El Secreto Oculto de la Mansión del Empresario: ¿La Verdadera Herencia de Su Hija?

El diario de Sofía, con esa frase macabra, cayó de las manos temblorosas de Elena, aterrizando con un suave golpe en la alfombra persa. Manuel no lo escuchó. Su mente estaba en un torbellino, un caos de incredulidad, furia y un terror primitivo. Sus ojos, fijos en Elena, la escrutaban con una intensidad que nunca antes había usado con ella, una mirada que exigía respuestas, que exigía la verdad.

"¿Qué... qué significa esto, Elena?", su voz era un gruñido bajo, apenas reconocible. "Explícame ahora mismo. ¿Quién escribió esto? ¿Quién es 'ella'? ¿Y qué sabes tú de todo esto?"

Elena se encogió, sus hombros temblaban. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, surcando las líneas de su rostro envejecido. Miró a Sofía, que seguía aferrada a su oso, ajena al drama que se desarrollaba, pero percibiendo la tensión en el aire. La ama de llaves respiró hondo, un aliento que parecía quemarle la garganta.

"Señor Manuel, yo... yo no quería que lo supiera así", balbuceó, su voz rota por el llanto. "He intentado protegerla a usted, a Sofía... a todos."

"¿Proteger de qué, Elena?", Manuel dio un paso adelante, la paciencia agotada. "De una mentira que ha crecido bajo mi propio techo durante años? ¿De quién es esa letra? ¿Y por qué Sofía...?" No pudo terminar la frase. La idea de que su hija, su pequeña y vulnerable Sofía, pudiera estar en el centro de una conspiración, lo destrozaba.

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Elena se arrodilló lentamente, como si el peso de sus secretos fuera demasiado para soportarlo. "Fue la señorita Clara", susurró, y el nombre de la madre de Sofía, la difunta esposa de Manuel, resonó en la sala como un eco fantasmal. "Ella... ella me pidió que nunca dijera nada. Que lo llevara a la tumba."

Manuel sintió un golpe en el pecho, más fuerte que cualquier puñetazo. Clara, su amada esposa, la mujer que había jurado amar y proteger, ¿había guardado un secreto de tal magnitud? La incredulidad se mezcló con un dolor lacerante.

"Clara... ¿qué tenía que ver Clara con esto?", preguntó Manuel, sintiendo la cabeza a punto de estallar. "Háblame, Elena. ¡Dímelo todo!"

Elena levantó la vista, sus ojos rojos e hinchados. "Hace años, antes de que la señorita Sofía naciera... la señorita Clara tuvo un breve... un breve encuentro con otro hombre. Fue durante un viaje a Europa, cuando usted estaba tan ocupado con el lanzamiento de la empresa. Ella se sentía sola, vulnerable..."

Manuel se tambaleó hacia atrás, apoyándose en la mesa de caoba. Su matrimonio, que él creía tan sólido, tan perfecto, ¿había sido una farsa? ¿Y Sofía...?

"Cuando la señorita Clara regresó, estaba arrepentida, desesperada. Quería contárselo, pero luego... descubrió que estaba embarazada", continuó Elena, su voz apenas audible. "Tenía miedo. Miedo de perderlo a usted, de arruinar su vida, su reputación, su herencia. Me pidió ayuda. Me hizo prometer que guardaría el secreto. Que Sofía sería su hija, la suya y de nadie más."

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Las palabras de Elena se clavaban en Manuel como mil agujas. La imagen de Clara, tan pura, tan inocente en su memoria, se distorsionaba. La traición era abrumadora. Pero luego, la furia dio paso a una pregunta más urgente: "¿Y quién es el padre? ¿Quién es ese hombre, Elena?"

Elena dudó, su mirada se desvió hacia la puerta. "Es un hombre... un hombre peligroso, señor. Un hombre que la señorita Clara conoció en ese viaje. Un abogado. Se llama Ricardo Beltrán. Él... él intentó reclamar a Sofía una vez, hace años, cuando se enteró. Pero Clara lo detuvo. Dijo que si él alguna vez se acercaba, ella lo denunciaría por acoso y revelaría un secreto suyo, algo turbio de su pasado. Él se retiró, pero juró que un día volvería por lo que era 'suyo'."

Un abogado. La palabra resonó con un eco ominoso en la mente de Manuel. Un hombre de leyes, astuto, peligroso. Esto no era solo una cuestión de paternidad; era una amenaza legal, una potencial disputa por la herencia, por la propia identidad de Sofía.

"¿Y por qué Sofía escribió eso hoy?", preguntó Manuel, señalando el diario en el suelo.

Elena volvió a temblar. "Hace unos días, Sofía empezó a tener sueños extraños. Decía que una voz le hablaba, una mujer. Hoy, mientras yo estaba en la cocina, escuché ruidos en el salón. Sofía estaba hablando sola, o eso creí. Pero luego, la encontré con el diario. Había un sobre en la mesa, un sobre sin remitente. Dentro, una nota. Decía: 'La verdad siempre sale a la luz. Tu padre no es quien crees. Pregúntale a Elena'. Y esa misma noche, la señorita Sofía... ella dijo que sintió una presencia, y luego escribió esa frase. Alguien ha estado aquí, señor. Alguien que sabía del secreto de Clara."

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Manuel se sintió mareado. Alguien había entrado en su mansión, en su santuario, y había susurrado una verdad devastadora a su hija ciega. La intrusión era intolerable. La amenaza era real. Ricardo Beltrán. El nombre se grabó a fuego en su mente. ¿Había vuelto? ¿Estaba buscando a Sofía? ¿O buscando la herencia que le correspondería si se demostraba su paternidad? Manuel miró a Sofía, tan frágil, tan vulnerable. Un padre, un empresario, tenía que proteger a su hija a toda costa.

Se arrodilló junto a Elena, levantando el diario. En su interior, entre los dibujos infantiles y la caligrafía extraña, descubrió algo más: una pequeña fotografía, escondida entre las páginas. Era una foto antigua, descolorida, de Clara. Pero no estaba sola. A su lado, un hombre de mirada penetrante, con una sonrisa fría. Ricardo Beltrán. Y en el reverso, escrito con la misma caligrafía temblorosa de la frase del diario, pero esta vez con tinta desvanecida, se leía: "Mi mayor error. Mi secreto."

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