El Secreto Oculto del Jefe: Una Foto que Desenterró un Pasado Peligroso

La Mirada Helada y la Oferta Inesperada
El aire se volvió eléctrico. La sonrisa de Bianchi se desvaneció tan rápido como había aparecido, reemplazada por una expresión de cálculo frío y una intensidad que hizo a Laura retroceder un paso.
Sus ojos, que antes parecían solo observar, ahora la escudriñaban, como si intentaran leer cada pensamiento oculto en su mente.
"¿Cuidaste de él?", repitió Bianchi, y la forma en que pronunció la palabra "cuidaste" hizo que sonara casi como una acusación. Su voz era baja, apenas un murmullo, pero cada sílaba resonó en el silencio que se había formado entre ellos.
Laura tragó saliva, sintiendo un nudo en el estómago. Sabía que acababa de cruzar una línea. Una línea muy peligrosa.
"Sí, señor Bianchi", logró articular, su voz apenas un hilo. "En el Orfanato San Miguel. Yo... yo vivía allí un tiempo, y ayudaba con los más pequeños. Él era... él era uno de ellos."
El nombre del orfanato pareció tener un efecto en Bianchi. Una pequeña contracción en la comisura de su ojo derecho, casi imperceptible.
Se reclinó en su sillón, cruzando las manos sobre el abdomen. Sus ojos no se apartaron de Laura ni un segundo.
"¿Y cómo te llamas, camarera?", preguntó, su tono ahora más neutral, pero con una autoridad innegable.
"Laura, señor. Laura Ríos."
Bianchi asintió lentamente, como si procesara la información. El silencio se prolongó, llenándose de una tensión casi insoportable. Laura sintió el sudor frío en la nuca. ¿Había dicho demasiado? ¿Se había metido en un problema irreparable?
¿Podría perder su trabajo? ¿Y si algo peor le pasaba? Los rumores sobre Bianchi no eran precisamente cuentos de hadas.
De repente, Bianchi se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un tono casi conspirador. "Laura Ríos. Dime, ¿qué sabes de ese niño? ¿Su nombre? ¿Su historia?"
Laura dudó. La historia del niño no era suya para contar. Además, ¿por qué Bianchi, el temido jefe, estaría interesado en un huérfano?
"Se llamaba Mateo, señor", dijo finalmente, decidiendo apegarse a la verdad, al menos a la parte que conocía. "Era muy callado. Siempre dibujaba. Tenía unos ojos muy tristes, pero una sonrisa… cuando sonreía, era como si saliera el sol."
Bianchi la escuchó con una atención sorprendente. No la interrumpió. Sus ojos seguían fijos en ella, pero ahora había un matiz diferente, una chispa de algo que Laura no pudo identificar.
"¿Y qué pasó con él?", preguntó Bianchi, y esta vez, su voz tenía un borde de urgencia.
Laura se encogió de hombros, la tristeza envolviéndola al recordar. "Un día... simplemente se fue. Dijeron que lo habían adoptado. Fue muy repentino. No hubo despedidas."
Bianchi cerró los ojos por un instante, como si un dolor agudo lo atravesara. Cuando los abrió, su mirada era más intensa que nunca.
"Laura", dijo, y la forma en que pronunció su nombre hizo que Laura sintiera un escalofrío. "Necesito que me cuentes todo lo que sepas. Absolutamente todo. Cada detalle. Cada recuerdo."
Laura sintió un pánico creciente. ¿Por qué este hombre, tan poderoso, tan temido, estaba tan obsesionado con un niño del orfanato?
"No... no sé si puedo, señor", balbuceó. "Hace muchos años. Y... y es información personal."
Bianchi sonrió de nuevo, pero esta vez, la sonrisa era fría y calculada. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
"Laura, hay cosas que no entiendes", dijo. "Ese niño... es más importante de lo que imaginas. Y tu información... podría ser vital."
Sacó una cartera de cuero de su bolsillo interior. De ella, extrajo un fajo de billetes, doblados con pulcritud. Eran cientos de dólares. Más de lo que Laura ganaba en un mes.
Los deslizó por la mesa hacia ella.
"Esto es un adelanto", dijo con voz firme. "Por tu tiempo. Y por tu discreción. Si lo que me dices es útil... habrá mucho más."
Laura miró el dinero, luego a Bianchi. Su mente estaba en un torbellino. ¿Era una oferta? ¿O una amenaza? Con Bianchi, a menudo era lo mismo.
Su corazón latía desbocado. El dinero era tentador, desesperadamente necesario. Sofía, sus medicinas, la escuela...
Pero el peligro que implicaba este hombre. La sombra de su reputación.
"Señor Bianchi...", comenzó Laura, pero él la interrumpió con un gesto de la mano.
"Piensa en ello, Laura. Te esperaré en mi oficina después de que termines tu turno. Solo tú. Y no le digas una palabra a nadie."
La última frase fue una advertencia. Clara y sin rodeos.
Laura se quedó allí, con el fajo de billetes en la mesa, su mano temblorosa a punto de tocarlo. El rostro de Mateo, el niño de los ojos tristes, se superpuso en su mente con la imagen de Sofía, sonriendo.
¿Podría negarse a una oferta así? ¿Podría rechazar la oportunidad de saber más sobre Mateo, el niño que había marcado su propia infancia? ¿Y, sobre todo, podría arriesgarse a la ira de Bianchi?
La noche se cernía sobre ella, más oscura y amenazante que nunca.
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