El Secreto Que Mordió Mi Alma: La Verdad Detrás de las Puertas de Oro

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con María y el misterioso Patricio. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas.

La Sombra en la Mansión Altamirano

El aire en la mansión Altamirano siempre se sentía diferente. No era solo el aroma a cera pulida y flores exóticas. Había una pesadez, un silencio que no era paz, sino contención.

María, con sus veinticinco años y el brillo de la esperanza en los ojos, había llegado hacía apenas una semana. El sueldo era una promesa de un futuro mejor para ella y su familia en el pueblo.

La mansión, un laberinto de mármol y terciopelo, era imponente. Pero bajo esa fachada de opulencia, susurros se deslizaban por los pasillos como sombras.

"El joven Patricio", decían las cocineras con voz queda. "Está recluido".

"Es delicado", añadía la jefa de servicio, con una mirada que implicaba mucho más que fragilidad.

María había visto a Patricio solo una vez, de lejos, en un pasillo oscuro. Sus ojos, profundos y extraños, la habían mirado por un instante fugaz antes de que él se retirara rápidamente. Había algo en esa mirada, una chispa que no era locura, pero tampoco cordura.

Esa tarde, la jefa de servicio, una mujer de rostro severo llamada Elena, le entregó una bandeja de plata.

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"Llévale la cena al señor Patricio", instruyó Elena, sus ojos esquivando los de María. "Solo déjala en la puerta de su habitación. No intentes hablar con él. Y bajo ninguna circunstancia, entres".

La advertencia de Elena resonó en los oídos de María mientras subía la gran escalera. Cada escalón crujía bajo sus pies, amplificando el silencio sepulcral de la casa. El pasillo del segundo piso era una galería de retratos antiguos, cuyas miradas la seguían.

La puerta de Patricio era la última del pasillo, de madera oscura y maciza, casi como la entrada a una celda. María respiró hondo, intentando calmar el latido acelerado de su corazón.

Tocó suavemente la puerta.

"Señor Patricio, le traigo la cena", dijo, su voz apenas un murmullo.

No hubo respuesta. Solo el silencio, denso y opresivo.

Tocó de nuevo, un poco más fuerte. "Señor Patricio, ¿está ahí?"

Nada. Ni un sonido, ni un movimiento.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Elena había sido muy clara: no entrar. Pero la idea de dejar la cena y marcharse, sabiendo que quizás Patricio estaba dormido, o peor, inconsciente, la inquietaba. Su instinto la empujaba a asegurarse.

Con una decisión que lamentaría, María giró la manija. Estaba abierta.

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Empujó la puerta despacio. El chirrido rompió el silencio.

La habitación estaba sumida en una penumbra inquietante. Las cortinas gruesas bloqueaban casi toda la luz. Un olor denso, a encierro y a algo más, algo metálico y pesado, flotaba en el aire.

Sus ojos tardaron en acostumbrarse. Distinguió una figura sentada en un rincón, de espaldas a la puerta, inmóvil. Era Patricio.

"Señor Patricio, le traigo la cena", repitió María, su propia voz temblaba un poco, resonando extraña en el ambiente cargado.

Él no se movió. Ni un músculo. Era como una estatua viviente.

María dejó la bandeja con cuidado sobre una pequeña mesa auxiliar, el tintineo de los cubiertos pareció un estruendo en la quietud. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Se dio la vuelta para irse, sintiendo una urgencia irracional por salir de allí.

Fue entonces cuando sucedió.

Patricio se levantó de golpe. No hizo ruido al moverse, pero su aparición repentina en el campo de visión de María la sobresaltó.

Sus ojos. Estaban hundidos, rojos, y la miraron fijamente, sin parpadear. Había una intensidad en ellos que no había visto antes, una mezcla de vacío y algo salvaje.

No dijo una palabra. Solo extendió una mano temblorosa hacia ella, sus dedos largos y pálidos.

María sintió un escalofrío helado que le recorrió la espalda. Intentó retroceder, pero sus pies parecían pegados al suelo.

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Antes de que pudiera reaccionar, Patricio la agarró del antebrazo con una fuerza desmedida. Era un agarre de hierro, imposible de soltar.

Sus ojos, muy cerca de los suyos, brillaban con una luz extraña. Y luego, con un gruñido gutural que le heló la sangre hasta la médula, Patricio hundió sus dientes en la carne de su antebrazo.

El dolor fue insoportable, agudo y punzante, pero lo que más la paralizó fue la expresión en el rostro de Patricio: una mezcla de furia descontrolada, desesperación profunda y algo completamente vacío, como si no hubiera alma detrás de esos ojos.

María gritó, un grito ahogado por el shock y el terror.

En ese mismo instante, la puerta se abrió de golpe. La señora Altamirano, la matriarca de la casa, apareció en el umbral. Su rostro estaba pálido como la cera, sus ojos, normalmente fríos y calculadores, estaban desorbitados por el horror.

Acababa de ver el ataque.

Lo que hizo la señora Altamirano después, en ese momento de caos y sangre, cambiaría la vida de María para siempre. Y el secreto de la mansión, se haría aún más oscuro.

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