El Secreto Que Rescató Su Último Aliento: La Cabaña Olvidada

La Verdad Tras los Ojos Asustados
Elías tardó unos segundos en encontrar su voz. La impresión era demasiado grande. La imagen de la mujer y el niño, tan vulnerables, tan aterrorizados, se grabó en su retina.
"¿Matarlos?", repitió, su voz ronca por la falta de uso. Se escuchaba extraña, ajena a él. "¿Por qué iba a hacer eso?"
La mujer lo observó con desconfianza, pero el terror en sus ojos disminuyó un ápice. El niño, sin embargo, seguía aferrado a ella, con la mirada fija en Elías.
"Creímos que era él", susurró la mujer, su voz aún temblorosa. "Creímos que nos había encontrado."
"¿Quién?", preguntó Elías, dando un paso cauteloso hacia la habitación. El aire era gélido y olía a humedad y a miedo.
"Mi... mi esposo", dijo ella, y un escalofrío recorrió su cuerpo. "Él... nos golpea. Nos busca. Tuvimos que huir."
Se llamaba Sofía. El niño se llamaba Leo. Habían estado escondiéndose durante días, huyendo de un hombre violento que juró encontrarlos y hacerles pagar.
Habían encontrado la cabaña por casualidad. La vieron abandonada, con la puerta entreabierta, y se arriesgaron a entrar buscando refugio de la lluvia y el frío extremo de la montaña.
Pensaron que nadie vivía allí. Que era un lugar seguro, al menos por unas horas.
Elías sintió una extraña punzada en el pecho. Él, que había buscado la soledad para morir, se encontraba ahora con dos vidas que huían de la muerte.
"No voy a hacerles daño", dijo Elías, su voz sonando más firme de lo que se sentía. "Pueden estar tranquilos."
Sofía lo miró fijamente, tratando de descifrar la verdad en sus ojos. Parecía una liebre acorralada, lista para huir al menor movimiento brusco.
"Tenemos hambre", dijo Leo de repente, su pequeña voz rompiendo el tenso silencio. Elías sintió un nudo en la garganta. El niño no había llorado, pero su mirada revelaba un hambre atroz.
Un Plato de Sopa y una Decisión Impensable
Elías se dio cuenta de que no había comido en días. No le importaba. Pero ellos sí.
"Tengo algo", dijo, y se giró para ir a la pequeña cocina improvisada.
Regresó con un par de latas de sopa de verduras y un trozo de pan duro que había guardado. Era lo único que tenía. Lo puso sobre el suelo de tierra, cerca de ellos.
Sofía lo miró, luego miró la comida. La desconfianza seguía allí, pero el hambre era más fuerte.
Con manos temblorosas, abrió una lata con la navaja de Elías y empezó a darle cucharadas a Leo. El niño devoraba la sopa como si fuera el manjar más exquisito.
Mientras los observaba, Elías sintió una grieta en la armadura de su desesperación. Una pequeña, casi imperceptible fisura.
Había planeado su final. Cada detalle, cada momento. Y ahora, dos extraños habían invadido su santuario de muerte.
¿Podía simplemente ignorarlos? ¿Dejarlos a su suerte una vez que la tormenta pasara?
La imagen de Leo, con los ojos hundidos y la boca manchada de sopa, le taladró el alma. Le recordó a su propia hija. Un fantasma, una punzada de dolor que era diferente a la habitual.
No era el dolor de la pérdida, sino el dolor de la posible indiferencia.
"Pueden quedarse por esta noche", dijo Elías, sorprendiéndose a sí mismo con las palabras. "Pero mañana... mañana tendrán que irse."
Sofía levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de Elías. Había un atisbo de alivio, mezclado con la misma desesperación.
"Gracias", susurró. Una sola palabra, cargada de un peso inmenso.
Elías se retiró a su propio rincón. No podía dormir. El sonido de la lluvia, el viento y ahora, el suave murmullo de Sofía consolando a Leo, llenaban la cabaña.
Su plan se había desmoronado. Ya no estaba solo. Y la presencia de estas dos almas asustadas lo obligaba a enfrentar algo que creía haber enterrado: la necesidad de actuar, de existir, aunque fuera por un breve momento.
La Amenaza que Merodeaba
A la mañana siguiente, la tormenta había amainado. El sol se abría paso entre las nubes, iluminando la cabaña con una luz tenue.
Elías se levantó antes que ellos. Preparó un poco de café, el último que le quedaba.
Cuando Sofía y Leo se despertaron, la tensión de la noche anterior había disminuido ligeramente. Leo incluso le ofreció una pequeña sonrisa tímida a Elías.
"Tenemos que irnos", dijo Sofía, su voz llena de resignación. "No queremos causarle problemas."
Elías asintió. Era lo que había dicho. Era lo que quería. O eso creía.
Pero mientras Sofía intentaba atarse los cordones rotos de sus zapatos, Elías notó algo. Un coche.
A lo lejos, por el camino de tierra que llevaba a la cabaña, se veía una nube de polvo. Un vehículo se acercaba lentamente.
Elías no recibía visitas. Nadie sabía dónde estaba.
Su corazón se encogió. El terror en los ojos de Sofía la noche anterior regresó a su mente.
"¡Escóndanse!", gritó Elías, su voz urgente. "¡Ahora! ¡Detrás de la cabaña, en el cobertizo de herramientas!"
Sofía no dudó. Agarró a Leo y corrió hacia la parte trasera, desapareciendo de la vista justo cuando el sonido del motor se hizo más fuerte.
Elías se quedó solo, el café aún caliente en su mano. Una camioneta pick-up vieja y oxidada se detuvo bruscamente frente a la cabaña.
La puerta se abrió y un hombre enorme, con el rostro curtido y una mirada dura como el acero, bajó del vehículo. Sus ojos, llenos de furia contenida, barrieron el porche.
"¿Qué tal, amigo?", dijo el hombre, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "No esperaba encontrar a nadie aquí. ¿Has visto a una mujer y un niño por aquí? Mi esposa y mi hijo. Se perdieron."
Elías sintió un frío glacial. La voz del hombre era como el filo de una navaja. Sabía que no se habían "perdido".
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