El Velo Rasgado: La Verdad Detrás del Llanto del Príncipe

El Juramento Silencioso y la Mirada de la Serpiente

Elara cerró los ojos por un instante. Un solo segundo. En ese breve lapso, su mente fue un torbellino de miedo y compasión.

Miedo a las consecuencias, a la ira de la corte, a la propia muerte.

Y compasión. Una oleada abrumadora de piedad por el pequeño ser que se aferraba a su pecho, buscando vida.

Abrió los ojos. Miró al Príncipe Theron. Sus ojos suplicantes se encontraron con los de ella, que reflejaban una determinación repentina.

Asintió. Un gesto apenas perceptible, pero cargado de un peso inmenso.

Con una suavidad que no recordaba poseer, Elara desató el nudo de su sencilla túnica de lino. Expuso su pecho.

El bebé, Kael, sintió el calor, el aroma. Sus pequeños labios se abrieron, y con una fuerza sorprendente para un ser tan frágil, se aferró al pezón de Elara.

Un silencio se apoderó de la habitación. Un silencio denso, cargado de expectación.

Elara sintió un pinchazo, luego la succión rítmica. Miró al bebé. Kael dejó de llorar. Sus pequeños músculos se relajaron. Sus ojos, antes cerrados, se abrieron lentamente. Dos esferas de azul profundo, idénticas a las del príncipe Theron, la miraron fijamente.

Una conexión. Inmediata. Profunda.

El príncipe Theron dejó escapar un suspiro tembloroso. No de alivio, sino de pura, cruda emoción. Lágrimas silenciosas corrieron por sus mejillas.

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"Gracias," susurró. "Por los dioses, gracias."

Elara no respondió. Se limitó a acunar al pequeño, observando cómo la vida regresaba lentamente a sus mejillas.

Pero la paz no duró mucho.

Una figura emergió de las sombras de la habitación. Lady Seraphina, la primera dama de la corte, una mujer de belleza fría y ojos penetrantes. Sus labios, usualmente curvados en una sonrisa forzada, ahora estaban apretados en una fina línea de desaprobación.

"Príncipe Theron," su voz era como hielo, "esto es... inaudito. Una esclava. Amamantando al futuro rey. La ley lo prohíbe. Las implicaciones..."

"¡Silencio, Seraphina!" la voz del príncipe fue un rugido, una furia que nunca antes había mostrado. "Mi hijo estaba muriendo. ¿Preferías verlo morir antes que romper un estúpido protocolo?"

Lady Seraphina retrocedió, sus ojos de serpiente se posaron en Elara. Una mirada cargada de desprecio y algo más... algo que Elara no pudo descifrar.

Elara sintió un escalofrío. Sabía que había ganado una batalla, pero la guerra apenas comenzaba.

El príncipe Theron se acercó a ella. Su mano, grande y fuerte, rozó su hombro.

"Elara," dijo, usando su nombre por primera vez, un nombre que casi había olvidado cómo sonaba. "Desde hoy, eres la nodriza de mi hijo. Nadie, nadie, te hará daño. Lo juro por el trono de Eldoria."

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Era un juramento. Un juramento de un príncipe a una esclava.

Pero las promesas de los reyes eran tan volátiles como el viento de las montañas.

Los días se convirtieron en semanas. Elara se instaló en una pequeña habitación contigua a la del príncipe Kael. Su vida cambió radicalmente. Ya no pelaba verduras. Ahora sus días giraban en torno al pequeño.

Lo alimentaba, lo bañaba, le cantaba suaves nanas que recordaba de su propia infancia, antes de la esclavitud.

Kael florecía bajo sus cuidados. Sus mejillas se llenaron, sus risas resonaban en la habitación. Sus ojos azules seguían a Elara a donde quiera que fuera.

El príncipe Theron la visitaba con frecuencia. Observaba a su hijo con una mezcla de amor y dolor, y a Elara con una gratitud silenciosa. A veces, sus miradas se cruzaban, y Elara sentía una extraña corriente entre ellos. Una conexión que trascendía su estatus.

Pero la corte no olvidaba.

Los susurros persistían. Los otros sirvientes la miraban con una mezcla de envidia y miedo.

Lady Seraphina era la peor. Sus visitas eran frecuentes, siempre con una excusa trivial. Sus ojos escudriñaban cada rincón, buscando una falla. Su voz, dulce y venenosa, siempre dejaba una punzada.

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"Es una lástima que el pequeño Kael no pueda conocer a su verdadera madre," comentó un día, mientras Elara mecía al bebé. "Una verdadera reina. No como..." Su mirada se detuvo en las manos curtidas de Elara.

Elara apretó los labios. Sabía lo que Seraphina quería decir. "No como una esclava."

Una tarde, mientras Kael dormía plácidamente, Elara descubrió algo.

Estaba limpiando el tocador de la antigua reina Lyra, una tarea que Seraphina le había asignado con una sonrisa maliciosa. Debajo de un joyero, escondido, encontró un pequeño pergamino.

No era un documento oficial. Era una carta personal. La caligrafía era delicada, femenina.

Era de la Reina Lyra.

Elara dudó. Los esclavos no leían las cartas de la realeza. Podría ser su fin. Pero la curiosidad, una chispa que la esclavitud no había logrado apagar, era demasiado fuerte.

Desplegó el pergamino. Sus ojos recorrieron las palabras.

Y lo que leyó, hizo que su corazón se helara en el pecho.

No era una carta de amor, ni un poema. Era una confesión. Un secreto oscuro que la Reina Lyra había guardado hasta su muerte.

Un secreto que involucraba a Lady Seraphina. Y al destino del reino.

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