El Susurro Desesperado que el Millonario Nunca Debió Escuchar

Las cláusulas del engaño
A la mañana siguiente, la oficina del Sr. Benavides no era el lugar de trabajo habitual. La tensión flotaba en el aire, densa como la niebla de un día de otoño. María llegó puntual, con el estómago revuelto y el corazón latiendo a mil por hora. Había pasado la noche en vela, repasando cada palabra de la extraña propuesta.
Ricardo Benavides ya la esperaba, sentado detrás de su imponente escritorio de caoba. Había dos copias de un documento legal sobre la mesa, junto a un bolígrafo. Su expresión era la de siempre: seria, profesional, inescrutable.
"Buenos días, María", dijo él, su voz carente de la calidez que se esperaría de un "prometido". "He redactado el acuerdo. Léelo con atención."
María tomó una de las copias, sus manos temblorosas. El encabezado decía: "Acuerdo de Compromiso Temporal y Prestación de Servicios". Sus ojos recorrieron las cláusulas, que estaban redactadas con la precisión legal que ella conocía de los contratos de la empresa.
El documento estipulaba que Ricardo Benavides actuaría como su "prometido" durante el fin de semana del 20 al 22 de octubre, asistiendo a la celebración del cumpleaños de su abuela y a cualquier evento social relacionado. Se comprometía a mantener la farsa con la máxima convicción y profesionalismo.
A cambio, María se comprometía a pagar sus "servicios" con 200 horas de trabajo adicional, a ser distribuidas a lo largo de los próximos seis meses, en proyectos designados por el Sr. Benavides fuera de su horario laboral habitual. También había una cláusula de confidencialidad estricta, prohibiendo revelar la verdadera naturaleza de su relación.
"¿200 horas?", María levantó la vista, sorprendida. Era una cantidad considerable.
"Es el equivalente a lo que un consultor de mi nivel cobraría por un fin de semana completo de 'asesoramiento personal', más el tiempo de preparación", explicó él, su tono impasible. "Y el precio de la discreción. Es un acuerdo justo, María."
Ella lo pensó. 200 horas era mucho, pero la alternativa era perderlo todo y casarse con un hombre al que detestaba. La libertad y la herencia valían ese precio.
"Entiendo", dijo María, con una determinación renovada. "Lo acepto."
Firmó el documento con mano firme, sintiendo el peso de la tinta sobre el papel. Ricardo Benavides firmó la otra copia y la suya propia, luego las deslizó en una carpeta.
"Bien. Ahora, la preparación", dijo, cambiando de tono. "Necesito los detalles. ¿Cómo nos conocimos? ¿Cuánto tiempo llevamos juntos? ¿Qué tipo de relación tenemos? ¿Qué saben tus familiares de mí? Dímelo todo. No podemos dejar nada al azar."
María comenzó a relatar, nerviosa al principio, luego con más fluidez. Inventaron una historia de cómo se conocieron en un evento benéfico, su romance "discreto" debido a sus agendas apretadas, y el "compromiso" reciente que aún no habían anunciado formalmente. Habló de su abuela, su tía Elvira (la más entrometida), su tío Jorge (más relajado), y por supuesto, de Rodrigo Santillán, el pretendiente indeseado.
Ricardo Benavides escuchaba, absorbiendo cada detalle, haciendo preguntas incisivas que la obligaban a pensar en cada aspecto de su "relación".
"¿Y qué hay de los gestos de cariño?", preguntó él, con una ceja arqueada. "Tendremos que ser convincentes. Un brazo alrededor de la cintura, quizás una mano en tu espalda, una mirada afectuosa. ¿Estás cómoda con eso?"
María sintió un rubor subir por sus mejillas. "Sí, Sr. Benavides. Lo que sea necesario." La idea de que su jefe la tocara, incluso en un acto de farsa, le provocaba una extraña mezcla de nerviosismo y... algo más que no quiso identificar.
"Llámame Ricardo, por favor", dijo él, notando su incomodidad. "Sería muy sospechoso que tu 'prometido' te llame por tu apellido, y menos aún con el título de 'Sr.'".
María asintió, su corazón latiendo aún más rápido. "Ricardo." La palabra sonó extraña en sus labios.
El escenario familiar
El viaje en el lujoso coche de Ricardo, un sedán oscuro con cristales tintados, fue tenso. María repasaba mentalmente los detalles de su historia, mientras Ricardo, al volante, escuchaba un programa de noticias financieras con una concentración que la hacía sentir aún más pequeña.
Cuando llegaron a la finca de los abuelos de María, un majestuoso caserón colonial rodeado de extensos jardines en la campiña de Virginia, el corazón de María se encogió. El lugar estaba lleno de coches, y se escuchaba el murmullo de voces y risas.
"Recuerda, María", dijo Ricardo, su voz baja y firme, justo antes de que el chófer abriera su puerta. "Somos una pareja. Enamorados. Comprometidos. Actúa en consecuencia."
Al entrar, fueron recibidos por un torbellino de abrazos, exclamaciones y miradas curiosas. La abuela Elena, una mujer diminuta pero de espíritu indomable, se acercó con los ojos brillantes.
"¡Mi querida María! ¡Y este debe ser tu Ricardo!", exclamó, abrazándola con fuerza. Luego extendió una mano a Ricardo, quien la tomó con una sorprendente delicadeza.
"Abuela Elena, es un placer conocerla finalmente", dijo Ricardo, su voz cálida y su sonrisa, aunque sutil, genuina. María se quedó boquiabierta. Nunca lo había visto sonreír así.
La tía Elvira, una mujer de mandíbula firme y ojos escrutadores, se acercó. "Así que este es el famoso Ricardo. María nos había mantenido en ascuas. ¿Un magnate de Nueva York? Vaya, vaya." Sus ojos brillaron con una mezcla de envidia y sospecha.
"Tía Elvira, es un gusto", respondió Ricardo, su voz ahora con un toque de autoridad que desarmó a la tía. Le dio un beso en la mejilla, un gesto inesperado que hizo que María sintiera un escalofrío. Era un actor consumado.
Poco después, apareció Rodrigo Santillán. Era un hombre corpulento, con una sonrisa demasiado confiada y unos ojos posesivos que se fijaron en María.
"María, querida. Veo que trajiste... compañía", dijo, su voz con un matiz de desprecio. Su mirada se posó en Ricardo, evaluándolo de pies a cabeza.
"Rodrigo", dijo María, con frialdad. "Te presento a mi prometido, Ricardo Benavides."
Ricardo extendió una mano firme. "Santillán. Un placer." Su apretón de manos fue breve, pero lleno de una tensión silenciosa. Rodrigo no se atrevió a prolongarlo.
Durante la cena de bienvenida, Ricardo fue el centro de atención. Contó historias de negocios, habló de economía global y fascinó a los tíos y primos con su inteligencia y su carisma. María lo observaba, asombrada. No era el hombre frío de la oficina. Este Ricardo era encantador, ingenioso, y sorprendentemente atento a ella.
En varias ocasiones, su mano se posó en su espalda baja, o su pulgar acarició discretamente su nudillo bajo la mesa. Cada toque enviaba una corriente eléctrica a través de María, haciéndola cuestionar la delgada línea entre la farsa y la realidad.
La abuela Elena, en un momento dado, los miró con ojos llenos de ternura. "Se ve que son muy felices juntos. Me alegra tanto, María, ver que has encontrado a alguien que te valora."
Esas palabras golpearon a María en el pecho. ¿Felices? ¿Valora? Era todo una mentira. Pero Ricardo le sonrió con tal sinceridad que por un instante, ella casi lo creyó.
Un baile peligroso
La noche avanzaba con música y baile. Ricardo, para sorpresa de María, era un bailarín elegante y fluido. La tomó en sus brazos para un vals, y la guio por la pista con una facilidad que la hizo sonreír.
"No sabía que bailabas tan bien, Ricardo", susurró ella, su cabeza apoyada ligeramente en su hombro, tal como se esperaría de una pareja comprometida.
"Hay muchas cosas que no sabes de mí, María", respondió él, su voz baja y ronca, su aliento rozando su oído. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Mientras bailaban, Rodrigo Santillán se acercó, con una copa de whisky en la mano y una sonrisa burlona. "Benavides, ¿no? Pensé que eras un tiburón de las finanzas, no un bailarín de salón."
"Siempre es bueno tener habilidades diversas, Santillán", replicó Ricardo, sin perder el ritmo, su agarre en María firme. "Y en cuanto a tiburones, algunos nadan mejor que otros."
Rodrigo ignoró la indirecta y se dirigió a María. "María, ¿por qué no vienes a bailar conmigo? Por los viejos tiempos." Intentó tomar su mano, pero Ricardo se interpuso sutilmente.
"Me temo que María está ocupada, Santillán", dijo Ricardo, su tono amable pero con un filo de acero. "Estamos disfrutando de nuestro baile."
"Oh, ¿están disfrutando?", Rodrigo se burló. "No parece que se conozcan muy bien. ¿Cuánto tiempo llevan saliendo, de verdad? Parece que este 'compromiso' salió de la nada."
La tensión en el aire era palpable. María sintió que el corazón se le salía del pecho. Rodrigo estaba a punto de exponerlos.
Ricardo miró a Rodrigo directamente a los ojos, su sonrisa desapareciendo. "Nuestro compromiso es muy real, Santillán. Y si tenemos algo que celebrar, es la alegría de haber encontrado a la persona correcta, incluso si eso significa que otros no lo entiendan."
Luego, para el asombro de María y de todos los que los rodeaban, Ricardo se inclinó y la besó. No fue un beso apasionado de amantes, sino uno tierno y protector, lleno de una convicción que hizo que María sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sus labios eran suaves, inesperadamente cálidos.
El beso duró solo un instante, pero fue suficiente para silenciar a Rodrigo y dejar a María sin aliento. Cuando se separaron, Ricardo la miró, sus ojos brillando con una intensidad que nunca le había visto.
"Te amo, María", susurró, lo suficientemente alto para que Rodrigo lo escuchara. "Y no puedo esperar para pasar el resto de mi vida contigo."
María no supo qué decir. Las palabras, el beso, la mirada... eran parte de la farsa, lo sabía. Pero una parte de ella, la más vulnerable, no pudo evitar sentir un estremecimiento, una chispa de esperanza irracional.
Rodrigo, derrotado, gruñó y se alejó. La abuela Elena sonrió con lágrimas en los ojos desde la mesa. El plan había funcionado. Pero para María, la línea entre la actuación y la realidad se había borrado por completo. Ricardo Benavides, el frío magnate, acababa de besarla y declararle su amor. ¿Quién era realmente este hombre?
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