El Testamento de la Mansión Silenciosa: La Deuda Millonaria que un Abogado Cobró Diez Años Después

PÁGINA 2: El Codicilo Oculto y la Traición
La amenaza de Vargas resonó en el silencio de la calle, que de pronto parecía demasiado expuesta. Rafael sintió el peso de diez años de secreto caer sobre él como un yunque.
"No te atrevas a llamarlo secuestro," siseó Rafael, su voz temblando de rabia contenida. "Yo las salvé. Tú querías arruinar la memoria de Alcocer y quedarte con todo."
Vargas soltó una risa seca, la risa condescendiente de un hombre que sabe que tiene el poder.
"¿Salvarlas? ¿En esta pocilga? Rafael, ellas estaban destinadas a la Mansión de la Calle Olmos, a la fortuna de su padre. Tú las condenaste a una vida de pobreza por tu paranoia. Pero eso ya no importa. Lina ha visto la luz."
Rafael se giró hacia Lina, buscando una chispa de la vieja ternura, del respeto que le tenía.
"Lina, dime que no es verdad. ¿Por qué estás con él? ¿Por qué me traicionas?"
Lina se mantuvo impasible, su rostro una máscara de dureza.
"Don Rafael, esto es negocios. El Señor Vargas ha prometido que, si encontramos el codicilo original, yo y mis hermanas tendremos acceso a una parte justa de la herencia. Usted solo ha retrasado lo inevitable," respondió Lina, sin una pizca de emoción.
La traición le dolió más que la amenaza de cárcel. Rafael había sacrificado su jubilación, su tranquilidad, por estas niñas.
"¿Una parte justa? ¡Ese hombre quiere el control total de la Corporación Alcocer! ¡El codicilo lo deshereda por completo!" gritó Rafael.
Vargas chasqueó la lengua.
"Detalles legales, Rafael. La verdad es que el testamento que yo tengo, el que es legalmente reconocido hasta ahora, me nombra albacea con control total sobre los activos hasta que las tres cumplan 25 años. Y adivina qué, si el codicilo que tú escondes no aparece, esa edad se extiende indefinidamente. O hasta que yo decida vender la Mansión y liquidar la deuda."
El juego era claro. Vargas quería destruir el documento que le daba la herencia completa a las niñas.
"Lina, ¿no lo ves? ¡Él te está usando! Él quiere la Mansión, quiere el estatus, quiere la deuda cancelada en sus términos," imploró Rafael.
Lina suspiró, como si estuviera cansada de la ineptitud del anciano.
"Lo sé, Don Rafael. Pero al menos él tiene un plan. Usted solo nos dio estofado y miedo. Ahora, díganos dónde está el documento. El Señor Vargas me ha prometido un adelanto sustancial para sacar a Sofía y Carmen de esta situación."
Rafael se sintió mareado. Diez años de protección, reducidos a un mero obstáculo.
Vargas se acercó un paso más, la impaciencia burbujeando bajo su fachada pulcra.
"Entremos, Rafael. No tengo todo el día. ¿Está en la caja fuerte que te hizo Alcocer? ¿O la enterraste en el jardín?"
Rafael dudó. Si entregaba el documento, Vargas lo destruiría y las niñas quedarían a su merced legal. Si no lo entregaba, iría a la cárcel y Vargas tendría tiempo de manipular el testamento actual.
De repente, una idea, brillante y desesperada, cruzó la mente de Rafael.
No, Lina no podía haberlo traicionado por completo. Había una frialdad en sus ojos que no era de avaricia, sino de cálculo. Lina era la más inteligente de las tres.
"Vargas," dijo Rafael, enderezando su espalda, "el documento está aquí, en la casa. Pero no lo vas a encontrar tan fácil. Alcocer y yo planeamos esto meticulosamente."
Vargas sonrió, victorioso. "Excelente. Lina, acompaña al señor a buscarlo. Si intenta algo, ya sabes."
Lina asintió y se acercó a Rafael. Mientras Vargas estaba distraído, dando una orden por teléfono a su chófer, Lina se inclinó hacia Rafael.
"Escúcheme, Don Rafa," susurró Lina, con una rapidez que solo él pudo percibir. "Lo estoy entreteniendo. Él sabe que el documento existe, pero no sabe que está incompleto. El codicilo que usted tiene es solo la primera página. La cláusula final, la que lo incrimina, está en otro lugar. ¿Dónde está?"
Rafael sintió un alivio vertiginoso. ¡No era una traición! Era una trampa. Lina había fingido aliarse con Vargas para ganar acceso y tiempo.
"Lina, la cláusula final… está con Sofía," susurró Rafael. "En el relicario que le di por su cumpleaños 15. Alcocer lo dejó ahí. Una microficha."
Lina se enderezó, su rostro volviendo a la máscara fría.
"Don Rafael, muéstrale dónde está el codicilo que tienes," ordenó ella en voz alta, para que Vargas escuchara.
Rafael asintió y guio a Vargas al interior de la casa. El contraste entre el lujo de Vargas y la sencillez de la casa era aún más marcado adentro.
Rafael se dirigió a su pequeño estudio de carpintería. Vargas lo siguió, impaciente.
"Está aquí," dijo Rafael, señalando una vieja caja de herramientas de madera de cedro, una pieza que él mismo había construido hace décadas.
Vargas se abalanzó sobre la caja. La abrió y encontró, bajo una capa de viejas herramientas oxidadas, un sobre sellado con el emblema de la firma Alcocer.
"¡Aquí está! ¡Lo sabía!" Vargas tomó el sobre con manos temblorosas. Rompió el sello y sacó las páginas amarillentas.
Las leyó rápidamente. La primera página confirmaba que las tres niñas eran las herederas universales. La segunda página detallaba la distribución de bienes.
Vargas se detuvo en seco en la última línea de la segunda página.
"¿Qué es esto? ¿Por qué termina abruptamente? ¡Falta la firma final y la cláusula de desheredación del albacea!" gritó Vargas, arrugando el papel.
Rafael sonrió por primera vez. Una sonrisa genuina y cansada.
"Esa página, Vargas, la tengo yo. O más bien, la tiene alguien más. Alcocer sabía que intentarías destruirlo. Esta parte es solo el cebo."
El rostro de Vargas se puso rojo, la vena de su cuello palpitaba violentamente. Había caído en la trampa. Había expuesto su intención de destruir el testamento legítimo, y ahora, no tenía la prueba completa.
"¿Dónde está la última página, viejo estúpido? ¡Dímelo ahora o te juro que…!" Vargas levantó la mano, dispuesto a golpearlo.
En ese instante, Lina intervino. Ella había estado esperando.
"¡No lo toque, Señor Vargas! Él no la tiene. La última página la tiene la policía. ¿Cree que vinimos aquí sin un plan de respaldo?"
Vargas se detuvo, confundido. La furia se mezcló con el pánico.
"¿Qué dices, Lina? ¿La policía? ¡Tú me dijiste que me ayudarías!"
"Y lo hice," respondió Lina, sacando discretamente su teléfono del bolsillo. "Le di exactamente lo que quería: la prueba de que usted estaba dispuesto a destruir un testamento legítimo para quedarse con la Mansión y la Corporación. Esta conversación, Señor Vargas, ha sido grabada. La policía viene en camino. Hace diez años, Don Rafael nos salvó de su avaricia. Hoy, yo lo salvé a él."
El sonido de una sirena, distante al principio, comenzó a acercarse rápidamente a la tranquila calle. Vargas estaba atrapado. Su plan de cobrar la deuda de silencio había fracasado.
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