El Secreto Que Guardaba el Antifaz del Millonario: La Noche en que mi Empleada Desnudó mi Mayor Miedo

La Fosa y el Ritual
Esteban se pegó a la pared, conteniendo el aliento hasta que el dolor le nubló la vista. La voz se detuvo justo detrás de la puerta.
El miedo no era solo por su vida, sino por la realidad que acababa de colapsar. La mujer dulce, la que le preparaba el té, no era solo una ladrona.
Era parte de algo que operaba en las profundidades de su propia casa.
La luz roja desapareció. Solo quedó el silencio espeso del sótano.
Esperó un minuto, dos, que se sintieron como un siglo. La curiosidad, mezclada con la adrenalina, fue más fuerte que el instinto de huida.
Tenía que ver lo que estaba ahí abajo. Por qué la llave del sótano era tan importante.
Abrió la puerta de golpe, encendiendo la linterna de su celular.
El haz de luz cortó la oscuridad. El sótano era más grande de lo que recordaba, lleno de herramientas oxidadas y telarañas. Pero en el centro, el suelo de tierra húmeda estaba perfectamente limpio.
Y allí estaba María.
Estaba de espaldas, arrodillada, vestida con ropa de trabajo que no había visto antes.
"Sabía que ibas a bajar, Esteban," dijo ella, sin inmutarse ni voltear. Su voz era plana, sin el tono alegre que usaba arriba.
"¿Qué estás haciendo aquí?" preguntó Esteban, con la voz rota. La punta de un atizador de chimenea temblaba en su mano.
"Terminando un trabajo," respondió ella.
El haz de luz de Esteban se posó en el suelo frente a María. Ella no estaba cavando un simple hoyo.
Había una fosa de casi dos metros de profundidad, perfectamente excavada. Al lado, no había tierra, sino grandes bolsas industriales de plástico negro.
Pero lo que había en el fondo de la fosa hizo que a Esteban se le cayera el atizador.
No eran restos humanos, ni dinero. Eran docenas de objetos pequeños y brillantes, enterrados. Joyas, relojes, medallas, todos con etiquetas meticulosamente escritas.
Eran los objetos desaparecidos, no solo de su casa, sino de los últimos tres robos a joyerías que habían aterrorizado a la ciudad.
María no era una ladrona. Era la "archivista" o la "curadora" de una red de crimen organizado, usando su casa como base temporal para catalogar el botín.
La Capa del Odio
Pero el verdadero terror vino después.
Junto a la fosa, había un pequeño cofre de madera de cerezo, abierto. Dentro, no había joyas.
Había fotos. Docenas de ellas.
Fotos de Esteban en la universidad. Fotos de su difunta esposa, Laura, con recortes de prensa amarillentos sobre un accidente de tráfico ocurrido hacía quince años.
Y luego vio el objeto que lo dejó completamente frío.
Era el diario personal de Laura. El diario que ella había quemado, supuestamente, antes de morir.
"No te llevaste las cosas al azar, ¿verdad?" susurró Esteban, entendiendo por fin.
María se puso de pie, dándole la cara. Su expresión era de una fría satisfacción.
"Claro que no, Esteban. Cada objeto aquí tiene un valor emocional. No para ti, sino para él."
Ella señaló el cofre de cerezo. En el fondo, debajo del diario, había un retrato enmarcado de un hombre.
Un hombre que Esteban no veía desde hacía dos décadas. Su ex socio, Damián. El hombre al que Esteban había traicionado en un negocio inmobiliario que lo había llevado a la riqueza, y a Damián a la ruina.
"Damián no quería tu dinero. Quería tu paz mental," explicó María, lentamente. "Quería que sintieras que tu vida se desmoronaba lentamente, pieza por pieza. Los relojes movidos, la cartera ligera… todo era para hacerte dudar de ti mismo."
El robo de la información de sus inversiones no era para venderla. Era para darle a Damián el poder de destruirlo financieramente en el momento justo.
Esteban retrocedió un paso, el pánico ahora sustituido por una ira congelada.
"Pero el sótano… ¿por qué aquí?"
María sonrió, una sonrisa gélida que nunca había visto.
"Esta casa es estratégica. Y esta fosa es especial. Damián quería un lugar donde pudiera enterrar sus viejos fantasmas… y los tuyos."
Dio un paso hacia el cofre, tomó el diario de Laura y lo abrió en una página marcada.
"¿Recuerdas el accidente de Laura?" preguntó María.
Esteban asintió, las lágrimas picándole los ojos.
"No fue un accidente, Esteban. La mató Damián. Lo hizo por venganza, justo después de que lo dejaras en bancarrota. Y ahora, Damián está aquí."
Esteban miró la boca del sótano, temiendo ver una silueta más.
"No aquí en el sótano," corrigió María, con la voz baja como una amenaza.
Ella se tocó la oreja. Llevaba un auricular invisible.
"Está escuchando todo. Y viene subiendo. Solo está esperando que le diga dónde estás. Lo que viste en la cámara no fue la luz roja de la linterna. Fue el reflejo de la pantalla que Damián está mirando, justo al final de las escaleras."
Esteban escuchó, ahora sí, el sonido inconfundible de unos pasos pesados arrastrándose por el pasillo de la cocina, directamente hacia el sótano.
Estaban atrapados. Y Damián ya no era el hombre que conocía.
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