El Secreto Millonario de la Niñera: Cómo una Herencia Inesperada Desató una Guerra en la Mansión Vargas

Sara no esperó. El aire vibró con su movimiento. Con una agilidad que desafiaba su aparente fragilidad, se lanzó hacia los dos asaltantes restantes. No usó la fuerza bruta, sino una serie de movimientos fluidos y precisos, como una danza mortal. El primero, un hombre corpulento con un bate en la mano, apenas tuvo tiempo de levantar su arma. Sara esquivó el golpe con una facilidad pasmosa, girando sobre su propio eje. Su codo impactó con una precisión milimétrica en el plexo solar del hombre, dejándolo sin aliento, doblado sobre sí mismo. Antes de que cayera por completo, su pierna se elevó en un arco perfecto, golpeando la sien del asaltante con un sonido seco, y este se desplomó inconsciente.
El segundo hombre, que ya había sacado un cuchillo de su cinturón, retrocedió, sus ojos llenos de un miedo primitivo. Nunca había visto algo así. Sara se detuvo un instante, sus ojos fijos en él. "Suelta el arma", su voz, normalmente suave, era ahora un susurro gélido que resonó en el silencio. El hombre, paralizado, no reaccionó. Un error fatal. Sara se abalanzó, su mano atrapó la muñeca del asaltante con una fuerza sorprendente, y con un giro rápido y brutal, le arrebató el cuchillo. El filo brilló por un segundo en sus manos antes de que lo lanzara lejos, clavándose en la alfombra persa. Un segundo después, el hombre estaba en el suelo, su brazo torcido en un ángulo antinatural, gimiendo de dolor.
El líder, el hombre de la cicatriz, observaba la masacre silenciosa con la boca abierta. Sus hombres, tres brutos entrenados, yacían inertes en el suelo en cuestión de segundos. Sara se giró hacia él, su postura relajada pero letal. "Ahora tú", dijo con una calma escalofriante. El líder, a pesar de su experiencia criminal, sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sacó su propia arma, una pequeña pistola, pero sus manos temblaban. "No te acerques", advirtió, su voz apenas un hilo.
Sara dio un paso. Luego otro. Lenta, deliberadamente. El líder disparó. El estampido resonó en la mansión. Sara se movió con una velocidad sobrenatural, esquivando la bala por centímetros. La bala impactó en un valioso jarrón Ming, haciéndolo estallar en mil pedazos. Otro disparo, otro esquive. Era como si el tiempo se ralentizara para ella. En un instante, Sara estaba frente a él, su mano atrapando la que sostenía la pistola. Con una torsión rápida y dolorosa, le arrancó el arma. El líder gritó, un sonido agudo y patético. Sara lo inmovilizó contra la pared, su brazo doblado en una llave que le cortaba la respiración.
"¿Quién te envió?", preguntó Sara, su voz implacable. El hombre jadeaba, el terror en sus ojos. "No puedo... no puedo decirlo... me matarán". Sara apretó un poco más. "Te aseguro que yo te mataré primero si no hablas". El líder, con la cara pálida y sudorosa, balbuceó: "Un hombre... un hombre llamado 'El Coleccionista'. Buscaba... buscaba un documento. El 'Testamento Azul'".
En ese momento, las luces se encendieron en el segundo piso. Ricardo y Elena, despertados por los disparos y los gritos, bajaban las escaleras, sus rostros descompuestos por el pánico. Ricardo, en pijama de seda, sostenía un viejo bate de béisbol, su arma de defensa más formidable. Elena, con el cabello revuelto, se aferraba a él, sus ojos abiertos de terror. Los niños, Sofía y Leo, aparecieron detrás de ellos, sus caritas asustadas por el ruido.
"¡Sara! ¿Qué está pasando?", gritó Ricardo, al ver la escena: su niñera, con una pistola en la mano, inmovilizando a un extraño contra la pared, y tres hombres inconscientes en el suelo. La sala, un caos de cristales rotos y un jarrón destrozado. Sara soltó al líder, que cayó al suelo tosiendo. Se giró hacia los Vargas, su expresión volviendo a ser la de la niñera habitual, aunque sus ojos aún conservaban un brillo inusual. "Están bien", dijo, con una calma que los dejó atónitos. "Hubo un intento de robo. Ya está controlado".
Ricardo dejó caer el bate con un estruendo. "¡Robo! ¿Controlado? ¡Sara, qué diablos...!" Elena se llevó una mano a la boca, al borde del desmayo. Los niños, al ver a los hombres en el suelo, comenzaron a llorar. Sara se acercó a ellos, dejando la pistola a un lado, y los abrazó, susurrándoles palabras tranquilizadoras.
La policía llegó en cuestión de minutos. La mansión se llenó de sirenas, luces intermitentes y el bullicio de los agentes. Los intrusos fueron arrestados y sacados de la casa. El líder, a pesar de las amenazas, no quiso revelar más detalles sobre "El Coleccionista" o el "Testamento Azul", solo que les habían pagado una suma considerable para entrar y buscar "un documento específico" en el estudio de Ricardo.
Ricardo y Elena, aún en shock, no podían creer lo que había pasado. Y mucho menos, lo que Sara había hecho. "Sara, ¿cómo... cómo hiciste eso?", preguntó Ricardo, mirándola con una mezcla de asombro y miedo. "Parecías... una guerrera". Sara bajó la mirada, su expresión nuevamente modesta. "Tuve algo de entrenamiento en defensa personal cuando era más joven, señor Vargas. Nada importante".
Pero Ricardo no era tonto. Había visto la eficiencia brutal, la precisión letal. "Esto no es 'algo de entrenamiento', Sara. Esto es de otro nivel". La noche transcurrió entre declaraciones a la policía y el intento de calmar a los niños. Sara se mantuvo a su lado, una roca en la tormenta.
Al día siguiente, Ricardo, con el rostro aún pálido por la conmoción, se sentó con Sara en la cocina. "Sara, necesito saber la verdad. ¿Quién eres realmente? No es que no te esté agradecido, al contrario, nos salvaste la vida. Pero... esto es demasiado". Sara suspiró, su mirada perdida en el jardín. "Mi nombre completo es Sara Mendoza. Y sí, mi entrenamiento es... extenso. Fui parte de una unidad especial de protección en mi país de origen antes de venir aquí. Tuve que dejarlo atrás por razones personales".
Ricardo asintió lentamente. "Entiendo. Pero... ¿por qué aquí? ¿Por qué como niñera?" Sara lo miró a los ojos, una expresión de seriedad inquebrantable. "Señor Vargas, los intrusos mencionaron un 'Testamento Azul'. ¿Sabe algo al respecto?" Ricardo frunció el ceño. "Un Testamento Azul... No, nunca he oído hablar de tal cosa. Nuestro testamento familiar es bastante claro y está en la caja fuerte de mi abogado".
Pero Sara sabía que no era tan simple. La mención del "Testamento Azul" había provocado algo en ella, una conexión con su propio pasado. Sabía que la amenaza no había terminado. De hecho, acababa de empezar. Los Vargas estaban en peligro, y la fortuna que creían segura era, en realidad, el objetivo de una conspiración mucho más grande y oscura. Algo que se remontaba a la herencia de la familia, algo que Ricardo no conocía, pero que ella, por alguna razón, sí. La verdadera razón de su presencia en la mansión, una razón que iba mucho más allá de cuidar niños, estaba a punto de ser revelada.
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