El Testamento Oculto del Millonario: El Caballo de Don Pedro Reveló la Verdad en su Velorio

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Don Pedro y ese caballo que irrumpió en su velorio. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas y las fortunas cambiaron de manos de la manera más insospechada.
El aire en la vasta sala de la Mansión del Roble Viejo era denso, cargado con el aroma a flores marchitas y la pesadez de un dolor recién nacido. Afuera, el sol de la tarde se filtraba entre las hojas de los centenarios robles, proyectando sombras largas y danzarinas que parecían burlarse de la quietud interior. Dentro, el silencio solo se rompía con el suave murmullo de los asistentes y algún que otro sollozo ahogado. Don Pedro, el patriarca de la familia Andrade y el dueño de extensas propiedades, yacía en su ataúd de caoba pulida, un hombre cuyo legado de trabajo y fortuna se sentía en cada rincón de aquella imponente residencia.
Yo, Elena, su sobrina lejana, apenas me atrevía a respirar. Mi existencia había transcurrido en un modesto apartamento en la ciudad, muy lejos de la opulencia que rodeaba a mi tío abuelo. Había venido por respeto, por un cariño genuino hacia ese hombre que, a pesar de su inmensa riqueza, siempre me había tratado con una amabilidad que pocos de sus parientes cercanos exhibían. Observaba a la multitud, a los trajes caros y los rostros compungidos, aunque muchos de ellos, lo sabía, estaban más preocupados por la lectura del testamento que por el alma de Don Pedro.
A un lado, Ricardo, el sobrino más ambicioso y el autoproclamado heredero principal, se pavoneaba con un aire de superioridad apenas disimulado. Sus ojos, a pesar de las lágrimas que intentaba forzar, brillaban con una anticipación casi vulgar. Él ya se veía como el nuevo dueño de la vasta propiedad de los Andrade, imaginando el control sobre los campos de cultivo y las inversiones millonarias que Don Pedro había amasado a lo largo de su vida. Su esposa, Sofía, una mujer con joyas que parecían competir en tamaño con sus ambiciones, le sonreía con complicidad, ya calculando los gastos de su próxima remodelación de la mansión.
"Es una lástima que se haya ido tan pronto", musitó Sofía, su voz apenas un susurro meloso. "Pero al menos, dejó todo en orden, ¿verdad, Ricardo? Don Pedro siempre fue un hombre previsor."
Ricardo asintió, su mirada fija en el ataúd, pero sus pensamientos claramente en los ceros de las cuentas bancarias. "Claro, mi amor. Mi tío sabía lo que hacía. La herencia de los Andrade está en buenas manos", dijo, y me lanzó una mirada fugaz y despectiva, como si yo fuera una mosca molesta en su pastel de lujo.
En mi corazón, sentía una punzada de inquietud. Don Pedro era un hombre de hábitos, de rutinas. Y su más grande afecto, después de su difunta esposa, era su caballo, Tormenta. Un purasangre de pelaje oscuro como la noche, con una crin salvaje y unos ojos inteligentes que reflejaban la profunda conexión que compartía con mi tío. Era extraño que Tormenta no estuviera presente, que no se le hubiera permitido un último adiós a su compañero de tantos años. Los peones de la finca, hombres curtidos y leales a Don Pedro, estaban visiblemente afectados, con los ojos enrojecidos no solo por la pena, sino también por una preocupación que no lograba descifrar.
El velorio continuaba, monótono y lúgubre, mientras las horas se arrastraban. La gente se preparaba para la última despedida. De repente, un sonido gutural, un relincho desgarrador que vibró en el aire, rompió la solemnidad de la sala. Todos nos sobresaltamos. Era un sonido de angustia, de furia contenida, inconfundible.
"¿Qué fue eso?", exclamó Sofía, llevándose una mano al pecho.
Antes de que nadie pudiera responder, la enorme puerta principal de roble se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo. Allí, erguido, con los ojos desorbitados y la espuma brotando de su boca, estaba Tormenta. Su pelaje oscuro brillaba con el sudor, y sus cascos resonaban en el mármol del recibidor. Parecía una aparición fantasmagórica, un espíritu indomable que se negaba a aceptar la partida de su amo.
La gente gritó, algunos se apartaron asustados, otros intentaron calmar al animal. Los peones de la finca, que habían estado en la entrada, se apresuraron, pero Tormenta era pura fuerza y una rabia inexplicable. Sus músculos tensos, sus fosas nasales dilatadas, su mirada fija en un único punto: el ataúd de caoba en el centro de la sala.
"¡Conténganlo! ¡Que alguien detenga a ese animal!", vociferó Ricardo, su voz temblaba no de miedo, sino de indignación por la interrupción.
Pero Tormenta no escuchaba a nadie. Con una determinación espeluznante, avanzó con paso firme, ignorando los gritos y los intentos fallidos de sujetarlo. Llegó al lado del ataúd y, para horror de todos, levantó una de sus poderosas patas delanteras. Un golpe seco. Luego otro. Y otro más. Era como si el caballo estuviera poseído, golpeando el féretro una y otra vez con una furia helada que nos dejó a todos paralizados. El sonido de la madera crujiendo llenó la sala, un eco macabro que resonaba en nuestros oídos.
Los familiares gritaban, los empleados se lanzaban inútilmente sobre el animal, pero Tormenta era imparable. Sus golpes se volvieron más frenéticos, más desesperados. Y en un golpe final, un impacto demoledor que hizo vibrar el suelo, la tapa del ataúd cedió. Se partió en dos con un chasquido espantoso, revelando el cuerpo inerte de Don Pedro.
Todos se quedaron mudos, horrorizados ante la profanación. El silencio que siguió fue aún más aterrador que el caos anterior. Pero en medio del desastre, algo más nos dejó a todos paralizados, con el aliento contenido. Entre las manos cruzadas de Don Pedro, que reposaban sobre su pecho, sobresalía un papel doblado. Un trozo de pergamino amarillento, casi imperceptible, que el caballo había expuesto con su furia salvaje.
¿Cómo llegó ahí? ¿Qué decía? La pregunta flotaba en el aire, cargada de una expectación febril. La nota, cuidadosamente doblada y casi oculta, parecía ser el último mensaje del empresario Don Pedro. Un mensaje que, sin duda, cambiaría todo lo que creíamos saber de él y desataría un misterio que nos dejaría sin aliento.
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