El Secreto Que Guardaba el Antifaz del Millonario: La Noche en que mi Empleada Desnudó mi Mayor Miedo

Si llegaste aquí, probablemente viste la publicación en Facebook.
Sé que la curiosidad te tiene al borde, y tienes razón. Lo que Esteban presenció esa tarde fue mucho más oscuro que un simple robo.
Si creías que el misterio terminaba con el celular, te equivocaste. Esa era solo la carnada.
El roce metálico que Esteban sintió no era una navaja, aunque el terror que experimentó era el mismo.
Era la punta de un pequeño estilete. Pero no lo usó para herirlo.
María cortó con precisión quirúrgica una pequeña costura en el forro interior del bolsillo de su pantalón.
Esteban, paralizado bajo el antifaz, sintió un vacío momentáneo. Ella no buscaba la billetera, ni el dinero en efectivo.
El Intercambio Silencioso
Su mano se retiró, tan rápido y limpia como había llegado. Esteban escuchó un diminuto y casi imperceptible sonido, como el clic de un microchip.
Ella acababa de extraer o, peor aún, implantar algo.
El corazón de Esteban bombeaba ácido por sus venas. No podía moverse. Si abría los ojos ahora, estaría declarando la guerra, y no sabía con qué armas jugaba ella.
María se quedó quieta un segundo más, verificando que la farsa del sueño profundo siguiera intacta.
Luego, se alejó. Sus pasos ya no eran lentos; eran firmes, dirigidos hacia el ala norte de la casa.
Esteban esperó, contando hasta cien en silencio, cada número una eternidad.
Cuando por fin se atrevió a levantarse, el sudor le pegaba la ropa al cuerpo. Se arrancó el antifaz y miró la cámara oculta.
El celular seguía en la mesita, intocado desde que ella lo había manipulado.
Rápidamente, palpó su bolsillo. Encontró el pequeño desgarro, limpio. Había desaparecido una diminuta memoria USB que él guardaba allí.
Era un archivo de respaldo de sus inversiones de alto riesgo. Información sensible, pero inútil para un ladrón común.
Esto no era un robo. Era espionaje, o algo peor. María era una profesional.
Esteban corrió a revisar la cámara.
El video era claro. Vio a María tomar el teléfono, abrir una app de transferencia de datos con una clave que él ni siquiera sabía que tenía, y luego realizar la manipulación del bolsillo.
Pero había algo más.
Antes de irse, mientras revisaba la costura del pantalón, María había dejado caer algo, un objeto minúsculo.
La cámara lo capturó. Era una llave. Una llave de bronce antigua, con una inscripción borrosa.
Esteban la reconoció al instante. Era la llave del sótano.
Ese sótano no se había usado en diez años. Estaba lleno de escombros de la última remodelación, sellado. Él mismo había perdido la llave hacía años.
¿Cómo la tenía ella? Y más importante, ¿por qué?
El ala norte, hacia donde ella se había dirigido, estaba justo encima de la entrada oculta al sótano.
Esteban sintió que la temperatura de la sala caía diez grados. Se acercó a la puerta del sótano, camuflada tras una estantería vieja. La estantería estaba ligeramente corrida.
Apretó el oído contra la madera.
Al principio, solo escuchó el latido frenético de su propia sangre.
Luego, lo sintió. Un sonido rítmico, ahogado, repetitivo.
Clac. Clac. Clac.
No era agua goteando. Era algo golpeando suavemente contra la tierra.
Esteban deslizó la estantería por completo. La cerradura oxidada brillaba débilmente en la penumbra.
Con una mano temblorosa, insertó la llave de bronce que María había dejado caer. Encajó perfectamente.
Giró la llave, y el cerrojo gritó con el dolor de diez años de inmovilidad.
Tomó aire, abrió la puerta solo un centímetro y se asomó.
El hedor era lo primero. No era olor a humedad. Era un olor químico, sintético, mezclado con la inconfundible fragancia de tierra recién removida.
Y entonces, a través de la rendija, lo vio. Una luz roja y pulsante que se movía en la oscuridad inferior.
Y el sonido rítmico se detuvo.
Escuchó una voz. No era María. Era una voz ronca, profunda, hablando un dialecto que no reconoció. Y la luz roja se movió directamente hacia la puerta.
Deja una respuesta

IMPRESCINDIBLES DE LA SEMANA