El Testamento Oculto del Millonario: La Verdad Reflejada en los Ojos de una Moribunda

El pitido constante del monitor se convirtió en una sirena ensordecedora en la mente de Marcos, ahogando cualquier pensamiento racional. Los enfermeros se movían con rapidez, pero él permanecía inmóvil, su cuerpo un bloque de hielo, su mirada clavada en el punto exacto donde la sonrisa se había desvanecido. No había tiempo para procesar el reflejo; el presente, brutal e ineludible, se había impuesto. La vida de Laura se había ido.

Los médicos intentaron reanimarla, sus palabras y acciones eran una danza macabra que Marcos ya no registraba. Solo existía el vacío, la certeza de una pérdida irreparable y la imagen grabada de esa sonrisa. Cuando el doctor principal negó con la cabeza, su rostro una máscara de pena profesional, Marcos no sintió nada. O sintió demasiado, todo a la vez, en un torbellino que lo arrastraba.

Los días siguientes fueron una neblina. El funeral, las condolencias, las manos en su hombro. Todo era un eco lejano mientras la imagen de la sonrisa lo perseguía sin descanso. Dormía poco, y cuando lo hacía, la figura oscura danzaba en sus sueños, su mueca se extendía hasta convertirse en una burla infernal. No podía ignorarlo. No podía atribuirlo simplemente a su dolor. Había algo más.

Una tarde, una semana después del entierro, Marcos regresó al hospital. No sabía por qué, pero necesitaba volver al lugar. Quizás buscaba una explicación, un rastro, una señal de su cordura. Caminó por los pasillos, el olor a desinfectante ahora evocaba un escalofrío en lugar de solo tristeza. Llegó a la habitación de Laura. Estaba vacía, la cama hecha, como si nadie hubiera estado allí. Pero la memoria de ese momento final era vívida.

Se quedó parado en la puerta, repasando cada detalle. La luz, la posición de la cama, la suya. Y luego, la ubicación de la figura. Detrás de él, a su derecha. ¿Quién podría haber estado allí sin que él lo notara? No había nadie más en la habitación en ese instante.

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"¿Señor Ruiz?" Una voz suave lo sacó de su trance. Era la enfermera jefe, Elena, una mujer amable que había cuidado a Laura con dedicación. "Pensé que no volvería por aquí. ¿Está usted bien?"

Marcos se giró hacia ella, sus ojos buscando desesperadamente algo en su rostro. "Elena… ¿estaba alguien más en la habitación cuando… cuando Laura falleció?"

Elena frunció el ceño, pensativa. "No, señor. Solo usted y el doctor. Y luego nosotros, claro, cuando la llamamos." Hizo una pausa. "¿Por qué lo pregunta?"

Marcos vaciló. ¿Cómo explicar lo que había visto? ¿Cómo no sonar como un loco? "Es… es solo que tuve una sensación extraña. Un reflejo en los ojos de Laura. Como si alguien estuviera detrás de mí."

Elena lo miró con compasión. "El duelo es muy duro, señor. A veces vemos cosas, sentimos presencias. Es normal."

Pero Marcos no estaba convencido. "No, Elena. Esto fue diferente. Fue… una sonrisa. Una sonrisa muy peculiar."

La enfermera pareció incómoda. "Bueno, la habitación 312 es una habitación normal. Nunca ha habido nada… inusual, que yo sepa." Se despidió con una palmada en el brazo, dejando a Marcos solo con sus pensamientos.

La negación de Elena solo reforzó su convicción de que no era una alucinación. Si nadie más lo vio, significaba que la figura no quería ser vista. Se trataba de un intruso, un observador silencioso con intenciones siniestras. Pero, ¿quién? Y ¿por qué?

Marcos comenzó a repasar los últimos meses de Laura. Su enfermedad había sido repentina, una degeneración rápida e inexplicable. Los médicos habían descartado todo, desde cáncer hasta enfermedades autoinmunes raras. Habían llegado a la conclusión de que era una afección neurológica idiopática, sin causa conocida. Pero ahora, con la imagen de esa sonrisa, Marcos sentía que había una causa, una muy humana y malévola.

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Recordó una conversación que tuvieron hace unos seis meses. Laura había estado extrañamente nerviosa. "Marcos", le había dicho, con una seriedad que rara vez mostraba, "te tengo que contar algo. Algo que pasó hace mucho tiempo." Pero justo en ese momento, su teléfono había sonado, una llamada urgente de su trabajo, y la conversación se había pospuesto. Luego, la enfermedad la había consumido, y Laura nunca tuvo la oportunidad de terminar lo que quería decirle.

¿Qué era ese secreto? ¿Estaba relacionado con la figura y la sonrisa? Marcos sentía una urgencia creciente. Necesitaba saber. Necesitaba justicia para Laura.

Volvió a casa, un lugar que ahora se sentía vacío y frío. Empezó a buscar. Revisó los diarios de Laura, sus viejas cartas, sus álbumes de fotos. Nada fuera de lo común. Su vida había sido sencilla, dedicada a su trabajo como bibliotecaria y a su amor por él. No había lujos, no había secretos financieros, no había enemigos evidentes. Eran una pareja normal, con una hipoteca y sueños modestos.

Pero entonces, en un viejo baúl en el ático que contenía recuerdos de la infancia de Laura, encontró algo inusual. Una caja de madera antigua, con un cierre de plata deslustrado. No la había visto antes. Dentro, envuelto en un pañuelo de seda, había un pequeño medallón de oro. Era pesado, con un intrincado grabado de un escudo de armas desconocido. Junto al medallón, había una carta amarillenta, sin fecha y sin firma.

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La carta era breve, pero su contenido hizo que el corazón de Marcos diera un vuelco. Decía: "Querida Laura, sé que no hemos tenido contacto en años, pero la situación ha cambiado. Nuestro padre, el Millonario Ricardo Valdés, ha fallecido. Su testamento será leído en una semana. Tu nombre está en él. Debes venir. Podrías ser la heredera de una mansión y una fortuna. Contacta al Abogado Serrano. No le digas a nadie. Tu vida, y la de los tuyos, podría depender de ello."

Marcos leyó la carta una y otra vez, la incredulidad luchando con una punzada de esperanza y terror. ¿Laura, hija de un millonario? ¿Una heredera? ¿Por qué nunca le había contado esto? Y la advertencia final… "Tu vida, y la de los tuyos, podría depender de ello." De repente, la enfermedad inexplicable de Laura, la figura en el reflejo, la sonrisa macabra, todo encajaba en una trama mucho más oscura y siniestra.

Laura no había muerto por causas naturales. Había sido asesinada. Y el móvil era, sin duda, la herencia millonaria de un padre desconocido.

Marcos sintió un nudo en el estómago. La carta mencionaba al abogado Serrano. Era su siguiente paso. Pero mientras guardaba la carta y el medallón, tuvo la inquietud de que alguien más ya sabía de la existencia de Laura como heredera. Y que ese alguien no se detendría ante nada para asegurarse de que el testamento nunca se cumpliera a su favor.

Alguien los había estado observando. Alguien había estado esperando. Y ahora, ese alguien había logrado su objetivo. La sonrisa en el reflejo, ahora lo entendía, era la de un asesino.

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