El Tesoro Oculto del Millonario: Lo que el Plomero Descubrió en la Pared de mi Hijo Desató una Batalla por la Herencia

Página 2: El Tesoro y la Sombra del Pasado
El bulto oscuro y pesado que Don Ramón sostenía parecía irradiar un aura de misterio y peligro. Mis ojos, y los de Marcos, estaban fijos en él. El plomero lo colocó suavemente sobre el suelo de la habitación de mi hijo, justo al lado del agujero en la pared. El silencio se volvió denso, casi opresivo.
"Esto... esto no es de plomería, Ana," dijo Don Ramón, su voz apenas un susurro. Su mirada se posó en Marcos, una mezcla de desaprobación y preocupación.
Marcos no respondió. Seguía paralizado, su rostro una máscara de terror. Parecía haber perdido la capacidad de hablar, de moverse.
Me acerqué al bulto con cautela, mi corazón martilleando contra mis costillas. El plástico era tan opaco que no dejaba ver nada del interior. Era un envoltorio de varias capas, sellado con cinta adhesiva industrial, como si su contenido estuviera destinado a permanecer oculto por mucho tiempo, quizás para siempre. El olor a tierra húmeda y a algo viejo se desprendía con más fuerza ahora, un aroma que me resultaba extrañamente familiar, pero no lograba ubicar.
Con manos temblorosas, comencé a despegar la cinta. Don Ramón se arrodilló a mi lado, ofreciéndome una navaja pequeña. "Con cuidado, Ana. No sabemos qué puede ser."
Los dedos me dolían al tirar de la cinta pegajosa. Una capa de plástico negro se desprendió, revelando otra capa, esta vez de un plástico transparente pero amarillento por el tiempo. Y a través de él, empecé a vislumbrar el contenido. Mi respiración se cortó.
No era una sola cosa. Eran varias. Brillantes, opacas, y de un valor incalculable.
Al remover la última capa de plástico, el contenido se derramó sobre la alfombra raída de Marcos. Un collar de perlas gruesas y lustrosas, su brillo opacado por el tiempo, pero aún majestuoso. Varios anillos, algunos con piedras que destellaban incluso con la poca luz de la habitación. Un broche antiguo, adornado con pequeñas esmeraldas. Y debajo de todo eso, un fajo de papeles viejos, atados con una cinta de seda descolorida.
Mis manos temblaban mientras recogía el collar de perlas. Eran de un tamaño y una uniformidad que solo veía en las revistas de lujo. Las joyas... eran auténticas. No eran baratijas. Eran piezas de joyería fina, con un diseño que gritaba opulencia y un pasado lejano.
"Dios mío..." susurré, apenas audible. "¿Qué es esto, Marcos?"
Marcos finalmente encontró su voz, pero era un hilo apenas audible, cargado de miedo. "Yo... yo lo encontré, mamá. No sé de dónde salió. Estaba ahí."
Me giré hacia él, mis ojos fijos en los suyos. "¿Lo encontraste? ¿En la pared? ¿Y no me dijiste nada? ¿Por qué lo escondiste?"
Las preguntas salieron atropelladamente, cada una más urgente que la anterior. Marcos bajó la mirada. "Tenía miedo. Miedo de que pensaras que lo había robado. Miedo de que... de que alguien viniera a buscarlo."
Don Ramón, con su experiencia de vida, ya estaba examinando los papeles. Con sumo cuidado, desató la cinta de seda. Los documentos eran viejos, el papel amarillento y quebradizo. Había una escritura de propiedad, un testamento y un sobre sellado con un sello de cera.
"Ana," dijo Don Ramón, su voz grave. "Esto... esto es serio. Aquí hay una herencia de por medio. Un testamento a nombre de una tal 'Isabella Montalvo de la Vega'."
Mi mente corrió. Isabella Montalvo de la Vega. El nombre me sonaba vagamente, como un eco de una conversación muy antigua, quizás de mi abuela. Pero era un nombre asociado a una familia de la alta sociedad, a la mansión que se alzaba en la colina más alta de la ciudad, ahora abandonada, objeto de leyendas urbanas.
El testamento indicaba que la Sra. Montalvo de la Vega, fallecida hacía más de treinta años, había legado "todas sus propiedades, bienes y joyas de valor incalculable" a su único pariente vivo: "Roberto García, hijo de mi sobrina lejana, Elena Montalvo."
Roberto García. Mi esposo.
El mundo se detuvo. Mi Roberto. ¿Mi esposo era el heredero de la fortuna Montalvo de la Vega? ¿Y nunca lo supo? ¿O sí lo supo y lo ocultó?
Marcos, al escuchar el nombre de su padre, levantó la vista. "Papá... ¿era de esa familia? ¡Pero si siempre fuimos pobres! Él trabajaba de albañil, mamá..."
El sobre sellado contenía una carta manuscrita. La letra era elegante, envejecida. "Querido Roberto," empezaba. "Si estás leyendo esto, significa que el momento ha llegado. Lamento haberte mantenido alejado, pero ciertas circunstancias familiares me obligaron. Estas joyas son tuyas, y el derecho a la mansión también. Busca al abogado Samuel Torres, él tiene los documentos originales y sabe la verdad de por qué esto fue ocultado. No confíes en nadie más de la familia Montalvo. Han intentado despojarme de todo y lo harán contigo."
La revelación me golpeó como un rayo. No solo habíamos vivido en la pobreza, luchando cada día, sino que mi esposo era el legítimo dueño de una fortuna, de una mansión y de estas joyas. Y él murió sin saberlo, o peor, sabiendo y sin poder reclamarlo.
Pero la carta también hablaba de peligro. "No confíes en nadie más de la familia Montalvo."
De repente, un fuerte golpe resonó en la puerta principal. Un golpe seco y autoritario, que hizo vibrar los cristales. Mis ojos se encontraron con los de Marcos. Su rostro se volvió a teñir de blanco.
"Mamá," susurró, su voz temblorosa, "creo que... creo que ellos ya saben que lo encontramos."
El golpe se repitió, más fuerte, más impaciente. Una voz de hombre, profunda y exigente, gritó desde el otro lado: "¡Sabemos que lo tienen! ¡Devuelvan lo que es nuestro!"
Mi corazón se encogió. La sombra de la familia Montalvo, de la que la carta advertía, había venido a reclamar lo que consideraban suyo. No era solo una herencia, era una deuda millonaria de justicia, un secreto oscuro que había estado enterrado por décadas, y ahora había resurgido con una amenaza muy real.
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