El Testamento Oculto del Millonario: La Deuda Familiar que la Novia Descubrió en la Mansión del Anciano Empresario

El informe médico llevaba su nombre, Laura Mendoza, y detallaba una condición que le era completamente desconocida. No era una enfermedad, sino un estudio genético, una prueba de compatibilidad. Y al lado, en la carta de su padre, una confesión desgarradora. No se trataba de salvar su vida, sino de pagar una deuda. Una deuda millonaria que su padre había contraído años atrás con Don Ricardo, una deuda de la cual Laura era la "garantía". La cirugía que se había prometido para él era una farsa, una tapadera para el verdadero propósito de su unión. Ella no era una esposa, era una moneda de cambio, una propiedad. La palabra "compensación" estaba escrita en negrita en el informe.

Laura sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Sus rodillas flaquearon y tuvo que apoyarse en la mesita de noche para no caer. La mansión, que antes le parecía una jaula, ahora se sentía como una tumba. Las paredes se cerraban sobre ella, el silencio se volvía opresivo. ¿Cómo pudo su padre, el único familiar que le quedaba, el hombre al que amaba con todo su ser, traicionarla de esa manera? Las lágrimas comenzaron a brotar, calientes y amargas, surcando el maquillaje de su boda. La imagen de la mujer en la foto, la "copia" de ella misma, cobró un nuevo significado macabro.

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Recogió los papeles del suelo, sus manos aún temblorosas. La carta de su padre detallaba una historia de ruina financiera, de inversiones fallidas y de un préstamo desesperado de Don Ricardo, un préstamo que nunca pudo pagar. La única condición para borrar la deuda, escrita con una frialdad escalofriante, era que Laura se casara con él. No había amor, no había compañerismo, solo un contrato. Y el informe médico... ese informe revelaba que Laura era compatible con la mujer de la foto, la primera esposa de Don Ricardo, quien había fallecido hacía años a causa de una enfermedad rara. Don Ricardo, en su desesperación, había estado buscando un donante compatible para un trasplante de médula que nunca llegó a tiempo. La deuda de su padre no era solo económica, sino una promesa de "suministrar" a su hija para ese propósito, o para cualquier otro que el anciano deseara.

Un escalofrío recorrió su espalda. Laura era un repuesto, una pieza de recambio. Su vida no le pertenecía. La puerta de la suite se abrió con un crujido suave. Laura se sobresaltó, metiendo los papeles a toda prisa en el compartimento oculto y cerrándolo justo a tiempo. Don Ricardo entró, su rostro surcado por las arrugas, pero sus ojos, a pesar de la edad, conservaban una chispa de astucia y control. Vestía un pijama de seda y una bata de terciopelo que acentuaba su figura imponente.

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"Laura, mi querida esposa," dijo con una voz áspera, pero que intentaba ser melosa. Se acercó a ella, sus pasos lentos pero firmes sobre la alfombra persa. "Creí que ya estarías dormida. Has tenido un día largo."

Laura forzó una sonrisa, sintiendo que su rostro se resquebrajaba. "No podía dormir, Don Ricardo. La emoción, supongo." Su voz sonó extraña, casi un susurro.

Él la miró con una expresión indescifrable. "¿Emoción? ¿O nerviosismo?" Su mirada se detuvo en el ligero temblor de sus manos. "Pareces un poco pálida, mi niña. ¿Te sientes bien?"

"Solo... un poco cansada," respondió Laura, intentando sonar convincente. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, un tambor desbocado que amenazaba con delatarla. ¿Había notado algo? ¿Sabría él que ella había descubierto su secreto?

Don Ricardo asintió lentamente, sus ojos fijos en ella. "Entiendo. Es mucho para una joven como tú. Pero no te preocupes, con el tiempo te acostumbrarás a esta vida. A esta mansión, a esta fortuna." Su mano, fría y huesuda, se extendió para tomar la suya. Laura sintió un escalofrío de repulsión, pero no se atrevió a retirar la mano.

"Sé que esto es un gran cambio para ti," continuó él, apretando ligeramente su mano. "Pero te aseguro que no te faltará nada. Tendrás todo lo que desees. Solo pido tu... lealtad. Y tu... comprensión." Su mirada se hizo más intensa, casi penetrante. Parecía estar escudriñando su alma, buscando alguna señal de resistencia o de conocimiento. Laura sintió que su máscara se desmoronaba.

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"¿Comprensión de qué, Don Ricardo?" se atrevió a preguntar, su voz apenas audible.

Él sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. "De las complejidades de la vida, mi querida. De los sacrificios que a veces hay que hacer por el bienestar de los seres queridos. Y de las deudas que se pagan. De una forma u otra." La última frase fue pronunciada con una frialdad que la heló hasta los huesos. Laura supo, en ese instante, que él sabía. O al menos, sospechaba que ella estaba cerca de la verdad.

La tensión en la habitación era palpable, tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo. Laura sentía que estaba en un tablero de ajedrez, y él, el gran maestro, ya había planeado todos sus movimientos. La mentira de su padre, la traición de su vida, la condena de su futuro, todo convergía en ese momento. ¿Qué haría ahora? ¿Confrontarlo? ¿Huir? Pero ¿a dónde iría? ¿Y qué pasaría con su padre si lo hacía? Estaba atrapada. Completamente atrapada.

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