El Testamento Oculto del Millonario: La Verdad Detrás de la Mansión de Lujo y la Anciana Encadenada

Sofía se lanzó hacia la cómoda de caoba, el trapo y el pulidor en mano, fingiendo estar inmersa en su tarea. Sus manos temblaban incontrolablemente, y el sudor frío le perlaba la frente. Escuchó los pasos de Elena bajando por la escalera principal, su taconeo rítmico acercándose cada vez más. Sofía respiró hondo, intentando calmar su pulso galopante.

"Sofía, ¿has terminado con el salón principal?", la voz suave pero penetrante de Elena la hizo sobresaltar.

"C-casi, señora", balbuceó Sofía, sin atreverse a mirarla a los ojos. Temía que su rostro delatara el horror que acababa de presenciar.

Elena se detuvo junto a ella, y Sofía sintió su mirada escrutadora. El perfume caro de la señora Vargas, que antes le había parecido agradable, ahora la asfixiaba. Se sentía como un ratón atrapado, a punto de ser descubierto.

"Bien. Después puedes subir a mi dormitorio. Quiero que revises los armarios", dijo Elena, su tono inescrutable. Luego, sin más, continuó su camino hacia la cocina, dejando a Sofía sola de nuevo, pero con una sensación de terror que no la abandonaría.

El resto del día fue una tortura. Cada sombra, cada sonido, le parecía una amenaza. La imagen de la anciana, demacrada y encadenada, se repetía una y otra vez en su mente. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podían tener a la madre del señor Vargas en esas condiciones, mientras simulaban que estaba disfrutando de una vida de lujo en el extranjero? La hipocresía era nauseabunda.

Por la noche, en su pequeño apartamento, Sofía no pudo dormir. La culpa la carcomía. Había visto a una mujer sufriendo, y había huido. Pero, ¿qué podía hacer? Era una simple empleada de limpieza, sin recursos, sin influencias. ¿Quién le creería si denunciaba a los poderosos Vargas? Perdería su trabajo, su única esperanza, y probablemente se ganaría problemas mucho mayores.

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Al día siguiente, Sofía se presentó a trabajar con ojeras y un nudo en el estómago. La mansión le pareció aún más opresiva, sus paredes guardando un secreto oscuro y cruel. Mientras limpiaba, su mente maquinaba. Necesitaba pruebas. Necesitaba saber más.

Observó a Elena con una nueva perspectiva. Cada sonrisa, cada gesto, le parecía ahora una máscara. Notó cómo Elena siempre se aseguraba de que la puerta del sótano estuviera fuera del alcance de Sofía, a veces incluso bloqueando el pasillo con su presencia o con algún mueble "temporal".

En un momento de audacia, mientras Elena hablaba por teléfono en el salón principal, Sofía se acercó de nuevo al pasillo de servicio. La puerta prohibida parecía mirarla, desafiante. Con el corazón latiéndole a mil, sacó de su bolsillo un pequeño lápiz y un trozo de papel que había arrancado de su libreta. En él, escribió rápidamente: "¿Estás bien? ¿Quién eres? ¿Puedo ayudarte?".

Con sumo cuidado, volvió a abrir la rendija de la puerta. La oscuridad era la misma, pero esta vez, la anciana estaba sentada, apoyada en la pared, con la mirada perdida. Sofía deslizó el papel y el lápiz por la abertura, esperando con angustia.

La anciana tardó unos segundos en reaccionar. Sus ojos, antes vacíos, se iluminaron con un atisbo de esperanza. Miró el papel, luego a Sofía, y con manos temblorosas, tomó el lápiz. Su caligrafía era débil y vacilante, pero legible. Escribió unas pocas palabras y deslizó el papel de vuelta.

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Sofía lo recogió con manos temblorosas. En el papel, con letras apenas legibles, ponía: "Soy Clara Vargas. Madre de Adolfo. Me tienen aquí por el... testamento. Quieren mi... herencia. Por favor, ayuda". Y al final, un nombre y un número de teléfono, casi borroso: "Abogado. Dr. Morales".

El aliento se le cortó a Sofía. ¡Clara Vargas! La matriarca de la familia, la verdadera dueña de una parte considerable de la fortuna familiar. El testamento. La herencia. Las palabras clave que daban sentido a toda esa crueldad. Elena quería el control total de la fortuna del magnate, y la anciana Clara era un obstáculo.

Justo en ese instante, Sofía escuchó pasos acercándose. Esta vez, no era Elena. Era el jardinero, un hombre robusto y silencioso que rara vez hablaba. Venía por el pasillo de servicio con una carretilla llena de herramientas. Sofía se apresuró a esconder el papel en su bolsillo, cerrando la rendija de la puerta con un suave clic.

El jardinero la miró con una expresión indescifrable mientras pasaba. ¿Había visto algo? ¿Había sospechado? Sofía se sintió aún más vulnerable. La mansión, antes un lugar de trabajo, se había convertido en una prisión para la anciana y, ahora, en un campo minado para ella.

Necesitaba actuar rápido. El Dr. Morales. Ese era el hilo del que tenía que tirar. Pero, ¿cómo contactarlo sin levantar sospechas? Elena la vigilaba constantemente, y los teléfonos de la mansión estaban bajo el control de la casa. Su propio teléfono móvil estaba casi sin saldo, un lujo que no podía permitirse recargar a menudo.

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Esa tarde, mientras Sofía limpiaba la oficina personal del señor Vargas, sus ojos se posaron en un directorio telefónico antiguo sobre un estante. Con manos nerviosas, lo abrió y buscó la sección de "Abogados". Había muchos. Pero el nombre "Morales" era distintivo. Encontró uno: "Estudio Jurídico Morales & Asociados". La dirección y un número de teléfono fijo.

Sofía memorizó el número, sintiendo una punzada de esperanza. Era arriesgado, pero no podía dejar a la anciana Clara a su suerte. Lo que estaba sucediendo en esa mansión era un crimen, una injusticia que superaba cualquier miedo que ella pudiera sentir. La herencia del millonario estaba en juego, y la vida de Clara Vargas dependía de ella.

Mientras salía de la oficina, Sofía chocó accidentalmente con una pequeña figura de porcelana que adornaba un escritorio. Cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. El ruido resonó en el silencio de la mansión. Elena apareció en la puerta, su rostro contraído por la furia.

"¡Sofía! ¿Qué has hecho?", siseó, sus ojos azules gélidos brillando con una intensidad aterradora. "Esa figura era un regalo de mi madre. ¡Invaluable! ¿Acaso eres tan torpe?"

El corazón de Sofía se encogió. Sabía que esta no era una simple reprimenda. Era una advertencia. Elena sospechaba. La tensión en el aire era palpable, y Sofía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. La red se estaba cerrando a su alrededor.

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