El Susurro del Lobo: La Venganza de la Naturaleza Contra la Codicia Humana

El Pacto Silencioso
El lobo, con un movimiento lento y calculado, no se lanzó a morder. En cambio, extendió su hocico y, con la punta de su nariz, empujó suavemente el hombro de Don Ricardo.
Era un empujón gentil, casi una invitación.
Don Ricardo, paralizado por el asombro más que por el miedo, se quedó inmóvil. El lobo retrocedió un paso, sus ojos fijos en los del anciano. Un brillo de inteligencia, de algo más profundo que el mero instinto animal, parecía residir en ellos.
El anciano, respirando con dificultad, sintió que su mente se dividía entre la incredulidad y una chispa de esperanza. ¿Era posible? ¿Un lobo no lo atacaba?
La criatura emitió un leve aullido, casi un gemido. Luego, se giró y caminó unos pasos, deteniéndose para mirar hacia atrás, como si esperara que Don Ricardo lo siguiera.
"¿Qué... qué quieres de mí?", susurró Don Ricardo, su voz apenas audible.
El lobo volvió a emitir un sonido, esta vez más fuerte, y agitó la cola. No era un gesto de sumisión, sino de impaciencia.
Don Ricardo, sintiendo que no tenía nada que perder, hizo un esfuerzo sobrehumano. Con sus manos temblorosas, se apoyó en el suelo y se arrastró, intentando ponerse de pie. El dolor en sus articulaciones era insoportable, pero la visión del lobo lo impulsaba.
Se tambaleó, casi cae, pero el lobo se acercó de nuevo. Esta vez, se colocó a su lado, tan cerca que Don Ricardo podía sentir el calor de su cuerpo. Era un calor reconfortante en la noche helada que se cernía sobre ellos.
El lobo, con su cabeza a la altura de la cintura del anciano, pareció ofrecerse como apoyo. Don Ricardo, con un nudo en la garganta, colocó una mano temblorosa sobre el lomo del animal. Su pelaje era áspero pero sorprendentemente cálido.
Paso a paso, apoyándose en el lobo, Don Ricardo comenzó a caminar.
No sabía a dónde iba, pero la dirección era hacia el interior del bosque, lejos del camino por el que sus hijos lo habían traído.
La Noche en la Guarida
Caminaron durante lo que parecieron horas. El lobo, al que Don Ricardo empezó a llamar "Lobo", era un guía paciente. Se detenía cuando el anciano flaqueaba, lo esperaba, y luego seguía adelante.
El frío se intensificaba. Don Ricardo sentía que sus fuerzas lo abandonaban. La tos lo sacudía sin piedad.
Finalmente, Lobo se detuvo frente a una pequeña cueva, oculta entre rocas y maleza densa. Con un gruñido bajo, invitó a Don Ricardo a entrar.
El interior de la cueva era sorprendentemente seco y resguardado. Un lecho de hojas secas y hierba formaba una especie de nido.
Don Ricardo se desplomó sobre él, agotado. Lobo se acostó a su lado, enroscándose, y el calor de su cuerpo se convirtió en un bálsamo para el anciano.
La noche fue larga y extraña. Don Ricardo durmió a ráfagas, despertando al menor ruido. Pero cada vez que abría los ojos, veía a Lobo, vigilante, con sus ojos amarillos brillando en la oscuridad.
Al amanecer, Lobo se levantó. Don Ricardo lo observó. El lobo salió de la cueva y regresó al poco tiempo, trayendo en su boca un pequeño conejo. Lo dejó a los pies de Don Ricardo.
El anciano, que no había comido en casi veinticuatro horas, sintió el estómago rugir. Pero ¿cómo comer carne cruda?
Lobo pareció entender su dilema. Con un movimiento rápido, rasgó parte del conejo, ofreciéndole la carne más tierna.
Don Ricardo, con lágrimas en los ojos, aceptó. Era cruda, sí, pero era alimento. Era la primera vez que un ser vivo le ofrecía algo con genuina bondad desde que sus hijos lo habían abandonado.
Los días se convirtieron en una rutina de supervivencia. Lobo cazaba, y Don Ricardo, con sus pocas fuerzas, intentaba hacer una pequeña fogata con las ramas secas que Lobo le señalaba, aunque a menudo fracasaba.
La conexión entre ellos se hizo profunda. Lobo no era una mascota, era un compañero, un protector. Don Ricardo le hablaba, contándole su vida, sus penas, su decepción. El lobo lo escuchaba, con esa mirada inteligente y profunda.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, Miguel y Sofía brindaban con champán. Creían que su "problema" había sido resuelto.
"El viejo ya debe ser parte del ecosistema", había dicho Miguel, con una sonrisa cruel.
Sofía, un poco más nerviosa, intentaba convencerse: "Era lo mejor para todos. Una carga menos. Y la herencia, por fin, nuestra".
Pero el karma, como la naturaleza, tiene sus propios tiempos.
Una mañana, mientras Lobo y Don Ricardo buscaban agua, escucharon un ruido distante. No era el sonido del bosque. Era el rugido de un motor.
El corazón de Don Ricardo dio un vuelco. ¿Sus hijos? ¿Habían vuelto?
Lobo se puso en alerta, sus orejas erguidas, su cuerpo tenso. Miró a Don Ricardo, luego hacia la dirección del sonido.
No era el motor del coche de sus hijos. Era un sonido más grande, más pesado.
De repente, una figura apareció entre los árboles. Un hombre robusto, con barba, vestido con ropa de camuflaje. Llevaba un rifle al hombro. Era un cazador furtivo.
El cazador vio a Don Ricardo. Su sorpresa fue palpable. "¿Qué demonios... un anciano aquí, solo?"
Pero antes de que pudiera reaccionar, sus ojos se posaron en Lobo. Los ojos del cazador brillaron con una codicia diferente, una que Don Ricardo conocía bien.
"¡Un lobo! ¡Y qué ejemplar! Piel valiosa...", murmuró el cazador, levantando el rifle.
Lobo gruñó, interponiéndose entre Don Ricardo y el hombre. La tensión era máxima.
Don Ricardo, sintiendo un coraje que no sabía que tenía, se puso de pie, tambaleándose.
"¡No! ¡No lo hagas!", gritó, con una fuerza que sorprendió incluso al cazador.
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