El Secreto Que La Niñera Se Llevó Y La Verdad Que Una Niña No Pudo Callar

La Sombra En El Jardín
Las palabras de Camila resonaron en la cabeza de Don Ricardo mucho después de que la niña se durmiera, agotada por el llanto. "Un hombre malo... le gritó". La idea le resultaba absurda y perturbadora a la vez. Él mismo había sido quien le dio la noticia a Sofía. No hubo ningún otro hombre en su despacho.
O eso creía.
Se levantó de la mesa, la cena intacta. La tranquilidad de su mansión, antes sinónimo de éxito, ahora se sentía ominosa. Caminó por los pasillos, su mente febril, intentando encontrar una explicación. ¿Podría Camila, en su inocencia, haber malinterpretado algo? ¿Una pesadilla?
No. La convicción en la voz de su hija, la forma en que sus ojos reflejaban el dolor de Sofía, eran demasiado reales. Don Ricardo se dirigió a la cocina, donde la señora Elena, la cocinera de toda la vida, aún recogía.
"Elena", dijo, su voz más áspera de lo habitual. "Necesito que me cuentes todo lo que recuerdes del día en que Sofía se fue".
La señora Elena se sobresaltó. Don Ricardo rara vez se dirigía a ella directamente, y menos aún con ese tono de urgencia.
"¿El día que la señorita Sofía se fue, señor?", preguntó, secándose las manos en el delantal. "Fue muy triste, señor. La niña Camila no ha sido la misma desde entonces".
"Lo sé", interrumpió Don Ricardo con impaciencia. "Pero necesito detalles. ¿Viste a alguien más ese día? ¿Algún hombre que no fuera yo?"
Elena frunció el ceño, intentando recordar. "Pues... no, señor. Solo usted y la señorita Sofía en su despacho. Después, los guardias la acompañaron a la salida. Pero..."
Hizo una pausa, y Don Ricardo sintió un nudo en el estómago. "Pero, ¿qué, Elena? Dímelo".
"Pues, antes de que usted la llamara a su despacho, señor, yo vi a la señorita Sofía hablando con el señor Ramiro, el gerente de seguridad. Estaban en el jardín, cerca de los rosales. Él parecía muy serio. Y ella... ella tenía la cara muy pálida".
Ramiro. El gerente de seguridad. Un hombre de confianza, que había trabajado para él durante años. Don Ricardo lo había puesto a cargo de la seguridad de la casa y de su familia. La sangre se le heló.
El Interrogatorio Silencioso
Don Ricardo no esperó al día siguiente. Tomó su teléfono y marcó el número de Ramiro. Eran casi las diez de la noche.
"Ramiro", dijo, sin preámbulos. "Necesito verte. Ahora mismo. En mi despacho".
Ramiro llegó en quince minutos, con una extraña mezcla de sorpresa y nerviosismo en su rostro. "Señor Gómez, ¿todo bien? ¿Algún problema?"
"Eso espero descubrir", respondió Don Ricardo, su voz baja y peligrosa. "Siéntate".
Ramiro tomó asiento, sus manos inquietas sobre sus rodillas. Don Ricardo lo observó detenidamente. Ramiro era un hombre corpulento, de mirada penetrante, siempre eficiente. Pero en ese momento, había algo en su postura, una rigidez inusual, que no le gustó.
"Ramiro, el día que Sofía se fue, ¿hablaste con ella?", preguntó Don Ricardo, y la pregunta, aunque sencilla, llevaba un peso implacable.
Ramiro dudó un instante, y ese instante fue suficiente para Don Ricardo.
"Sí, señor. Solo para informarle que usted quería verla. Asuntos de rutina". Su voz era demasiado suave, demasiado controlada.
"¿Y le gritaste?", soltó Don Ricardo, observando cada microexpresión en el rostro de Ramiro.
El hombre se tensó. Sus ojos se desviaron por un segundo. "No, señor. Jamás le faltaría el respeto a una empleada. Solo le di instrucciones".
"¿Instrucciones de qué tipo?", inquirió Don Ricardo, su voz ahora un hilo de acero. "Mi hija, Camila, dice que un hombre malo hizo llorar a Sofía y le gritó. Y tú fuiste la última persona en hablar con ella antes de que yo la despidiera. ¿Coincidencia?"
El sudor perló la frente de Ramiro. "Señor, con todo respeto, la imaginación de los niños... Sofía estaba nerviosa por su despido, eso es todo".
"¿Por qué estaba nerviosa ANTES de que yo la despidiera, Ramiro?", espetó Don Ricardo. "Parece que tú ya sabías lo que iba a pasar. ¿O fuiste tú quien orquestó todo?"
El gerente de seguridad palideció. Se levantó, intentando recuperar la compostura. "Señor Gómez, no sé de qué habla. Soy un empleado leal. Mi trabajo es proteger a su familia".
"¿Protegerla? ¿O manipularla?", Don Ricardo se puso de pie, su imponente figura dominando el despacho. "Camila adora a Sofía. Su despido la ha destrozado. Y ahora me doy cuenta de que la historia que me vendiste sobre un 'problema de rendimiento' era una farsa. Sofía era intachable".
Ramiro abrió la boca para protestar, pero Don Ricardo lo interrumpió con un gesto autoritario.
"Dime la verdad, Ramiro. Ahora mismo. ¿Quién te ordenó que hicieras llorar a Sofía? ¿Por qué la querían fuera?"
La tensión en el despacho era palpable. Ramiro estaba atrapado. Su mirada se volvió sombría, como si estuviera sopesando las consecuencias de sus palabras. Finalmente, con un suspiro de derrota, miró a Don Ricardo a los ojos.
"No fui yo solo, señor", confesó, su voz apenas audible. "Fue una orden. De arriba".
"¿De arriba? ¿De quién, Ramiro?", exigió Don Ricardo, su paciencia llegando a su límite. La traición era un veneno que ahora sentía recorrer sus venas. No solo habían dañado a Sofía, sino que habían manipulado a su propia hija y a él mismo.
"De la señora, señor. Su esposa. La señora Isabel".
La revelación cayó como un rayo en la noche. Don Ricardo se tambaleó, apoyándose en el escritorio. Su esposa. Isabel. La madre de Camila. ¿Por qué? ¿Por qué haría algo así? El puzle comenzaba a armarse, pero las piezas eran más oscuras y dolorosas de lo que jamás hubiera imaginado. La imagen de su familia, de su vida perfecta, se resquebrajaba ante sus ojos.
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