El Secreto Oscuro Bajo la Cuna de Oro: Lo que la Niñera Encontró

La Cosa Bajo la Cuna y el Grito de Desesperación

El estómago de María se revolvió con una náusea violenta. La masa palpitaba, una especie de hongo grotesco y gelatinoso, de un color gris verdoso. Y entre sus pliegues, una miríada de pequeñas criaturas, larvas blancas y translúcidas, se retorcían, cada una con un punto negro que parecía un ojo.

El olor, que antes era sutil, ahora golpeó sus fosas nasales con una intensidad nauseabunda: una mezcla de moho rancio, carne en descomposición y algo dulzón y repugnante.

Santiago, que antes lloraba, ahora emitía un sonido ahogado, una especie de gemido de terror, mientras señalaba con su pequeño dedo tembloroso hacia el espacio bajo el colchón. Él lo había visto. Él lo había sentido.

María retrocedió, tropezando con sus propios pies. Su mente, acostumbrada a la limpieza y el orden, no podía procesar la imagen. ¿Cómo era posible? ¿En una casa tan impecable, tan cara, tan vigilada?

El pánico se apoderó de ella. Tenía que hacer algo. Tenía que sacar a Santiago de allí.

Con un esfuerzo sobrehumano, controlando el temblor de sus manos, levantó al bebé de la cuna. Santiago se aferró a su cuello, temblando incontrolablemente, su pequeño rostro escondido en el hombro de María. Su llanto, ahora, era un sollozo ahogado, pero ya no era el mismo grito de agonía. Era miedo puro.

María salió corriendo de la habitación, sin pensar, con Santiago en brazos. Bajó las escaleras a toda prisa, su mente en un torbellino. ¿Debía despertar a los señores Valverde? ¿Cómo les explicaría algo tan macabro?

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Llegó a la sala, donde la luz de la luna se filtraba por los ventanales. Santiago seguía temblando. María lo acunó, tratando de calmarlo, mientras su propia respiración se normalizaba.

Decidió esperar al día siguiente para hablar con Ricardo y Elena. Sabía que no le creerían si los despertaba en medio de la noche con una historia así. Necesitaba pruebas, o al menos, la luz del día para enfrentar la situación.

La Indignación del Millonario y la Verdad Oculta

A la mañana siguiente, con el sol ya alto, María se armó de valor. Había pasado la noche en el sofá de la sala, con Santiago acurrucado a su lado, durmiendo por fin, aunque con un sueño inquieto.

Cuando Ricardo y Elena bajaron, con el rostro aún marcado por el cansancio, se encontraron a María sentada, con el bebé en brazos.

"María, ¿qué hace aquí con Santiago? ¿Por qué no está en su cuna?", preguntó Elena, con un tono de fastidio apenas disimulado.

María se levantó. "Señores, necesito hablar con ustedes. Es sobre el bebé. Y sobre la cuna". Su voz temblaba ligeramente.

Ricardo, impaciente, miró su reloj de oro. "María, por favor. Si es por el salario, lo vemos con la contadora. Santiago ha dormido un poco, es un milagro".

"No es el salario, señor", interrumpió María, con una determinación que la sorprendió a sí misma. "Es lo que hay debajo del colchón. Hay algo terrible, algo que está enfermando al niño".

Ricardo y Elena intercambiaron una mirada de incredulidad, seguida de una sonrisa condescendiente.

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"María, no sé qué tonterías le habrán contado las otras niñeras", dijo Ricardo, con un tono frío. "Pero en esta casa no hay nada más que lujo y confort. Y créame, es una casa muy limpia".

"No son tonterías, señor. Es real. Lo vi anoche. Y el bebé lo ha estado sufriendo", insistió María, sus ojos suplicando que le creyeran.

Elena, con un gesto de exasperación, se cruzó de brazos. "María, entiendo que sea nueva aquí, pero no puede venir con supersticiones. El pediatra dijo que Santiago está sano. Quizás usted no está acostumbrada a niños tan... sensibles".

La indignación hirvió en María. "¿Sensible? ¡El niño está aterrado! ¡Y está viviendo sobre una plaga! Vengan conmigo. Les mostraré".

Ricardo, molesto por la insistencia y el tono de María, finalmente accedió, más por poner fin a la discusión que por creerle. "Está bien, María. Pero si no hay nada, consideraremos esto una insubordinación grave".

Los tres subieron a la habitación de Santiago. El aire seguía denso, aunque a la luz del día, el olor era menos opresivo.

María se acercó a la cuna, sintiendo el mismo escalofrío. Con un movimiento rápido, levantó el colchón.

Ricardo y Elena se asomaron. El silencio en la habitación se hizo pesado, roto solo por la respiración agitada de María.

Lo que vieron los dejó sin aliento. La masa gelatinosa se había expandido. Las larvas se movían con más vigor, como si la luz las hubiera despertado. El olor era inconfundible y abrumador.

Elena soltó un grito ahogado, llevándose las manos a la boca. Ricardo retrocedió, su rostro pálido, sus ojos fijos en la visión repugnante.

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"¿Qué... qué es eso?", balbuceó Elena, al borde del desmayo.

"Es una plaga, señora", dijo María, su voz ahora firme. "Una infestación de algo que parece moho gigante y gusanos. Y lleva ahí mucho tiempo".

Ricardo, recuperándose del shock inicial, se llenó de furia. "¿¡Cómo es posible!? ¡Tenemos un equipo de limpieza! ¡Una empresa de desinfección! ¡El personal de mantenimiento!"

Pero la verdad era que la cuna, un objeto tan preciado y costoso, nunca había sido movida. Nadie, excepto quizás las niñeras que huían, se había molestado en mirar más allá de la superficie.

La plaga no era reciente. Los expertos que llegaron más tarde confirmarían que se trataba de una colonia de un tipo de hongo altamente tóxico, combinado con larvas de un insecto raro que se alimentaba de materia orgánica en descomposición, prosperando en la humedad y la oscuridad.

La fuente de la humedad se descubrió poco después: una fuga minúscula pero constante en una tubería oculta dentro de la pared, justo detrás de la cuna. Una fuga que había sido reportada meses atrás por un antiguo jardinero y que había sido desestimada por Ricardo como "un problema menor". La negligencia.

El llanto de Santiago no era solo por miedo. Era por el aire tóxico que respiraba, por las sensaciones de esas criaturas bajo él, por la irritación en su piel, por la constante amenaza invisible.

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