El Susurro del Lobo: La Venganza de la Naturaleza Contra la Codicia Humana

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Don Ricardo. Aquel anciano, abandonado a su suerte por quienes más amaba. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante, y el giro de su destino, increíble.
El Viaje Sin Retorno
El sol de la tarde se filtraba entre los árboles, pintando el viejo camino de tierra con motas doradas. Don Ricardo, con sus ochenta años a cuestas y una tos persistente, miraba por la ventanilla del coche.
Creía que iba de paseo. Sus hijos, Miguel y Sofía, le habían prometido un día de campo, un lugar hermoso, lejos del ruido de la ciudad.
"Verás qué vista, papá. Te va a encantar", había dicho Miguel, con una sonrisa que ahora, en retrospectiva, Don Ricardo recordaría como una máscara.
Sofía, sentada a su lado en el asiento trasero, le había tomado la mano. Su tacto era frío, distante. "Sí, padre. Un poco de aire puro te sentará de maravilla".
Don Ricardo, ingenuo en su amor, no notó la tensión en sus voces, ni la forma en que se miraban por el espejo retrovisor. Su mente, ya frágil por la edad y la enfermedad, solo anhelaba la compañía de sus hijos.
Había sido un hombre trabajador, un pilar para su familia. Toda su vida había ahorrado, construido, soñado con dejarles un futuro. Su pequeña fortuna, la casa, el terreno, eran para ellos.
Pero la codicia es un veneno que corroe el alma.
El coche se internó cada vez más en el bosque. El camino se volvió un sendero apenas transitable, las ramas arañaban la pintura. Don Ricardo empezó a sentirse incómodo.
"¿Estamos lejos, hijos? Este lugar... no lo recuerdo", preguntó, con la voz temblorosa.
Miguel frenó bruscamente. El silencio que siguió fue denso, pesado. Solo se escuchaba el motor al ralentí y el canto lejano de un ave.
Sofía se giró hacia él, y en sus ojos, Don Ricardo vio algo que nunca había visto antes: una frialdad gélida, una ausencia total de afecto.
"Aquí es, viejo", dijo Miguel, apagando el motor. El bosque se tragó el sonido, dejando un silencio aterrador.
La Fría Despedida
Don Ricardo intentó bajar, pero sus piernas no respondían bien. Miguel abrió la puerta, no para ayudarlo, sino para sacarlo. Lo tomó del brazo con una fuerza innecesaria, casi brusca.
"¿Qué hacen, hijos? ¿Por qué me bajan aquí?", preguntó Don Ricardo, su voz ahora llena de un miedo creciente.
Lo arrastraron unos pocos metros, lejos del coche. La tierra estaba húmeda, cubierta de hojas secas y ramas rotas. Tropezó, cayendo de rodillas.
"Aquí te quedas, viejo", espetó Miguel, su rostro desprovisto de cualquier emoción. "La herencia es nuestra. Siempre lo fue".
Sofía se acercó, susurrando con una crueldad que le heló la sangre: "Estás enfermo, padre. Una carga. Ya no nos sirves. Aquí, la naturaleza hará el resto".
Don Ricardo no podía creer lo que oía. Sus propios hijos. Los que había criado, amado, por quienes se había sacrificado todo. Lo estaban abandonando.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, calientes y amargas. Intentó levantarse, pero sus fuerzas lo traicionaron. "Por favor... no me hagan esto", suplicó, extendiendo una mano temblorosa.
Miguel soltó una risa hueca. "Adiós, padre. Que te sea leve".
Dieron media vuelta y regresaron al coche. Don Ricardo los vio subir, los faros encenderse, y el vehículo girar lentamente, dejando atrás una estela de polvo y desesperación.
El sonido del motor se fue desvaneciendo, hasta que el silencio del bosque lo envolvió por completo.
Estaba solo. Tirado en el suelo frío, bajo un cielo que empezaba a oscurecerse. El aire se volvió helado. La tos regresó, más fuerte, más dolorosa.
Sintió el frío calarle hasta los huesos. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, mezclándose con el polvo y el lodo. Estaba solo, esperando lo peor.
Escuchó ruidos entre los árboles. El crujir de ramas, el susurro del viento. Su corazón latía a mil, un tambor desbocado en su pecho.
¿Sería el final? ¿Sería devorado por los animales salvajes? Pensó en su esposa, ya fallecida, en los buenos tiempos. En la ironía de su muerte, a manos de la codicia de su propia sangre.
De repente, una sombra enorme se cernió sobre él. Sus ojos amarillos brillaban en la oscuridad incipiente, como dos brasas ardientes. Era un lobo. Grande, imponente, con el pelaje oscuro y erizado.
Don Ricardo cerró los ojos, resignado. Su cuerpo temblaba incontrolablemente. Se preparó para el ataque final, el fin de su miserable existencia.
Sintió un aliento caliente en su rostro. Un gruñido profundo, casi imperceptible.
Pero el ataque nunca llegó.
En lugar de garras y colmillos, sintió un roce suave. Una especie de empujón.
Abrió los ojos con dificultad. El lobo estaba allí, mirándolo fijamente. No había agresión en su mirada, solo una extraña curiosidad.
Y entonces, el lobo hizo algo que lo dejó completamente aturdido.
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