El Secreto Millonario del Despacho: La Herencia Oculta que Cambió el Destino de Sofía

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Sofía y esa foto misteriosa. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas, una historia de destinos cruzados, riquezas inesperadas y secretos familiares enterrados por el tiempo.
Sofía llegó a su primer día como secretaria con los nervios a flor de piel. El edificio, una torre de cristal y acero que se alzaba majestuosa sobre el distrito financiero, ya la intimidaba desde la calle. Nunca había imaginado trabajar en un lugar así. Su vida, hasta entonces, había sido una sucesión de trabajos precarios y un apartamento alquilado en las afueras, lejos de este lujo ostentoso.
Con el currículum impecable y una entrevista que, milagrosamente, le había abierto las puertas, ahora se encontraba en el piso 35, frente a la imponente puerta de caoba de la oficina de Don Carlos Montalvo, el renombrado empresario inmobiliario. Un nombre que resonaba con éxito, poder y, sobre todo, una fortuna incalculable.
Su café, recién comprado en la cafetería de la planta baja, humeaba en sus manos temblorosas. Respiró hondo y empujó la puerta. El despacho era vasto, una sinfonía de tonos oscuros y materiales nobles. Un escritorio de ébano macizo dominaba el centro, flanqueado por sillones de cuero que parecían invitar a cerrar tratos millonarios.
Las paredes, de un gris perla sofisticado, estaban adornadas con arte abstracto y, en una de ellas, una estantería llena de diplomas, trofeos y, lo que más llamó su atención, una colección de fotografías enmarcadas. Eran imágenes de la vida de Don Carlos, o al menos, de la vida que él mostraba al mundo.
Sofía, sintiéndose un poco como una intrusa pero incapaz de reprimir su curiosidad, se acercó lentamente a la pared. Recorrió con la mirada las instantáneas: Don Carlos en un yate en el Mediterráneo, en la inauguración de un rascacielos, junto a una mujer elegante en lo que parecía ser una boda de ensueño. Había también fotos de niños, sonriendo, jugando en jardines que parecían sacados de una revista.
Su dedo rozó el cristal frío de un marco tras otro, una punzada de algo parecido a la envidia o la melancolía la invadió. Su propia infancia había sido tan diferente, marcada por la ausencia de lujos y la constante lucha de su madre para llegar a fin de mes.
Su mirada se detuvo en un pequeño portarretratos de plata, algo antiguo, casi oculto detrás de un pisapapeles de mármol con el escudo de alguna universidad. La imagen era diferente a las demás, un poco descolorida, con ese tinte sepia que daban las fotos de antaño.
Mostraba a una niña de unos cinco años, con un vestido a cuadros de vichy y un osito de peluche gastado, de un color indefinido por el uso. La niña sonreía tímidamente a la cámara, sus ojos grandes y curiosos brillaban con una inocencia que conmovió a Sofía.
Un escalofrío le recorrió la espalda, un presentimiento extraño, una sensación de familiaridad que le oprimió el pecho. Había algo en esos ojos grandes y curiosos... un lunar diminuto, casi imperceptible, justo debajo del ojo izquierdo.
Sofía sintió que el aire le faltaba. Su corazón comenzó a latir con una fuerza desmedida, un tamborileo sordo en sus oídos. Sus manos temblaron incontrolablemente mientras extendía un dedo hacia la imagen. Era idéntico al suyo. Ese lunar, esa forma de los ojos, incluso la manera en que el cabello castaño caía sobre los hombros.
Tomó la foto con manos temblorosas, como si el cristal pudiera romperse en cualquier momento. La analizó de cerca, sus ojos fijos en cada detalle. El vestido a cuadros, el osito de peluche que ella recordaba tan bien, con su oreja derecha descosida. ¡Esa era ella! Una foto que creía perdida para siempre, de su infancia más remota, ahora estaba ahí, en la oficina de un desconocido, su nuevo jefe.
Su mente giraba a mil por hora, intentando armar el rompecabezas imposible. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué hacía una foto tan íntima de su niñez en el despacho de Don Carlos Montalvo, un hombre con el que no tenía, o al menos no creía tener, ninguna conexión? Era absurdo, ilógico, pero la evidencia era innegable. La sensación de irrealidad la invadió, acompañada de un miedo helado.
¿Quién era realmente Don Carlos? ¿Sabía él quién era ella? ¿Y si esta oferta de trabajo no era tan casual como parecía? Un torbellino de preguntas sin respuesta la asaltaba. Las imágenes de su madre, siempre evasiva sobre su pasado, sobre la figura de su padre, destellaron en su mente. ¿Podría ser...? No, era imposible.
Justo en ese instante, el leve crujido de la puerta al abrirse la sacó de su trance. Sofía levantó la vista de golpe, la foto aún apretada en sus manos, el corazón a punto de salírsele del pecho. La figura de Don Carlos se recortaba contra la luz del pasillo. Su rostro, habitualmente serio y controlado, mostraba una expresión que ella no supo descifrar. ¿Sorpresa? ¿Reconocimiento? ¿O algo más oscuro? La tensión en el ambiente era casi palpable. Él la miró, luego a la foto, y su semblante se endureció.
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