El Secreto Millonario del Despacho: La Herencia Oculta que Cambió el Destino de Sofía

Don Carlos entró en la oficina, sus ojos oscuros fijos en Sofía, y luego bajaron a la fotografía que ella aún sostenía. Su mandíbula se tensó. El silencio que siguió fue denso, pesado, cargado de una expectativa insoportable. Sofía sintió que cada latido de su corazón resonaba en la habitación.
"Señorita Rojas," la voz de Don Carlos era profunda, controlada, pero con un matiz que Sofía no pudo identificar, "¿Hay algún problema?"
Sofía, tartamudeando, intentó formular una frase. "Yo... yo... lo siento, señor Montalvo. Estaba... estaba viendo las fotos y..." Las palabras se le ahogaban en la garganta. Levantó la foto, extendiéndola ligeramente hacia él. "Esta foto... es mía. Soy yo cuando era niña."
Los ojos de Don Carlos se entrecerraron. Dio unos pasos hacia el escritorio, su mirada no abandonaba ni a Sofía ni a la imagen. Se detuvo justo al otro lado del ébano pulido, su postura imponente. "Entiendo su sorpresa, señorita Rojas," dijo, su voz ahora más fría, "pero esa fotografía ha estado en mi despacho durante muchos años."
"Pero es imposible," insistió Sofía, la desesperación comenzando a apoderarse de ella. "Ese vestido... ese osito... el lunar. Es mi foto. Estoy segura. Mi madre siempre me habló de ese osito, de cómo lo perdí cuando éramos muy pequeñas, poco después de que... de que mi padre se fuera."
Una sombra cruzó el rostro de Don Carlos al escuchar la mención del padre de Sofía. Se quedó en silencio por un momento, estudiando a Sofía con una intensidad que la hizo sentir expuesta, vulnerable. Su mirada era como un escáner, buscando algo en sus facciones.
Finalmente, suspiró, un sonido apenas audible que rompió el tenso silencio. "Señorita Rojas, creo que necesitamos hablar. Por favor, siéntese." Indicó uno de los sillones de cuero frente a su escritorio.
Sofía se sentó, sus piernas aún temblorosas. Don Carlos se sentó frente a ella, adoptando una postura más relajada, pero la tensión en el ambiente no disminuyó. "Usted mencionó a su padre," comenzó él, con voz más suave de lo que ella esperaba. "Cómo se llamaba?"
"Armando Rojas," respondió Sofía, su voz apenas un susurro.
Don Carlos cerró los ojos por un instante, como si procesara una información dolorosa. Cuando los abrió, había una melancolía profunda en ellos. "Armando... sí. Lo recuerdo bien."
La confesión la golpeó como una ola fría. "¿Usted conocía a mi padre?" preguntó, la esperanza y el miedo mezclándose en su pecho.
Él asintió lentamente. "Armando Rojas fue mi mejor amigo. Mi socio en los primeros años de esta empresa. Esta empresa que ahora vale millones, y que él ayudó a construir desde cero."
Sofía sintió un mareo. ¿Su padre, un socio de este magnate? ¿El hombre que su madre siempre había descrito como un soñador, un alma libre que los abandonó? La historia no encajaba.
"No entiendo," dijo Sofía, su voz temblaba. "Mi madre siempre dijo que mi padre se fue, que nos dejó sin nada. Que era un artista, sí, pero nunca mencionó una empresa, ni un socio tan... tan importante."
Don Carlos se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. "La verdad, Sofía, es más complicada de lo que su madre le contó. Armando y yo éramos inseparables. Fundamos Montalvo & Rojas Inversiones. Él era el cerebro creativo, el visionario. Yo era el pragmático, el que ponía orden. Compartimos sueños y sacrificios."
Hizo una pausa, su mirada perdida en algún punto del pasado. "Pero Armando tenía sus demonios. Era brillante, sí, pero también impulsivo, y propenso a las adicciones. Después de que ustedes nacieran –sí, Sofía, yo sabía de su existencia, aunque no de dónde estaba–, su dependencia se agravó. Perdió el control."
"Yo intenté ayudarlo. Le di oportunidades, le pagué tratamientos. Pero él se negaba. Un día, tuvimos una discusión terrible aquí mismo, en esta oficina. Él quería vender su parte de la empresa para saldar unas deudas de juego, deudas millonarias, y desaparecer. Yo me negué. Le dije que no podía dejar a su familia, que su parte de la empresa valdría una fortuna en el futuro, que era su herencia para usted y su madre."
Sofía escuchaba atónita, cada palabra una puñalada. Su padre, el hombre que idealizaba como un artista bohemio, era un jugador empedernido.
"Él se enfureció. Me acusó de querer robarle su parte. Y se fue. Desapareció. Dejó una nota diciendo que vendía sus acciones a quien le diera efectivo en mano, y que no quería saber nada más de nosotros. Fue una herida profunda para mí, para la empresa. Y para usted, aunque yo no lo supiera entonces." Don Carlos señaló la foto. "Esa foto me la dejó él. Dijo que era lo único que le quedaba de lo bueno que tuvo, y que yo debía guardarla, por si algún día 'la niña volvía a buscar su destino'. Nunca entendí del todo a qué se refería."
"¿Y mi madre? ¿Ella sabía de esto?"
"Su madre, Carmen, era una mujer fuerte, pero orgullosa. Cuando Armando se fue, ella se negó a recibir cualquier ayuda de mi parte. Dijo que no quería limosnas de 'los socios de su marido, que le habían arruinado la vida'. No quise presionarla, pensé que necesitaba espacio. Y la empresa creció exponencialmente, el nombre de Rojas se desvaneció de la sociedad, aunque su parte... su parte nunca lo hizo."
La última frase resonó en el aire, cargada de un significado que Sofía apenas podía empezar a comprender. ¿Su parte? ¿Qué parte? La oficina de Don Carlos, su inmensa fortuna, su vida de lujo. ¿Todo esto tenía una conexión directa con ella, con su padre? La cabeza le dolía. El mundo que conocía se desmoronaba.
De repente, Don Carlos se levantó, se dirigió a una caja fuerte empotrada detrás de una de las pinturas abstractas y giró la combinación con dedos expertos. Abrió la puerta metálica y extrajo una carpeta de cuero envejecido. La colocó sobre el escritorio, deslizándola hacia Sofía.
"Aquí está el testamento original de la fundación de la empresa," dijo, su voz grave. "Armando Rojas poseía el 40% de las acciones. Después de su desaparición, su parte fue puesta en un fideicomiso a nombre de su heredera legítima, su hija, cuando alcanzara la mayoría de edad o fuera encontrada. Esa heredera eres tú, Sofía."
Sofía abrió la carpeta con manos temblorosas. Los documentos, amarillentos por el tiempo, revelaban nombres, cifras, cláusulas legales. Su nombre. Sofía Rojas, beneficiaria del 40% de Montalvo & Rojas Inversiones. El 40% de una empresa inmobiliaria que, según los rumores que ella misma había escuchado en las noticias, valía cientos de millones. Una fortuna inmensa, una herencia millonaria, que había estado esperándola toda su vida, oculta en las sombras de un pasado que desconocía.
Don Carlos la observó, su rostro una mezcla de arrepentimiento y alivio. "Tu padre... a pesar de sus errores, siempre pensó en tu futuro. Él quería que tuvieras una vida mejor. Y yo, Sofía, he estado esperando este día. Esperando que volvieras, que encontraras tu lugar aquí, donde siempre debiste estar. Tu parte de la empresa, tu herencia, te espera. Pero hay un problema. Un problema muy grande que ha surgido en los últimos meses, y que podría poner en riesgo todo lo que te pertenece."
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