando su malicia. Habían sido tan confiados en su propia inteligencia que habían olvidado la tecnología que les rodeaba. La verdad estaba allí, grabada, innegable. La fortuna, la herencia, la mansión... todo pendía de un hilo, expuesto por la astucia de una empleada y la inadvertencia de sus propios dueños.

La justicia estaba a punto de llegar a la mansión del millonario.

La intriga de esta familia te dejará sin palabras.

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