El Testamento del Millonario: Me Ofreció la Mansión y una Fortuna a Cambio de un Heredero, Pero el Contrato Esconde una Venganza Familiar

El Diario Secreto y la Identidad de la Traidora
Clara recogió los papeles temblando, fingiendo torpeza. Don Ernesto gruñó, tomó los documentos de sus manos y se retiró, dejando a Clara sola con la sombra de la revelación.
El temor se había convertido en una necesidad urgente de saber. Ya no era solo dinero; era la posibilidad de estar involucrada en una vendetta que podría costarle más que su reputación.
Esa noche, Clara no pudo dormir. Revisó el contrato que Don Ernesto le había dejado. Era legalmente impecable, redactado por un abogado de alta alcurnia en la ciudad. La boda estaba planeada para dentro de una semana, si ella firmaba.
Si firmaba, entraba al juego. Si no firmaba, perdía su única oportunidad de estudiar y jamás sabría la verdad sobre la mujer de la foto, que era su viva imagen.
A la mañana siguiente, Clara tomó la decisión más arriesgada de su vida. Firmaría el contrato. Pero no por la fortuna, sino para desenterrar el secreto.
La Búsqueda en la Mansión
El rancho "El Olvido" era una fortaleza de piedra y madera oscura. Don Ernesto, ya debilitado por el tratamiento inicial, pasaba la mayor parte del día en el ala principal, alejado de todo.
Clara usó su acceso como "futura esposa" para empezar a investigar.
Su objetivo principal era el estudio de Don Ernesto, un lugar prohibido, lleno de libros encuadernados en cuero y mapas antiguos.
Una tarde, mientras la cocinera, Doña Rosa, estaba en el ciudad, Clara se deslizó en el estudio. El aire olía a tabaco rancio y papel envejecido.
Revisó los cajones del escritorio de caoba. Documentos de propiedad, títulos de acciones, cartas secas y amarillentas. Nada sobre la mujer.
Hasta que encontró un pequeño compartimento secreto detrás de una librería. No contenía joyas ni dinero, sino un diario encuadernado en terciopelo verde.
El diario no era de Don Ernesto, sino de la mujer de la foto.
Clara lo abrió con manos temblorosas. El primer nombre que leyó la hizo tambalearse: Elena.
Elena. Su madre se llamaba Elena.
Pero su madre era una mujer sencilla, una costurera, que nunca había hablado de lujos ni de ranchos.
Las entradas del diario de Elena databan de 1978.
“Ernesto me ha prometido el mundo. Dice que construirá el rancho más grande de la provincia para mí. Su amor es feroz, casi asfixiante, pero es el único que me ve de verdad.”
Clara siguió leyendo, devorando las páginas. Las entradas contaban una historia de amor apasionada entre el joven y ambicioso Ernesto y la hermosa Elena.
Pero a medida que avanzaba, la atmósfera cambiaba.
“Hoy llegó mi hermana menor, Sofía. Vino de la capital para quedarse un mes. Ernesto fue cordial, pero puedo sentir la tensión. Sofía es tan… calculadora. Me temo que le ha contado a Ernesto sobre mi pasado. Sobre el engaño que cometí antes de conocerlo.”
Clara sintió un nudo en la garganta. Sofía… ¡Ese era el nombre de su tía! La hermana de su madre, de quien nunca se hablaba en casa.
La entrada final, escrita con una caligrafía desesperada, era la clave de la venganza.
“Sofía no solo le contó a Ernesto que lo había traicionado con un hombre de la ciudad por dinero, sino que se aseguró de que él creyera que el niño que esperaba no era suyo. ¡Es una mentira! ¡Nuestro hijo era de Ernesto! Pero ella me robó la oportunidad de explicárselo. Y peor aún, Sofía se casará con mi amor, después de convencerlo de que yo soy la traidora y que ella es la víctima. Me ha robado la vida, mi amor y mi futuro hijo.”
Clara cerró el diario, con la respiración entrecortada. El bebé que Elena esperaba… era el hijo de Don Ernesto. Pero Sofía, la hermana de Elena y tía de Clara, había manipulado a Don Ernesto para que creyera que Elena lo había traicionado y que el niño no era suyo.
Y luego, Sofía se había casado con el padre biológico de Clara, el hombre de la ciudad que Elena había mencionado.
El esquema era claro, pero faltaba una pieza. ¿Por qué Don Ernesto se casaba con ella, Clara, si la traidora era Sofía?
Clara era idéntica a Elena. Don Ernesto la había elegido por su parecido, sí, pero también por su linaje.
Revisó el testamento de nuevo. La cláusula no hablaba de heredar la fortuna, sino de devolverla.
El verdadero giro llegó cuando encontró un viejo recorte de periódico en el fondo del compartimento secreto. Era un obituario de hace diez años.
“Fallece Sofía Rivas de Montero, esposa del empresario [Nombre de su padre, ya fallecido]…”
Sofía había muerto. Pero la venganza de Don Ernesto no.
En ese momento, la puerta del estudio se abrió de golpe.
Era el abogado de Don Ernesto, el Señor Ramos, un hombre pequeño y afilado, con gafas de oro. No estaba solo. Detrás de él, con la cara pálida y los ojos inyectados en sangre, estaba Don Ernesto.
“¡Clara!” gritó Don Ernesto, su voz ronca de furia. “¿Qué haces en mi estudio? ¿Estás husmeando en mis secretos?”
El abogado Ramos se adelantó, sosteniendo un documento nuevo, sellado, con el título Adendum Final al Acuerdo Prenupcial.
“Don Ernesto ha decidido incluir una última condición, señorita Clara,” dijo Ramos con una sonrisa fría. “Si usted no concibe al heredero en los seis meses estipulados, o si intenta impugnar el matrimonio, no solo perderá la fortuna. Perderá la libertad.”
El abogado deslizó el documento. La nueva cláusula no hablaba de dinero. Hablaba de una demanda por fraude matrimonial y la revelación de una deuda millonaria que su madre, Elena, había contraído décadas atrás, una deuda que Don Ernesto había comprado y que ahora usaría para arruinar a su familia si ella se echaba atrás.
Clara se dio cuenta de la magnitud de la trampa. Estaba atrapada entre una venganza histórica y la ruina de su propia madre.
“Firme aquí, Clara,” ordenó Don Ernesto, jadeando, con la mirada de un depredador. “O tu madre lo perderá todo antes del amanecer.”
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