El Susurro del Viento: Lo que un Padre Halló al Borde del Abismo

La Promesa Rota y el Secreto del Roble

Marco retiró la pluma un instante. La imagen de su abuelo se hizo más nítida, las palabras de Mateo, "la codicia es un veneno", retumbaban en sus oídos.

"¿Hay algún problema, Marco?" preguntó Don Ramiro, su tono ahora impaciente, su sonrisa desapareciendo.

Marco miró los billetes, luego el contrato. Su corazón latía con fuerza, un tamborileo sordo en sus sienes.

Sofía. El hospital. La vida.

"No," dijo, con un suspiro pesado. "No hay problema."

Y firmó. La tinta se extendió sobre el papel, sellando su destino.

Don Ramiro le entregó la mitad del dinero en efectivo. Una cantidad considerable, pero Marco sabía que era una miseria comparada con el valor real de su tierra.

Salió de la casa de Don Ramiro con el fajo de billetes en el bolsillo, pero con el alma vacía. Sentía un frío helado que no provenía del aire.

Era la culpa. La traición a su propia historia.

De regreso a casa, el camino parecía más largo, más solitario. La piedra verde en su bolsillo parecía pesar más.

"Cuando la desesperación apriete... busca el lugar donde el viento susurra más fuerte." Las palabras de Mateo volvían a él.

Llegó a la cabaña. Elena lo esperaba con una mirada de esperanza y angustia.

"¿Y bien?" preguntó, su voz temblorosa.

Marco sacó los billetes. Los puso en las manos de Elena. "Es un adelanto. Don Ramiro nos dará el resto cuando se complete la venta."

Elena miró el dinero, sus ojos se llenaron de lágrimas. Lágrimas de alivio, de esperanza.

"Gracias a Dios, Marco. Gracias a Dios." Abrazó a su esposo con fuerza.

Pero Marco no podía sentir el alivio. Solo el peso de su decisión.

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Esa noche, Sofía tuvo otra crisis. La fiebre subió peligrosamente.

Elena y Marco la llevaron de inmediato al pequeño puesto de salud del pueblo, pero el enfermero solo pudo darles medicación para bajar la fiebre y les insistió en que debían ir a la ciudad.

"Necesita un médico de verdad, Marco. Urgente," dijo el enfermero con seriedad.

Marco y Elena pasaron la noche en vela, turnándose para mojarle la frente a Sofía.

Al amanecer, la fiebre bajó un poco, pero la urgencia era palpable.

Marco tomó la decisión final. Debían partir a la ciudad ese mismo día.

Pero antes de irse, una extraña compulsión lo llevó hacia el viejo roble, el mismo que su abuelo tanto amaba.

El viento soplaba suavemente entre sus hojas, creando un murmullo peculiar.

Se sentó bajo su sombra, la piedra verde en la palma de su mano. La giró, observando los símbolos.

¿Qué quería decir Mateo? ¿Un secreto? ¿Un trato ancestral?

Recordó las historias de su abuelo. No de tesoros de oro, sino de algo más profundo.

"Esta tierra nos dio todo, hijo," decía su abuelo. "Y nosotros le devolvemos el respeto. Ella nos susurra sus secretos a quienes saben escuchar."

Marco cerró los ojos, intentando escuchar más allá del viento.

Sintió la tierra bajo sus manos, la corteza rugosa del roble.

Un pensamiento fugaz: ¿Y si Don Ramiro no era quien decía ser? ¿Y si el "precio justo" era una trampa?

El Viaje y la Sospecha Creciente

El viaje a la ciudad fue largo y agotador. El autobús traqueteaba por caminos polvorientos, y Sofía, aunque un poco mejor, seguía débil.

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Elena la sostenía en brazos, susurrándole palabras de consuelo.

Marco miraba por la ventanilla, el paisaje desfilando. Su tierra, ahora vendida, se alejaba cada vez más.

En su mente, las palabras de Mateo cobraban un nuevo sentido. "La codicia es un veneno."

¿Qué sabía Don Ramiro que él no sabía? ¿Por qué estaba tan ansioso por esa tierra en particular?

La piedra verde, aún en su bolsillo, parecía vibrar con cada pensamiento.

Llegaron a la ciudad. Un torbellino de gente, ruido y edificios altos. Marco se sintió abrumado, un extraño en un mundo ajeno.

Encontraron el hospital. Un lugar enorme, con pasillos interminables y un olor penetrante a desinfectante.

Después de horas de espera y trámites, Sofía fue ingresada. Los médicos comenzaron los exámenes.

"Necesitamos más estudios," dijo un médico joven con gafas, su voz neutra. "Podría ser una enfermedad rara, Marco. El tratamiento es complejo y costoso."

El resto del dinero de Don Ramiro aún no estaba en sus manos.

Marco sintió el pánico. ¿Y si no era suficiente? ¿Y si Don Ramiro se echaba atrás?

Decidió ir a la oficina de Don Ramiro en la ciudad, para asegurarse de que todo estaba en orden con la transferencia de la tierra.

La oficina estaba en un edificio moderno, de cristal y acero. Marco se sintió aún más fuera de lugar.

La secretaria, una mujer joven y elegante, lo recibió con una sonrisa forzada.

"El señor Ramiro no está disponible. Volverá en unos días," dijo, sin mirarlo realmente.

"Pero yo tengo un acuerdo con él. Sobre una tierra. Necesito completar la transacción," insistió Marco.

"Lo siento, señor. Tendrá que esperar," respondió la secretaria, volviendo a su ordenador.

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Una alarma sonó en la cabeza de Marco. Algo no estaba bien.

La impaciencia de Don Ramiro por cerrar el trato, el bajo precio, su repentina "ausencia".

Recordó las historias de Don Ramiro, de cómo engañaba a la gente sencilla.

La piedra verde en su bolsillo se sentía caliente. Marco la sacó y la apretó.

"Busca el lugar donde el viento susurra más fuerte."

¿Qué significaba eso en la ciudad?

Caminó sin rumbo por las calles, la angustia carcomiéndole.

Entonces, vio un cartel. Un cartel antiguo, descolorido, en una callejuela apartada.

"Antigüedades y Curiosidades. El Rincón del Viento."

El nombre lo detuvo en seco. El Rincón del Viento.

¿Podría ser esto lo que Mateo le había dicho?

Dudó un momento, pero la desesperación por Sofía lo empujó a entrar.

La tienda era un caos organizado de objetos viejos, libros polvorientos y un olor a incienso y madera vieja.

Un hombre de aspecto bohemio, con una larga barba blanca, lo recibió con una sonrisa amable.

"Bienvenido, amigo. ¿Buscas algo en particular?"

Marco sacó la piedra. "Me dieron esto. Dicen que es de mis ancestros. ¿Sabe lo que es?"

El hombre de la tienda tomó la piedra, sus ojos se abrieron con sorpresa.

"¡Por todos los cielos! Esto... esto es increíble. ¿De dónde la ha sacado?"

Su tono era de reverencia, no de simple curiosidad.

"De mi tierra," dijo Marco. "En la sierra."

El hombre lo miró con una intensidad que lo hizo sentir incómodo.

"Esta piedra, amigo, es mucho más que un amuleto. Es una llave. Una llave a un secreto que muchos han buscado por generaciones."

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