El Terrible Secreto que Carmen Descubrió en los Contenedores de Basura

Carmen se quedó paralizada. Esa voz… sonaba débil, desesperada. Sonaba como alguien que llevaba días, tal vez semanas, pidiendo ayuda.
Los golpes en la puerta cesaron de repente.
Un silencio aterrador llenó la cocina. Solo se escuchaban los sollozos que venían desde abajo y el suave llanto de la bebé.
Carmen se acercó a la puerta que daba al sótano. Estaba cerrada con llave, pero la voz se escuchaba más clara ahora.
"¿Hay alguien ahí? Por favor, ayúdenme. Mi nombre es María. Él tiene a mi hija."
El Descubrimiento Macabro
María. La empleada que supuestamente se había ido sin avisar.
Carmen sintió náuseas. Buscó desesperadamente las llaves en los cajones de la cocina. Las encontró en el segundo cajón, junto a una pistola pequeña que le puso la piel de gallina.
¿Para qué necesitaba una pistola el señor Delacroix?
Abrió la puerta del sótano. Un olor nauseabundo la golpeó inmediatamente. Era una mezcla de humedad, orina y algo mucho peor.
Algo que olía a muerte.
"¡María! ¿Estás bien?"
"¡Aquí abajo! ¡Por favor, sáquenme de aquí!"
Carmen bajó las escaleras con la bebé en brazos. El sótano estaba casi a oscuras, apenas iluminado por una bombilla que colgaba del techo.
Lo que vio la marcó para siempre.
María estaba encadenada a una pared. Flaca, sucia, con la ropa desgarrada. Pero estaba viva.
A su lado, en el suelo, había otras cadenas. Cadenas vacías. Y manchas oscuras en el concreto que Carmen prefirió no identificar.
"¡Mi bebé! ¡Tienes a mi bebé!"
María extendió los brazos hacia su hija. Sus ojos, hundidos por la desnutrición, se llenaron de lágrimas al ver a Isabella.
"¿Cuánto tiempo llevas aquí?"
"Dos semanas. Él… él me dijo que si no hacía lo que quería, mataría a Isabella. Cuando traté de huir con ella, me encerró aquí. Todas las noches viene y…"
María no pudo terminar. Sus sollozos llenaron el sótano.
Carmen se acercó para revisar las cadenas. Necesitaba herramientas para liberarla. Pero mientras buscaba algo útil, sus ojos se posaron en algo que la horrorizó.
En una esquina del sótano había un montón de ropa. Ropa de mujer. Diferentes tallas, diferentes estilos.
Ropa que parecía haber pertenecido a diferentes personas.
"María… ¿has visto a otras mujeres aquí?"
La expresión de María cambió. El miedo en sus ojos se intensificó.
"Había una antes que yo. Se llamaba Elena. Una noche él bajó con ella, pero… pero ella ya no se movía. Al día siguiente se la llevó en una bolsa grande."
Carmen sintió que las piernas le temblaban. No era solo una situación de abuso laboral y secuestro.
Era mucho peor.
El señor Delacroix era un asesino serial.
Escuchó pasos en el piso de arriba. Pasos lentos, calculados. Él había entrado a la casa.
"Carmeeeeen", su voz resonó desde arriba, cantarina y siniestra. "Sé que estás ahí abajo. ¿Por qué no subes para que podamos conversar?"
María agarró la mano de Carmen con desesperación.
"No subas. Cuando sube así, cuando habla así… es cuando más peligroso está."
Los pasos se acercaron a la puerta del sótano.
Carmen miró a su alrededor buscando una salida. Una ventana, otra puerta, cualquier cosa.
Fue entonces cuando vio algo que le puso los pelos de punta.
En la pared opuesta, medio oculto detrás de unas cajas, había un agujero recién cavado. Un agujero del tamaño perfecto para un cuerpo humano.
Y al lado, una pala con tierra fresca todavía pegada.
El señor Delacroix había estado preparando una tumba.
Una tumba para dos.
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