El Testamento Millonario y la Noche de Traición: El Juez Revela la Deuda de Sangre del Yerno

El tiempo pareció ralentizarse hasta detenerse por completo. Don Ramón, con el corazón latiéndole a mil por hora, sintió una descarga eléctrica recorrerle el cuerpo. La imagen de Sofía, vulnerable y pálida, se grabó en su mente. Su nieto, aún sin nacer, al que ya amaba con todas sus fuerzas. No podía permitirlo. No mientras él estuviera allí.

Con una fuerza que no sabía que poseía, empujó la puerta con violencia. El estruendo resonó en el pasillo silencioso, alertando a todo el mundo.

"¡Asesinos!", gritó Don Ramón, su voz ronca y quebrada por la indignación y el terror.

Ricardo y la mujer rubia se sobresaltaron, girándose bruscamente. El rostro de Ricardo se contorsionó en una máscara de sorpresa y luego de furia. La amante, con el brazo aún extendido hacia el tubo, retiró la mano como si se hubiera quemado. Sus ojos, antes fríos, ahora brillaban con pánico.

"¡Papá! ¿Qué... qué haces aquí?", balbuceó Ricardo, intentando recuperar la compostura, su voz temblorosa. Se interpuso entre la mujer y la cama de Sofía, como si quisiera protegerla de la mirada acusadora de Don Ramón.

"¿Qué hago aquí? ¡Te vi! ¡Los vi a los dos! ¡Estaban intentando matar a mi hija y a mi nieto!", exclamó Don Ramón, señalando con un dedo tembloroso a la amante. Su cuerpo, aunque envejecido, irradiaba una furia que hizo retroceder un paso a Ricardo.

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La mujer, que hasta entonces había permanecido en silencio, se recompuso rápidamente. Su expresión se endureció. "¡Este viejo está loco! ¡Señor, con todo respeto, usted no sabe lo que dice! Estábamos... estábamos preocupados por Sofía, y yo solo iba a ajustar su manta." Su voz era melosa, intentando sonar convincente, pero la falsedad era evidente en sus ojos.

"¡Mentira! ¡Escuché cada palabra! ¡Escuché cómo hablaban de la herencia, de la mansión, de que mi nieto era un bastardo!", Don Ramón no estaba dispuesto a ceder. Sus ojos se clavaron en Ricardo. "¡Tú, Ricardo! ¡Tú eres un monstruo! ¿Cómo pudiste hacerle esto a Sofía? ¡Ella te amaba!"

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. La enfermera que había acompañado a Don Ramón, alertada por el estruendo, apareció en el umbral, seguida de cerca por un guardia de seguridad del hospital.

"¿Qué está pasando aquí? ¡Silencio, por favor! ¡Hay pacientes descansando!", dijo la enfermera, su voz autoritaria.

"¡Esta gente intentó asesinar a mi hija!", denunció Don Ramón, señalando a Ricardo y a la mujer. "¡Los vi! ¡La mujer iba a desconectar el oxígeno!"

Ricardo, recuperando su aplomo de empresario, adoptó una postura de indignación. "¡Enfermera, por favor! Mi suegro está sufriendo un ataque de nervios. Está desorientado. Mi esposa está grave y él, en su desesperación, está imaginando cosas. Esta es la señora Valeria, una amiga de la familia, que vino a darme apoyo."

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Valeria, la amante, asintió con una expresión de falsa tristeza. "Sí, es un momento muy difícil. Don Ramón está muy alterado."

El guardia de seguridad, un hombre grande y fornido, se acercó a Don Ramón. "Señor, por favor, cálmese. No podemos tener altercados en el hospital."

Don Ramón sintió la impotencia invadirlo. Eran dos contra uno. Un anciano contra un millonario con una amante astuta y un guardia que no entendía la gravedad de la situación. "¡No estoy loco! ¡Lo juro por la memoria de mi esposa! ¡Ellos querían...!"

Pero antes de que pudiera terminar, una voz débil y apenas audible los interrumpió. "Papá... ¿qué está pasando?"

Sofía. Sus ojos se abrieron lentamente, su mirada confusa y dolorida. La luz de los monitores se reflejaba en sus pupilas dilatadas. Había escuchado algo.

Ricardo, al ver a Sofía despierta, cambió su expresión de furia a una de preocupación forzada. Se acercó a la cama. "Mi amor, ¿estás bien? Te despertaste. Tu padre está un poco... alterado."

Sofía miró a su padre, luego a Ricardo, y finalmente a Valeria, que intentaba disimular su nerviosismo detrás de Ricardo. Algo en su mirada, en la forma en que Valeria evitaba el contacto visual, encendió una chispa de sospecha en la mente de Sofía, a pesar de su debilidad.

"No estoy alterado, hija. Te estaban haciendo daño", dijo Don Ramón, su voz suavizándose al ver la confusión en el rostro de su hija.

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La enfermera, viendo que la situación se salía de control y que la paciente estaba despertando, intervino con firmeza. "¡Basta! Señor, por favor, retírese. Necesitamos que la paciente descanse. Si hay alguna acusación, deberá hacerse por los canales adecuados, fuera del hospital."

El guardia, siguiendo las instrucciones de la enfermera, tomó suavemente a Don Ramón del brazo. "Venga, señor. Salgamos de aquí."

Don Ramón se resistió por un instante, su mirada fija en los ojos de Ricardo, una promesa silenciosa de venganza grabada en ellos. Pero sabía que en ese momento, no podía hacer nada más. La impotencia era un veneno amargo en su boca. Mientras el guardia lo conducía fuera de la habitación, pudo ver a Sofía mirándolo, con una expresión de dolor y confusión que le partió el alma. Ricardo le sonreía a Sofía, una sonrisa falsa y tranquilizadora, mientras Valeria permanecía en la sombra, observando con una mezcla de alivio y malicia.

Don Ramón sabía que había ganado la primera batalla, salvando la vida de su hija y su nieto por un pelo. Pero la guerra apenas había comenzado. ¿Cómo podría probar la traición de un millonario con un ejército de abogados y una reputación intachable?

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