El Testamento Oculto del Millonario: El Caballo de Don Pedro Reveló la Verdad en su Velorio

El silencio en la sala era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. Todos los ojos estaban fijos en el papel amarillento que emergía entre las manos de Don Pedro. Ricardo, con la boca ligeramente abierta, fue el primero en reaccionar. Su rostro, antes arrogante, se contorsionó en una mezcla de sorpresa y desagrado. Se acercó al ataúd con cautela, como si temiera que el caballo, ahora extrañamente quieto y con la cabeza gacha, fuera a volver a atacar.
"¿Qué... qué es esto?", murmuró Ricardo, su voz apenas un hilo.
Uno de los peones, el viejo Mateo, que había trabajado para Don Pedro toda su vida, se adelantó. Sus ojos, llenos de lágrimas contenidas, se posaron en la nota. "Don Pedro siempre fue un hombre de secretos, señor Ricardo", dijo Mateo con voz temblorosa. "Pero también de verdades."
Ricardo frunció el ceño. "¡Tonterías! Es solo un trozo de papel viejo. Probablemente alguna receta o una nimiedad. ¡Saquen al caballo de aquí y cierren el ataúd!"
Pero la curiosidad era demasiado fuerte. Sofía, con sus joyas centelleando, se acercó también, empujando ligeramente a Ricardo. "¡Espera, Ricardo! ¿Y si es algo importante? Mira cómo el caballo reaccionó. Es… es inusual."
Con manos temblorosas, Ricardo estiró un dedo y extrajo el papel. Estaba doblado en varias partes, sellado con un hilo fino y una gota de cera, en la que se distinguía el sello personal de Don Pedro: las iniciales "D.P." entrelazadas con un roble. No era una nimiedad. Era algo deliberado, importante.
Desdobló el pergamino con lentitud, y a medida que las palabras se revelaban, el color abandonó su rostro. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, y un temblor recorrió su cuerpo. Sofía, impaciente, intentó arrebatarle el papel. "¡Léelo, Ricardo! ¡Qué dice!"
Ricardo no pudo hablar. Su respiración se aceleró. Finalmente, con voz ronca y entrecortada, comenzó a leer, las palabras saliendo como piedras de su garganta.
"A quien encuentre esta nota, sépalo. Este no es mi testamento final. El que se leerá, si no se encuentra este, es una farsa, un engaño orquestado por la ambición y la traición. Mi verdadero y único testamento, el que refleja mi voluntad y mi corazón, está oculto. Lo entregué a la única persona en quien confío plenamente, mi abogado, el Doctor Alejandro Morales. Él sabe dónde encontrarlo y cómo proceder si esta nota sale a la luz. La herencia que he construido con mi sudor y mi vida no irá a manos de aquellos que solo ven en ella una fuente de lujo y poder, sino a quien realmente la merezca y la cuide. Que la verdad prevalezca. Don Pedro Andrade."
Un murmullo se extendió por la sala, creciendo en volumen a medida que la gente asimilaba las palabras. "¡Una farsa!", "¡Engaño!", "¡Traición!" Los susurros se convirtieron en exclamaciones de asombro e indignación. Los ojos de todos se posaron en Ricardo, quien había palidecido por completo. Su mandíbula se tensó, y sus puños se apretaron.
"¡Esto es una calumnia!", gritó Ricardo, su voz recuperando algo de su fuerza, pero ahora teñida de histeria. "¡Es falso! ¡Una broma de mal gusto! Mi tío Pedro nunca haría algo así. Yo soy su único heredero legítimo, su sobrino más cercano."
Sofía, igualmente pálida, intentó apoyarlo. "¡Sí! ¡Es una falsificación! ¡Una conspiración para despojarnos de lo que nos corresponde por derecho!"
Pero la nota tenía el sello de Don Pedro, su caligrafía inconfundible. Y el hecho de que Tormenta la hubiera desenterrado de esa manera tan dramática le otorgaba una credibilidad casi mística. Mateo, el peón, dio un paso al frente de nuevo.
"Don Pedro me pidió hace unos meses que vigilara de cerca al Doctor Morales, señor Ricardo. Dijo que si algo le pasaba a él, o si su testamento se retrasaba, el Doctor sabría qué hacer. Me dio instrucciones muy claras."
Ricardo lo miró con furia. "¡Estás mintiendo, viejo! ¡Estás confabulado con quien sea que haya puesto esta patraña aquí!"
En ese momento, la puerta de la sala se abrió nuevamente, y un hombre alto y distinguido, de unos cincuenta años, con un maletín de cuero en la mano, entró. Era el Doctor Alejandro Morales, el abogado de Don Pedro. Había sido llamado para la lectura del testamento oficial, que debía realizarse al día siguiente. Su presencia era un golpe de suerte, o quizás, del destino.
El Doctor Morales, un hombre de semblante serio y mirada penetrante, observó la escena: el ataúd destrozado, el caballo quieto, la nota en la mano temblorosa de Ricardo, el caos en la sala. Su ceño se frunció.
"¿Qué está pasando aquí?", preguntó con voz grave y autoritaria.
Ricardo, intentando recuperar la compostura, se adelantó. "Doctor Morales, le ruego que ignore esta... esta pantomima. Parece que alguien ha intentado desacreditar el testamento de mi tío con una nota falsa. Es una vergüenza."
Pero el Doctor Morales no quitaba los ojos de la nota. "Permítame ver eso, Ricardo", dijo, extendiendo la mano.
Ricardo dudó, pero la firmeza en la voz del abogado era inquebrantable. Le entregó la nota. El Doctor Morales la examinó con detalle, sus ojos recorriendo cada palabra, su pulgar sintiendo el relieve del sello de cera. Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios.
"Esta caligrafía es inconfundiblemente la de Don Pedro", afirmó, su voz resonando en el silencio. "Y este sello... es auténtico. Reconozco el diseño que él mismo me encargó. Y sí, la nota menciona mi nombre. Todo esto es... sorprendente."
Ricardo se puso lívido. "¡Imposible! ¡Es una trampa!"
"Don Pedro era un hombre precavido", continuó el Doctor Morales, ignorando a Ricardo. "Y sí, hace unos meses, me entregó un sobre sellado. Me dio instrucciones muy específicas: si esta nota aparecía, o si algo inusual ocurría con su testamento original, debía abrirlo. Me dijo que era la 'verdadera voluntad del empresario Andrade'."
El corazón me dio un vuelco. La verdad estaba a punto de ser revelada. La tensión en la sala era insoportable. Ricardo y Sofía se miraron con pánico, sus planes de propiedad y lujo desmoronándose ante sus ojos. El Doctor Morales, con una calma que contrastaba con la tormenta emocional de la sala, abrió su maletín de cuero. De él extrajo un sobre grande, grueso, también sellado con el mismo sello de cera.
"Aquí está", anunció el abogado, levantando el sobre para que todos lo vieran. "El verdadero testamento de Don Pedro Andrade."
El aire se cortó. El rostro de Ricardo se descompuso, sus ojos llenos de una mezcla de rabia y desesperación. Sabía que sus días como el futuro dueño de la fortuna de Don Pedro estaban contados. El silencio era total, expectante. ¿Quién sería el verdadero heredero? ¿Qué giros inesperados nos depararía la última voluntad de Don Pedro?
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