El Secreto Silencioso de Mi Mansión: Lo Que Mi Hijo Me Reveló Cambió Todo

La Confrontación Silenciosa

"¿Carmen? ¿Qué... qué están haciendo?" Mi voz sonó más fuerte de lo que pretendía, rompiendo el tenso silencio del salón.

Carmen se puso de pie de un salto, tropezando ligeramente con la alfombra. El medallón que intentó ocultar se le escapó de la mano, cayendo con un suave tintineo en el mármol. Rodó unos centímetros, revelando sus extraños grabados.

"Señor... ¡Señor! No lo esperaba tan pronto", balbuceó, sus ojos evitaban los míos, fijos en el suelo. Su rostro era un mapa de culpa y terror.

Me acerqué, mis pasos resonando con una furia contenida. Me arrodillé junto a Mateo, ignorando a Carmen por un instante. Mi hijo me miraba, sus labios temblaban ligeramente, como si quisiera decir algo, pero las palabras no encontraban salida.

"Mateo, ¿estás bien, mi amor?" Le acaricié el cabello, mi corazón apretado. Él solo asintió, sus ojos grandes y expresivos fijos en el medallón que había caído.

Recogí el objeto. Era más pesado de lo que parecía, frío al tacto. Los símbolos eran indescifrables para mí, pero emanaban una extraña energía. No era una joya familiar, ni algo que yo le hubiera comprado.

"Carmen, ¿qué es esto?" Le mostré el medallón, mi voz apenas un susurro cargado de amenaza. "Y, ¿qué hacías con mi hijo en el suelo, susurrándole así?"

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Ella retrocedió un paso, sus manos entrelazadas nerviosamente. "Señor, yo... yo solo estaba... rezando con él. Mateo a veces se siente solo y yo le rezo para que se sienta mejor. Es un amuleto de protección. De mi tierra."

Su explicación sonaba hueca, forzada. La conocía desde hacía años. Carmen era religiosa, sí, pero nunca la había visto con esa intensidad, con esa mirada de pánico. Y Mateo, aunque sentía, no era de los que "se sentían solos" en el sentido de necesitar un ritual.

"¿Rezar? ¿Con un amuleto que nunca he visto? ¿Y por qué en el suelo? ¿Y por qué Mateo no estaba en su silla?" Mis preguntas se dispararon, cada una como un dardo.

"Es... es mejor para la conexión, señor. Es una tradición antigua. El suelo, la tierra, la energía..." Su voz se apagaba, buscando excusas desesperadamente.

Miré a Mateo. Él seguía mirando el medallón en mi mano, luego a Carmen. Había algo en su expresión, una tristeza profunda, una confusión que me partió el alma. Él no entendía, pero sentía que algo estaba mal.

"Carmen, ¿cuántas veces has hecho esto?" Exigí.

Ella dudó. "Solo algunas veces, señor. Cuando usted no está. Para que Mateo se sienta fuerte."

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"¡No mientas!" La rabia estalló en mí. No era la primera vez. Su mirada lo delataba. "Esos símbolos... esto no es una oración común. ¿Qué le estás haciendo a mi hijo?"

El pánico se apoderó de sus ojos. "¡Nada malo, señor, lo juro! Solo busco el bien para Mateo. Él es especial, señor. Él tiene un don."

"¿Un don? ¿De qué estás hablando?" Mi mente daba vueltas. ¿Estaba loca? ¿O era algo peor?

Ella bajó la mirada, incapaz de sostenerme la mirada. "Él... él puede escuchar cosas. Ver cosas. Es un canal, señor. Y este amuleto le ayuda a protegerse de las malas energías y a comunicarse con los espíritus. Yo solo soy un puente."

Mi mandíbula se apretó. ¿Espíritus? ¿Canales? Mi hijo, que luchaba por hilar una frase, ¿era ahora un médium? Esto no era solo una traición, era una manipulación cruel, aprovechándose de su vulnerabilidad.

"¿Quién más sabe de esto, Carmen? ¿Hay otras personas involucradas?" La pregunta resonó en el salón.

Ella se encogió, temblorosa. "No... no, señor. Solo yo. Y algunas personas que... que buscan ayuda. Que creen en el don de Mateo."

"¿Personas que buscan ayuda? ¿Qué clase de ayuda?" La pieza final del rompecabezas comenzaba a encajar, y era mucho más siniestra de lo que había imaginado. No era solo un ritual para Mateo. Era un engaño.

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Me levanté, el medallón apretado en mi puño. "Carmen, estás despedida. Ahora mismo. Recoge tus cosas y vete. Y no intentes acercarte a mi hijo nunca más."

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no eran lágrimas de arrepentimiento, sino de miedo por ser descubierta. "Señor, por favor... Necesito el trabajo. Y Mateo me necesita."

"¡Mateo no te necesita! ¡Mateo necesita protección de gente como tú!" Grité, mi voz resonando con una fuerza que asustó a mi hijo, quien se encogió un poco. Me arrepentí al instante de haberle asustado.

Carmen, al ver que no cedería, se dio la vuelta y salió corriendo del salón, sus sollozos desordenados rompiendo la quietud de la casa. Pero yo sabía que la historia no terminaba ahí. La forma en que mencionó a "otras personas" y "ayuda" me carcomía.

Había algo más. Un entramado más grande, y Mateo, mi dulce, inocente Mateo, había sido el centro de todo. Tenía que descubrir la verdad completa, no solo por él, sino por todos los que pudieran haber caído en las redes de Carmen.

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