El Último Adiós y la Traición Inesperada

La Sombra En El Umbral
El hombre que apareció en el umbral no era un pariente, ni un amigo. Su traje oscuro y su maletín de cuero le daban un aire formal, casi forense.
Su mirada recorrió la sala, deteniéndose brevemente en el ataúd de Mateo, antes de posarse directamente en Carla.
Ella, al verlo, mostró una expresión de impaciencia, no de sorpresa. Como si lo esperara.
"Señora Elena", dijo el hombre, con una voz grave pero respetuosa, "Soy el Licenciado Torres, abogado de la familia. Lamento interrumpir en este momento tan doloroso, pero tengo instrucciones específicas de Mateo."
¿De Mateo? Mi hijo. ¿Qué instrucciones?
Carla bufó, cruzándose de brazos. "No hay nada que discutir, Licenciado. La casa ya fue vendida. Los trámites están en proceso."
El Licenciado Torres la ignoró por completo. Sus ojos se fijaron en mí, llenos de una compasión que me desarmó.
"Mateo me pidió que le entregara esto personalmente, señora Elena. Es vital."
Me tendió un sobre. Era idéntico al que la amiga de Carla había estado sosteniendo. Pero este tenía mi nombre escrito con la caligrafía inconfundible de mi hijo.
Mis manos temblaban al tomarlo. El papel, frío al tacto, parecía vibrar con la urgencia de su contenido.
Carla dio un paso adelante, su rostro contorsionado por la furia. "¡No tiene derecho a hacer eso! ¡Ese sobre es mío! ¡Mateo y yo estábamos casados!"
El Licenciado Torres levantó una mano, deteniéndola. "Con todo respeto, señora, Mateo dejó instrucciones muy claras sobre su contenido. Y su validez legal es irrefutable."
El resto de los asistentes al velorio, que hasta entonces habían mantenido un silencio respetuoso, comenzaron a murmurar. Las miradas de reproche se dirigieron a Carla.
Mi corazón latía con fuerza. ¿Qué secreto guardaba Mateo en esas páginas? ¿Una última voluntad que Carla desconocía?
Abrí el sobre con dedos torpes. Dentro había varios documentos. Una carta. Y lo que parecía ser un testamento.
Mis ojos apenas podían leer a través de las lágrimas que empañaban mi vista.
La carta era de Mateo. Su caligrafía familiar. Mi hijo.
"Mamá", empezaba, "Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy contigo. Y lo siento. Lo siento mucho."
Una punzada de dolor agudo me atravesó el pecho. Era como si su voz, suave y cariñosa, resonara en mi mente.
"Sé que Carla te ha hecho la vida imposible últimamente. Sé que su ambición ha crecido sin límites."
Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Mateo lo sabía? ¿Sabía de la crueldad de Carla?
"Descubrí algo, mamá. Algo terrible. Carla ha estado desviando fondos de mi empresa. Y lo que es peor, planeaba vender la casa familiar a tus espaldas, y usar el dinero para huir con otro hombre."
Un jadeo escapó de mis labios. La sangre se me heló en las venas.
¡Otro hombre! ¡No podía ser!
Miré a Carla, que ahora estaba pálida, con los ojos fijos en la carta que yo sostenía. Su amiga rubia, la del sobre de la inmobiliaria, se había desvanecido entre la multitud.
"Hace meses que la seguía, mamá. Tenía mis sospechas. Encontré pruebas irrefutables. Por eso, antes de que fuera demasiado tarde, hablé con el Licenciado Torres."
La carta continuaba, cada palabra un puñal en mi corazón, pero también una revelación que me daba fuerzas.
"He modificado mi testamento. La casa es tuya, mamá. Completamente tuya. Carla no tiene ningún derecho sobre ella. Y he dejado instrucciones para que se investiguen sus transacciones financieras."
Carla irrumpió en un grito histérico. "¡Mentira! ¡Es todo una mentira! ¡Mateo nunca haría eso!"
El Licenciado Torres se aclaró la garganta. "Señora Carla, tengo aquí el testamento original de Mateo, firmado y notariado hace apenas una semana."
Sacó otro documento de su maletín. "En él se establece que la propiedad de la casa recae íntegramente en la señora Elena. Y sí, también se solicitó una auditoría forense de las cuentas de la empresa y personales de su esposo."
La amiga de Carla, la rubia, reapareció, tirando de la manga de Carla. "¡Vámonos, Carla! ¡Ahora!"
Pero Carla estaba paralizada, sus ojos inyectados en sangre, alternando entre el abogado y yo.
"¡No pueden hacerme esto! ¡Yo soy su viuda! ¡Tengo derechos!" Su voz se quebró en un sollozo furioso.
"Sus derechos como viuda están protegidos en otros aspectos, señora," dijo el Licenciado Torres con calma, "pero en lo referente a la propiedad de esta casa y las finanzas de la empresa, Mateo fue muy claro."
La sala se sumió en un silencio tenso. Ya no era el silencio del luto, sino el de la vergüenza y la indignación.
Las miradas de los presentes eran cuchillos que apuñalaban a Carla.
Ella, que había intentado despojarme de mi hogar en el día más oscuro de mi vida, ahora se veía expuesta, su maldad al descubierto.
Mis manos se aferraron a la carta de Mateo, sintiendo su amor, su protección incluso desde el más allá.
Él había previsto la traición. Había actuado para protegerme.
Pero la historia no terminaba ahí. La verdad detrás de la ambición de Carla era más oscura de lo que nadie imaginaba.
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