El Secreto Millonario del Testamento: Un Bebé Revela la Verdad Oculta en la Mansión de Lujo del Empresario.

Las palabras de Mateo, pronunciadas con una claridad espeluznante para un niño de su edad, flotaron en el aire, cargadas de un terror ancestral. "¡Mala! ¡Abuela! ¡Fuego!", balbuceó el pequeño, con su dedo aún tembloroso apuntando a Sofía, mientras un nuevo torrente de lágrimas brotaba de sus ojos.
Elena sintió que el mundo se le venía encima. Su corazón dio un vuelco doloroso. "¿Qué... qué dijiste, mi amor?", preguntó, con la voz apenas un susurro. Miró a Sofía, cuyo rostro antes imperturbable ahora estaba pálido como la cera. La joven abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Sus ojos se veían como los de un animal acorralado.
"¡Mala! ¡Abuela! ¡Fuego!", repitió Mateo, con más fuerza esta vez, y se aferró al cuello de su madre, escondiendo su carita.
En ese instante, Ricardo entró al salón, alertado por el inusual grito de su esposa. "¿Qué ocurre aquí, Elena? ¿Por qué Mateo está tan alterado?"
Elena, con la voz temblorosa, le relató lo que acababa de suceder. "Ricardo... Mateo... dijo '¡Mala! ¡Abuela! ¡Fuego!' y la señaló a ella", dijo, apuntando a Sofía, quien ahora había empezado a llorar.
"¡No sé de qué hablan, señora! ¡Es un bebé! ¡No sabe lo que dice!", exclamó Sofía, con la voz entrecortada por el pánico. "¡Yo jamás le haría daño a nadie, y menos a la abuela! ¡La señora Clara era un ángel!"
Ricardo, que hasta entonces había mantenido una postura escéptica sobre el miedo de Mateo, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. "Abuela". Esa palabra. Doña Clara, su madre, había fallecido hacía apenas seis meses en un trágico "accidente" en su finca de campo. Un incendio en la chimenea de su habitación, declarado accidental por las autoridades, había cobrado su vida de forma repentina y dolorosa.
Doña Clara había sido la matriarca de la familia, una mujer fuerte y vital, a pesar de sus setenta años. Su muerte había sido un golpe devastador para Ricardo, y aunque la policía había cerrado el caso rápidamente, una sombra de duda siempre había permanecido en su corazón. Su madre era una millonaria excéntrica, sí, pero también muy precavida. ¿Un accidente tan fortuito?
Ahora, las palabras de Mateo reabrían esa herida, y la conectaban directamente con la empleada que su hijo temía. Ricardo miró a Sofía con nuevos ojos. ¿Podría ser una coincidencia? ¿O su hijo, con su inocencia, había percibido algo que los adultos no pudieron?
"Sofía, ¿conocías a mi madre?", preguntó Ricardo, su voz grave y autoritaria, la misma que usaba en las reuniones de la junta directiva.
Sofía se secó las lágrimas con el dorso de la mano. "Sí, señor. La conocí cuando trabajaba en la finca de campo hace un año. Fui empleada temporal allí por unos meses antes de venir aquí. La señora Clara era muy amable conmigo."
Ricardo y Elena intercambiaron una mirada de asombro. Sofía había trabajado en la finca de Doña Clara. Ese detalle nunca había sido mencionado en su currículum ni en las referencias de la agencia, que solo cubrían su último empleo.
"¿Por qué no mencionaste esto antes?", preguntó Elena, la desconfianza tiñendo su voz.
"No creí que fuera relevante, señora", balbuceó Sofía. "Fui contratada por otra agencia en ese entonces, y solo estuve unos meses. Es un trabajo antiguo."
La explicación parecía plausible, pero la reacción de Mateo y la omisión de Sofía encendieron todas las alarmas en la mente de Ricardo. Su instinto de empresario, afinado para detectar la más mínima anomalía, le gritaba que algo no estaba bien.
Esa misma noche, Ricardo llamó a su abogado de confianza, el Dr. Salazar, un hombre con décadas de experiencia en asuntos legales complejos. También contactó a un detective privado, el Sr. Méndez, conocido por su discreción y eficacia. La investigación sobre la muerte de Doña Clara, que había sido cerrada como un accidente, estaba a punto de reabrirse de forma extraoficial.
La primera tarea fue investigar el pasado de Sofía a fondo. El Sr. Méndez descubrió que, efectivamente, Sofía había trabajado en la finca de Doña Clara, pero no había sido por "unos meses". Había sido despedida abruptamente una semana antes del incendio, después de una discusión con Doña Clara por un supuesto robo menor de una joya familiar. La agencia que la había contratado en ese entonces la había vetado. La agencia que la contrató para los Herrera no tenía acceso a esa información.
Cuando Ricardo y Elena confrontaron a Sofía con esta nueva información, ella se derrumbó. "Sí, es verdad. La señora Clara me despidió. Ella creyó que le había robado un broche, pero yo no fui. ¡Lo juro! Discutimos, sí, pero no le hice daño. Y me fui. No volví a la finca." Sus lágrimas parecían genuinas, pero sus contradicciones la hacían parecer cada vez más culpable.
El detective Méndez continuó su trabajo, profundizando en los días previos y posteriores al incendio. Revisó los registros bancarios de Sofía, sus llamadas, sus movimientos. No encontró nada extraordinario, hasta que dio con una pequeña suma de dinero, unos cinco mil dólares, depositada en su cuenta dos días después del incendio. La fuente era un intermediario, imposible de rastrear directamente. No era una fortuna, pero era una cantidad significativa para alguien con su salario.
La tensión en la mansión Herrera era insoportable. Mateo seguía reaccionando con terror ante Sofía, quien ahora realizaba sus tareas con la cabeza baja, consciente de las miradas de sospecha. Ricardo y Elena no podían dormir, atormentados por la posibilidad de que su madre no hubiera muerto en un accidente, y de que la asesina estuviera bajo su propio techo.
El Dr. Salazar, el abogado, se concentró en el testamento de Doña Clara. La anciana había dejado una parte considerable de su fortuna a una fundación benéfica y el resto a Ricardo, pero con una cláusula particular: si Ricardo no cumplía ciertas condiciones relacionadas con el mantenimiento de la finca y la promoción de un proyecto social, la herencia pasaría a un primo lejano, Marcos, un hombre ambicioso y conocido por sus problemas financieros.
La noche siguiente, el detective Méndez llamó a Ricardo con un tono de voz que heló la sangre del empresario. "Señor Herrera, creo que he encontrado algo. Su madre era una mujer precavida, ¿verdad? Me habló de una cámara de seguridad oculta que instaló en la finca hace un par de años. No estaba conectada al sistema principal, solo grababa en un disco duro local. La policía no la encontró."
Ricardo recordó vagamente que su madre había mencionado algo sobre una "cámara secreta" por su paranoia. "Sí, lo recuerdo. ¿La encontró?"
"La encontré, señor. Y el disco duro estaba intacto. Lo estoy revisando ahora mismo. Creo que lo que vamos a ver cambiará todo." El silencio en la línea era ensordecedor. Ricardo sentía que el corazón le latía con fuerza en el pecho.
Horas más tarde, la llamada llegó. La voz del detective era grave. "Señor Herrera, la verdad sobre la muerte de su madre... es mucho más oscura de lo que imaginábamos. Y su hijo, Mateo, no estaba equivocado. Tenemos las pruebas."
La verdad estaba a punto de ser expuesta, y era mucho más siniestra de lo que el millonario Ricardo y su esposa Elena podían haber concebido.
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