El Testamento del Millonario: Me Ofreció la Mansión y una Fortuna a Cambio de un Heredero, Pero el Contrato Esconde una Venganza Familiar

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Clara y el oscuro trato que le ofreció Don Ernesto. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante y retorcida de lo que imaginaste. El secreto que guardaba esa foto cambiaría el destino de una herencia millonaria.

La Proposición Imposible y el Secreto Enterrado

Clara sentía el sudor pegarse a su espalda mientras fregaba la última olla de hierro. El rancho “El Olvido” era un horno, incluso a las cinco de la tarde. Sus manos, acostumbradas a teclear ensayos universitarios, ahora estaban ásperas y enrojecidas por el jabón industrial.

Necesitaba ese dinero. Cada centavo.

La matrícula de ingeniería no esperaba, y el trabajo de verano lavando platos y cuidando el jardín de Don Ernesto era su única esperanza.

Don Ernesto entró en la cocina sin hacer ruido. No era un hombre que se moviera con sigilo, sino que su presencia llenaba el espacio de una quietud pesada, casi opresiva.

Se sentó en la larga mesa de madera rústica, donde rara vez comía, y la observó. Sus ojos grises, duros como el pedernal, no revelaban emoción alguna.

Clara se secó las manos rápidamente con un trapo de cocina, sintiendo la familiar incomodidad.

“Clara,” su voz era un crujido, como hojas secas bajo el pie. “Deja eso.”

Ella obedeció, dejando la esponja en el fregadero.

Frente a él, sobre la madera pulida, había un sobre de papel grueso, sellado con el logo de una clínica privada de la capital.

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“Esto es mío,” dijo, golpeando el sobre con un dedo nudoso. “Y esto es tuyo.”

Deslizó un segundo sobre, mucho más delgado, que contenía una chequera y un documento legal.

Clara tragó saliva. Pensó que la estaba despidiendo y le daba su liquidación.

“Me queda poco tiempo, niña,” continuó Don Ernesto, sin rodeos. “El médico me da, con suerte, un año. El cáncer ya ha hecho su trabajo.”

Clara sintió un escalofrío de pena, mezclado con alivio por no ser despedida.

“Lo siento mucho, Don Ernesto.”

Él agitó la mano, desdeñando la simpatía. “No lo sientas. Lo que necesito es resolver un problema. Un problema de propiedad y de linaje.”

Abrió el sobre legal. Dentro había un borrador de un testamento.

“Tengo millones, Clara. Esta tierra es solo una fracción. Cuentas bancarias, propiedades en la ciudad, acciones… todo sin un heredero legítimo.”

Clara se quedó paralizada. ¿Qué tenía que ver ella con eso?

Don Ernesto la miró fijamente, evaluándola de pies a cabeza.

“Sé que eres una chica decente, ambiciosa y, lo más importante, desesperada por dinero. Y eres fértil. Eso es crucial.”

El estómago de Clara se revolvió. La dirección que estaba tomando la conversación era profundamente inquietante.

“Propongo un trato, Clara. Un contrato matrimonial.”

Clara retrocedió un paso instintivamente. “¿Matrimonio? Don Ernesto, yo… yo solo tengo veinte años.”

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“La edad no importa. La ley me permite casarme. Y a ti te permite ser la dueña de la mitad de este estado,” replicó él, con un tono puramente empresarial.

Deslizó el documento hacia ella. El encabezado decía: Acuerdo Prenupcial y Cláusula de Sucesión Acelerada.

“Cásate conmigo. En los próximos seis meses, debemos concebir un hijo. Un heredero varón, si la suerte acompaña, aunque una niña también serviría.”

“Cuando yo muera, tú y el niño seréis los únicos beneficiarios de mi patrimonio. La cláusula establece que si el niño es concebido antes de mi muerte, recibirás una pensión inmediata de un millón de dólares, y al año, la herencia completa.”

Clara sintió un mareo. Un millón de dólares. Suficiente para pagar la universidad de por vida, y la de sus futuros hijos. Suficiente para sacar a su madre de su miserable trabajo.

Era una tentación monstruosa. Una vida de mentira por una riqueza que desafiaba su imaginación.

“No puedo… no puedo hacer eso,” susurró, sintiendo que la ética luchaba contra la necesidad.

“Piensa bien, Clara. Es un año de tu vida. Apenas tendremos que convivir. Yo estaré enfermo. Es un matrimonio de conveniencia, nada más.”

Cuando Don Ernesto se levantó para irse, dejó caer accidentalmente el sobre médico. Los papeles se esparcieron por el suelo.

Clara se agachó automáticamente para recogerlos. El diagnóstico, los análisis… y en el reverso del informe de oncología, había algo pegado.

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Era una fotografía diminuta, antigua y descolorida, asegurada con un trozo de cinta celo amarillenta.

En la foto aparecía una joven. Era idéntica a Clara. El mismo cabello oscuro, la misma línea de la mandíbula, los mismos ojos grandes y expresivos. Pero vestía ropa de hace cuarenta años.

El corazón de Clara latió con violencia. ¿Quién era esa mujer? ¿Una pariente lejana?

Don Ernesto, que ya estaba en la puerta, pareció notar que ella se había demorado demasiado.

“¡Ya basta, niña! Deja esos papeles,” ordenó con brusquedad.

Pero Clara ya había visto la letra temblorosa escrita a mano en el reverso de la foto, justo debajo de la imagen. Una frase corta, escrita con tinta desvanecida:

"El linaje de ella pagará la traición. La fortuna volverá a donde fue robada. Este matrimonio no es amor; es la última pieza de mi venganza."

Clara sintió que el aire se le cortaba. No se trataba de un heredero. Se trataba de una trampa, una vendetta familiar largamente planeada, y ella, o su futuro hijo, era el instrumento. Don Ernesto no buscaba un heredero; buscaba saldar una cuenta pendiente con alguien que se parecía horriblemente a ella.

El pánico se apoderó de ella.

¿Quién era esa mujer, y qué traición había cometido para que Don Ernesto dedicara sus últimos meses a una venganza tan elaborada y costosa?

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