El Secreto Que Mordió Mi Alma: La Verdad Detrás de las Puertas de Oro

El Pacto de Silencio y la Jaula de Oro

El grito de María se extinguió en un gemido ahogado. La señora Altamirano no gritó ni se desmayó. En cambio, su mirada se endureció con una velocidad aterradora, transformando el horror inicial en una determinación fría y calculadora.

"¡Suéltalo, Patricio!", ordenó la señora Altamirano con una voz que, aunque baja, vibraba con una autoridad inquebrantable.

Patricio, como un perro asustado y regañado, soltó el brazo de María de golpe. Su mirada se volvió confusa, sus ojos revoloteando, como si acabara de despertar de un trance. Se encogió en el rincón, la cabeza entre las rodillas, balbuceando algo ininteligible.

María cayó de rodillas, el dolor pulsando en su antebrazo. La sangre brotaba, tiñendo su uniforme blanco de un rojo oscuro y alarmante. Las lágrimas brotaron de sus ojos, una mezcla de dolor físico y terror puro.

La señora Altamirano se acercó a María, sus tacones resonando con un eco seco en la penumbra. No había calidez en su expresión, solo urgencia y una frialdad escalofriante.

"Levántate", dijo, sin ofrecerle una mano. "Tenemos que limpiar esto. Nadie debe saberlo".

María intentó levantarse, pero las piernas le fallaban. El miedo la paralizaba. ¿Limpiar qué? ¿El desastre o la verdad?

"Mi brazo...", balbuceó María, señalando la herida.

La señora Altamirano apenas le dedicó una mirada. "Es solo una mordedura. Nada grave. Se curará". Su desdén era palpable.

Pero no era "solo una mordedura". Los dientes de Patricio habían desgarrado la piel profundamente.

"Vamos. Al baño de servicio. Ahora", ordenó la señora Altamirano, su voz sin espacio para la réplica.

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Arrastrándose, María la siguió. La señora Altamirano la llevó a un pequeño baño en la planta baja, lejos de las zonas principales. Cerró la puerta con llave.

"Quítate el uniforme", dijo, entregándole una toalla limpia.

Con manos temblorosas, María obedeció. La señora Altamirano observó la herida con una expresión de disgusto más que de preocupación.

"Esto es un accidente", sentenció, como si su declaración pudiera reescribir la realidad. "Patricio no está bien. Lo sabes. Por eso te advertí que no entraras".

El reproche, a pesar de la situación, le dolió a María. ¿Estaba ella, la víctima, siendo culpada?

"Pero él me mordió...", dijo María, la voz débil.

"Patricio tiene una condición muy particular", interrumpió la señora Altamirano, su voz ahora más suave, casi conciliadora, pero con un matiz de amenaza. "Nervios. Ansiedad. A veces se asusta y reacciona de forma... inesperada".

"¿Inesperada? ¡Me atacó!", exclamó María, el dolor y la indignación superando su miedo por un instante.

La señora Altamirano la miró fijamente. "María, escúchame bien. Nadie, absolutamente nadie, debe saber de esto. Ni una palabra. ¿Entendido?"

El silencio se estiró, tenso. María sintió un nudo en el estómago. Sabía que estaba atrapada.

"Si esto sale a la luz", continuó la señora Altamirano, su voz volviéndose glacial, "la reputación de mi familia será destrozada. Y tú... tú perderás tu trabajo. Y créeme, me aseguraré de que nadie más te contrate en esta ciudad. Tu familia en el pueblo... ¿cómo se mantendrán sin ti?"

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Era una amenaza velada, pero clara. María sintió un escalofrío. Su familia dependía de ella.

"¿Qué quiere que haga?", preguntó María, las lágrimas resbalando por sus mejillas.

"Vas a quedarte aquí. Te curarás. Te daré un aumento significativo en tu sueldo. Y nadie sabrá de esto. Ni Elena, ni las cocineras, nadie. Dirás que te caíste y te raspaste el brazo si alguien pregunta. ¿Puedes hacerlo?"

María miró su brazo herido, luego los ojos fríos de la señora Altamirano. El miedo y la necesidad económica se enfrentaban a su sentido de la justicia. Pero, ¿qué justicia podía esperar contra una familia tan poderosa?

"Sí", susurró María, la palabra apenas audible.

"Bien", dijo la señora Altamirano, un atisbo de satisfacción cruzando su rostro. "Ahora, vamos a curar esa herida".

La señora Altamirano limpió la herida de María con alcohol y yodo, sus movimientos bruscos y carentes de ternura. Después, aplicó una pomada y cubrió la mordedura con un vendaje grueso.

"Nadie tocará este vendaje más que yo", sentenció. "Y te quedarás en tu habitación de servicio hasta que la herida mejore. Diré que te sientes mal, un resfriado. ¿Alguna objeción?"

María negó con la cabeza. Se sentía como un animal herido, escondido.

Los días siguientes fueron una tortura silenciosa. María estaba confinada a su pequeña habitación de servicio, la herida en su brazo pulsando con un dolor constante que se mezclaba con el tormento de su conciencia.

La señora Altamirano la visitaba una vez al día para cambiarle el vendaje, siempre con la misma frialdad distante. Le llevaba comida y bebidas, pero nunca una palabra amable, solo recordatorios velados de su "pacto".

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"¿Cómo está Patricio?", se atrevió a preguntar María un día, la curiosidad superando el miedo.

La señora Altamirano la miró con una expresión indescifrable. "Está mejor. Más tranquilo. No te preocupes por él".

Pero María sí se preocupaba. Por Patricio, por ella misma, por la verdad que se estaba pudriendo bajo el brillo de la mansión.

Una noche, incapaz de dormir, María se levantó y se acercó a la ventana de su habitación. La luna llena iluminaba los vastos jardines. De repente, vio una luz en el segundo piso, en la habitación de Patricio.

Una silueta, la de la señora Altamirano, se movía dentro. No estaba sola. Había otra figura, más pequeña, que la señora Altamirano sostenía con fuerza. Era Patricio, pero no parecía el hombre que la había mordido. Parecía un niño asustado, forcejeando.

Entonces, la señora Altamirano le inyectó algo. Patricio se desplomó en la cama, inmóvil.

María se quedó petrificada. ¿Qué le estaban haciendo a Patricio? ¿Era una enfermedad lo que lo afligía, o era una prisión, una condena impuesta por su propia familia?

La mansión, antes un símbolo de oportunidad, se había convertido en una jaula de oro. Y María, con su brazo mordido y su alma atormentada, se sentía más atrapada que nunca. Sabía que no podía seguir así. Tenía que descubrir la verdad. Tenía que encontrar una salida.

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