El Testamento Oculto del Millonario: La Verdad Reflejada en los Ojos de una Moribunda

La revelación de la carta fue un golpe devastador para Marcos, pero también una inyección de furia y determinación. Laura no había muerto en vano. Su muerte era el resultado de una conspiración, un plan macabro para eliminarla del camino de una herencia millonaria. La imagen de la sonrisa en el reflejo de los ojos de Laura ya no era una alucinación; era la firma de un asesino.
Marcos guardó el medallón y la carta en una caja fuerte. No podía confiar en nadie. La advertencia en la carta resonaba en su mente: "No le digas a nadie. Tu vida, y la de los tuyos, podría depender de ello." Ahora, la vida de Laura ya no dependía de ello, pero sí la verdad.
Al día siguiente, con el corazón latiéndole como un tambor de guerra, Marcos buscó al Abogado Serrano. Encontró su oficina en un rascacielos de cristal y acero en el centro de la ciudad, un edificio que gritaba "riqueza" y "poder". La secretaria, una mujer impecable y de aspecto severo, lo miró con desdén cuando mencionó el nombre de Laura Ruiz.
"El señor Serrano no tiene clientes con ese nombre", dijo secamente. "Debe haber un error."
Marcos sacó una fotocopia de la carta y la deslizó por el mostrador. "Esta carta menciona a mi esposa, Laura Ruiz, y al señor Ricardo Valdés. Y a usted."
La secretaria tomó la carta, sus ojos se abrieron ligeramente. Un micro-gesto de sorpresa que no pasó desapercibido para Marcos. "Un momento, por favor", dijo, su tono ahora más cauteloso.
Minutos después, Marcos estaba sentado frente a un hombre de unos cincuenta años, de traje impecable y mirada penetrante. El Abogado Serrano no parecía contento de verlo.
"Señor Ruiz", comenzó Serrano, su voz fría como el hielo. "Lamento profundamente su pérdida. Laura era… una pieza inesperada en un rompecabezas muy complejo."
"¿Inesperada?", inquirió Marcos, controlando su ira. "Era la hija de Ricardo Valdés. ¿Por qué no lo sabía?"
Serrano suspiró, recostándose en su silla de cuero. "El señor Valdés tuvo una relación fugaz en su juventud. Laura fue el resultado. Él siempre la mantuvo en secreto, protegiéndola de la vorágine de su vida pública y de los celos de su familia oficial. Solo yo, su mano derecha y confidente legal, conocía su existencia. La contactamos hace unos meses, tal como dice la carta, porque el señor Valdés, antes de morir, quiso enmendar sus errores y dejarle una parte sustancial de su herencia."
"¿Y quiénes son los otros herederos?", preguntó Marcos, la voz tensa.
"La viuda de Valdés, Elara, y su hijo, Julián", respondió Serrano. "Una pareja… muy ambiciosa y con un gran interés en mantener el control total del imperio Valdés. No eran conscientes de la existencia de Laura."
"¿Y cuándo se enteraron?", Marcos presionó.
Serrano dudó. "La lectura del testamento estaba programada para la semana en que Laura… enfermó. Tuvimos que posponerla. El señor Valdés estipuló que el testamento solo se abriría con la presencia de todos los herederos o sus representantes legales."
"Así que Laura era una amenaza", dijo Marcos, la verdad cristalina. "Ella habría reclamado una parte de la fortuna, ¿verdad? Una parte que Elara y Julián no querían compartir."
El abogado asintió lentamente. "El señor Valdés le dejó a Laura no solo una suma considerable de dinero, sino también una parte de su participación en la empresa principal y una de sus propiedades más valiosas: la mansión de la costa."
Marcos sintió un escalofrío. La mansión, el dinero. Un móvil perfecto. "Y ahora que Laura ha muerto, ¿quién hereda su parte?"
"Según el testamento de Valdés, si un heredero fallece antes de la lectura, su parte pasaría a sus descendientes directos. Si no los hay, se redistribuye entre los herederos restantes." Serrano lo miró fijamente. "Usted, señor Ruiz, como cónyuge, no es un descendiente directo según las cláusulas de Valdés. La parte de Laura se redistribuiría entre Elara y Julián."
La confirmación fue como un puñetazo en el estómago. Elara y Julián. Ellos eran los beneficiarios de la muerte de Laura. Ellos eran, sin duda, los responsables.
"Necesito pruebas, señor Serrano", dijo Marcos, la voz apenas un susurro. "No puedo acusar sin pruebas."
Serrano se levantó y caminó hacia una estantería llena de volúmenes legales. "El señor Valdés era un hombre precavido. Siempre temió que su familia oficial hiciera algo para desheredar a Laura si se enteraban de ella. Por eso, me dejó instrucciones muy específicas. Si algo le sucedía a Laura antes de la lectura del testamento, debía investigar a fondo."
De una caja fuerte oculta detrás de un cuadro, Serrano sacó un sobre grueso. "Esto es lo que he reunido hasta ahora. Documentos médicos de Laura que no concuerdan con los diagnósticos. Un informe de un detective privado que el señor Valdés contrató para vigilar a Laura discretamente. Y esto."
Serrano le entregó a Marcos una fotografía. Era una imagen granulada, tomada desde lejos, de una mujer con un sombrero de ala ancha y gafas de sol, parada en la distancia, observando la casa de Marcos y Laura. A su lado, una figura más pequeña, con una sonrisa que Marcos reconocería en cualquier parte.
"Esta es Elara Valdés, la viuda", dijo Serrano con voz grave. "Y la figura a su lado… es su hermana menor, Sofía. Una mujer conocida por su discreción y su habilidad para 'resolver problemas' sin dejar rastro."
Marcos miró la foto, el corazón martilleando contra sus costillas. La sonrisa. La misma sonrisa fría y maliciosa que había visto en los ojos de Laura. Sofía. Ella era la figura. Ella había estado allí, observando a Laura, observando cómo se desvanecía.
"Sofía… ella se encargó de Laura, ¿verdad?", preguntó Marcos, su voz cargada de veneno.
Serrano asintió. "Creemos que sí. Los informes médicos de Laura mencionan una intoxicación por un compuesto raro, difícil de detectar, que causaría síntomas neurológicos progresivos. Los médicos lo atribuyeron a una causa natural. Pero con el historial de Sofía… ella es una química brillante, con contactos en el mercado negro."
Marcos se levantó, la fotografía apretada en su mano. La rabia lo consumía. No solo habían matado a su Laura, sino que se habían burlado de él en su momento de mayor vulnerabilidad.
"¿Qué hacemos ahora?", preguntó, su voz ronca de emoción.
Serrano lo miró con seriedad. "Tenemos suficiente para una investigación criminal. Pero Elara y Julián son poderosos. Tienen dinero, influencias. Necesitamos una prueba irrefutable. Algo que los vincule directamente con Sofía y con el envenenamiento."
"La sonrisa", susurró Marcos. "La sonrisa que vi en los ojos de Laura. Era la de Sofía. Estaba allí, en la habitación, mientras Laura moría."
Serrano se puso de pie. "Si la policía puede confirmar la presencia de Sofía en el hospital ese día, incluso si no entró en la habitación, ya tenemos una conexión. Pero necesitamos más. Algo que demuestre que ella administró el veneno."
Justo en ese momento, el teléfono de Serrano sonó. Era una llamada urgente. El abogado escuchó con el ceño fruncido. "Imposible", murmuró. Colgó y miró a Marcos, su rostro pálido.
"Elara y Julián han presentado una moción de emergencia para la lectura del testamento de Valdés", dijo Serrano. "Dicen que tienen pruebas de que Laura Ruiz nunca existió legalmente como hija de Valdés. Quieren el control total de la herencia lo antes posible."
Marcos sintió un escalofrío. Estaban acelerando el proceso, intentando cerrar el círculo antes de que él pudiera actuar. Los hilos de la conspiración se apretaban. La batalla por la justicia de Laura y por la verdad de la herencia estaba a punto de comenzar. Y él estaba solo, contra una familia poderosa y sin escrúpulos.
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